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La trampa Indochina

He pasado la noche con Fu Ying, cuando hacemos el amor siento que es la primera vez, como si fuera una experiencia única irrepetible y no tuviera nada acumulado, un evento sin memoria, ello puedo atribuirlo al intenso placer de siempre que me produce la sensación del inicio de algo nuevo.

A Herdy

“Buenos días Vietnam, radio Hanoi saluda a sus heroicos habitantes y anuncia que el toque de queda comenzará hoy a las seis de la tarde”. Apagué el aparato, acostumbrada a vivir en continuo estado de alerta oyendo los avisos a causa de la guerra.

He pasado la noche con Fu Ying, cuando hacemos el amor siento que es la primera vez, como si fuera una experiencia única irrepetible y no tuviera nada acumulado, un evento sin memoria, ello puedo atribuirlo al intenso placer de siempre que me produce la sensación del inicio de algo nuevo.

Él tiene que irse y me quedo triste, viene a la capital los primeros días del mes con una carga de chiles de Sechuán, mi amante chino es un rico comerciante cuarentón, viste traje de lino blanco con sombrero de ala corta de Jipijapa, él prefiere entregarla personalmente y de paso vernos en el chalecito que alquila a la orilla del río, al irse me deja con mi nostalgia y los regalos caros que me encantan: perfumes franceses y joyas, no soy ninguna puta, sino una simple estudiante universitaria de la carrera de filosofía y letras, que gusta como es normal de las cosas finas que su estatus de clase media no le permite comprar.

Ahora me trajo un Chanel Número 5, lo roció en mi cuerpo desnudo y nos amamos envueltos en su refinado olor enervante que hizo desplegar nuestras ansias de ternura, el abanico sigue girando y el ruido de las aspas acompaña el del rumor fluvial, abrí las persianas, me asomé a ver la densa correntada y noté que la bruma se disipaba en jirones con la luz matinal incidiendo en las riberas, aún no han caído las primeras lluvias del monzón, me visto lento con el vestido floreado que me dio en mi cumpleaños y salgo al bochorno del día con el pelo largo suelto para que el viento del delta me lo alborote.

Hanoi está animada, aún lejos del centro, de la Plaza Ba Dinh, en esta orilla del Mekong veo tupido el tráfico de autos y bicicletas y a los peatones caminar apresurados por las anchas aceras sombreadas de flamboyanes en flor.

Me detengo en una esquina a ver pasar a un grupo de monjes budistas con sus túnicas llamativas anaranjadas, el último de la fila es un joven monje hermoso de gracioso andar, lo quedo viendo y él me observa con sus rasgados ojos fijos, sigue su marcha mirando al frente y de súbito voltea a verme, me doy cuenta que le he gustado y él a mí también, a mi cerebro le da por comparar al joven enérgico y ligero con mi amante chino ceremonioso y reposado, lo imagino haciendo el amor rápido como todo joven, sin la práctica del hombre maduro conocedor de la mujer como instrumento precioso que debe tocarse bien para que suene su melodía más bella, camino con mis divagaciones y el joven monje se separa del grupo y se sienta en posición de loto en un cruce de calles, saca un pequeño bidón de la túnica y, vierte líquido sobre su cabeza rapada y el hábito, enciende un fósforo, se pega la llama exigua que se inflama y propaga por todo su cuerpo haciéndolo arder como una tea, como una antorcha humana, los gritos de la gente y el olor a quemado de la carne chamuscada me marean, a punto de desmayarme todavía comparo las manos y los labios de mi amante chino que se han restregado en mi piel grabándome un tatuaje invisible indeleble de ardor gozoso, con el fuego avivado por el combustible que arde en la piel del bonzo.

Solo en la tele había visto ese ritual de sacrificio para parar la guerra, y la foto que dio la vuelta al mundo de la niña desnuda que corre gritando quemada por el napalm en una carretera vietnamita, además de las noticias del tribunal constituido por Sir Bertrand Russell con otros prestigiados intelectuales de occidente condenando el genocidio, su horror me impactó más porque en ese instante sorpresivo se unieron eros y tánatos en el reflujo de mi cuerpo recién amado con la pasión de la vida, y la muerte del joven inmolándose.
Viví la guerra en la ciudad, yendo a clases y capeándome de las bombas en los refugios antiaéreos, si bien nos entrenamos en el manejo de armas y construcción de trampas, la más conocida es una fosa sembrada de estacas puntiagudas camuflada con ramas donde el invasor descuidado cae ensartado, así debíamos defender nuestra adorada península codiciada por las potencias imperiales.

Vaya, cuando leo los relatos de mi madre, en su lengua sencilla de extracción campesina, me conmuevo hasta el tuétano y veo a mi parentela con los pies descalzos metidos en el agua lodosa de los arrozales llevando sombreros cónicos de paja y un fusil al hombro, mi madre tuvo la suerte de ingresar a la universidad, ella pasó la guerra en la ciudad y no se fue con su amante chino porque quiso vivir la liberación junto a su pueblo, yo no soy panfletaria, ni vocera chaolina de las consignas del partido, no critico la veneración de las multitudes que visitan la tumba del héroe nacional Ho Chi Min, momificado con aspecto de pollo rostizado, aunque eso sea pura necrofilia, ni juzgo ridículo que los niños de las escuelas canten repitiendo a coro: “Te amamos tío Ho, te amamos tío Ho”, consecuencia de la paz que disfrutamos, y del sacrificio de aquel hermoso joven bonzo, uno de tantos que mi madre vio una vez arder.

Cultura

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