La fortuna le sonríe a los oídos desde que comienzan a sonar en coherente —unitiva— homogeneidad, las cuerdas, los vientos, los metales, los cueros, todas las secciones de la orquesta, el fragmento inicial de una de las cantatas más emblemáticas: Carmina Burana, la composición de Carl Orff, puesta en el Teatro Nacional Rubén Darío dirigida por el maestro invitado Oreste Saavedra.
La obra estrenada en 1937 en la Alemania Nazi es paradigmática desde que el autor la definió en solo la entrada como una salutación a la heredad acaso más sinfónica en el momento de la apertura, causa de la popularidad extraída no solo en el siglo XX sino en los albores de la centuria que corre.
La percepción imaginativa me hizo recordar la invocación lírica —otro estilo— de Robert Schumann, quien —bardo y músico— produjo la cantata Amor de Poeta , inspirado en Heine a quien ofrendó una apoteosis lírica en latente musicalidad. Esta gama de sentimientos puede aplicarse a otro estilo, otra forma de pleitesía a la trova.
Los poemas puestos en la maravillosa cantata de Orff son de tiempos más añejos y tienen los efectos dinámicos de la orquestación, un sabor reiteradamente rítmico, son elegías medievales de carácter satírico y libertino.
Le decía a Ramón Rodríguez: “Aquí pasó una prueba de fuego la Orquesta Sinfónica Juvenil Rubén Darío”. El preparador instrumental salió avante con la destreza de sus brillos.
Si pudo con Carmina es orquesta sinfónica. La valoración es justa. Cada uno hizo lo suyo: la fluidez en el coro, la conexión orquestal, los tiempos en sus tiempos. Y en el plano de la ficción simulativa el éxtasis de la tesitura.