Robert Reich, exsecretario del trabajo de los Estados Unidos (EE.UU.), acaba de publicar el libro: Salvando al Capitalismo . Reich pertenece a una influyente corriente de pensadores —dentro de los que se encuentran Thomas Piketty y los premios nobel de Economía— Joseph Stiglitz y Paul Krugman.
Estos autores aunque difieren en algunos aspectos, tienen en común una crítica fundamentada al funcionamiento de la economía de mercado, en el sentido de que tiende a producir una creciente desigualdad del ingreso.
El 1 por ciento de los más ricos concentra en muchos países la mayor parte de la riqueza nacional. Las clases medias y los sindicatos en las últimas tres décadas han perdido terreno e influencia tanto en los EE.UU. como en Europa. La riqueza se concentra en una pequeña élite y como el poder económico también conlleva poder político, la democracia representativa se distorsiona. Ya lo dijo Sanders, precandidato a la presidencia de los EE.UU.: “No es el gobierno el que controla Wall Street, es Wall Street quien controla al gobierno”.
Si el problema de la desigualdad del ingreso y de la influencia de los grupos de presión es muy serio en países como los EE.UU., ese problema es aún más grave en los países latinoamericanos. En los EE.UU. y Europa, existen poderes judiciales honestos e independientes, un sistema policial en general no corrupto y separación de los poderes del Estado. Todo lo contrario a lo que ocurre en países como Nicaragua.
Ni Reich, ni Stigliz, ni Kruman, ni Piketty pretenden reemplazar al capitalismo: su objetivo es reformarlo, hacerlo más eficiente, para que trabaje en función de los intereses de las grandes mayorías y no de pequeñas élites. No intentamos reseñar aquí las múltiples propuestas de esos autores.
Nos limitamos a destacar una idea central del planteamiento de Reich: para salvar al capitalismo de sus excesos se requiere de un efectivo contrapoder en el proceso de formulación e implementación de las normas y regulaciones del mercado. En el aspecto político, en las democracias avanzadas, la independencia efectiva de los poderes del Estado, evita la concentración del poder político.
Pero en el campo económico, para Reich no existen esos contrapoderes, y como resultado de ello las normas que regulan el mercado están sesgadas a favor de los grandes capitales y de los grandes intereses. Se requiere de crear contrapoderes efectivos que representen a los diversos sectores que tienen poca representación, poder e influencia en el proceso de formulación e implementación de las políticas públicas. Solo con contrapoderes efectivos —políticos y económicos— se podrán corregir los excesos del capitalismo y salvar la democracia.
El caso de Nicaragua es más grave. A nivel político no existe el sistema de pesos y contrapesos esencial en una democracia. A nivel económico no tienen mayor fuerza ni influencia o independencia, las organizaciones de trabajadores, de la sociedad civil, de pequeñas y medianas empresas, de consumidores, o de los sectores medios, que puedan hacer contrapeso a la alianza entre el gran capital y el gobierno.
La alianza gran capital-gobierno es la que define “las reglas del juego del mercado”. Y esas reglas no son las de los mercados libres competitivos, como lo evidencian entre otros casos; los precios monopólicos u oligopólicos de: los combustibles, la energía eléctrica, la telefonía celular, la televisión por cable, o las tasas de interés de los bancos. Por su parte, el deslizamiento y el sistema de doble moneda, obliga a cambiar córdobas por dólares y dólares por córdobas generando fuertes ganancias a los bancos, afectando a asalariados y consumidores.
El sistema tributario por su parte, es altamente regresivo, plagado de exenciones como resultado de la influencia de grupos de presión. Los perdedores: las clases medias y los sectores de menores ingresos, los ganadores: el gran capital y sus aliados políticos.
Solo el poder detiene al poder. En Nicaragua para salvar tanto a la democracia como al capitalismo es indispensable crear contrapoderes políticos y económicos: organizaciones que influyan de manera efectiva — a favor de un desarrollo incluyente—, en las decisiones políticas, económicas y sociales que definirán el futuro de la nación. Se requiere pasar de un “capitalismo de amigotes” a una economía social de mercado.
El autor es doctor en economía.
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