Los obispos de todo el mundo reunidos en el Vaticano para el sínodo de la familia aprobaron al término de tres semanas de debates la integración de los divorciados que se vuelven a casar y evaluar caso por caso su situación.
Los 270 padres sinodales, entre obispos y cardenales, en representación de los obispos de todo el mundo, votaron con una amplia mayoría un documento final con 94 párrafos, incluidos los más controvertidos que se refieren a la prohibición de acceder a la comunión a los divorciados que se vuelven a casar.
Todos los puntos fueron votados y superaron los dos tercios requeridos de los votos (177).
Tres párrafos obtuvieron un consenso menor, en particular los números 85 y 86, aprobados con 178 a favor y 80 contrarios y se refieren a los divorciados que se vuelven a casar, un fenómeno que ha aumentado en numerosos países y que ha distanciado a numerosas familias de la Iglesia.
El documento fue entregado al papa Francisco, quien lo hizo público inmediatamente y lo empleará para integrarlo en una exhortación que elaborará en los próximos meses.
En los párrafos con menos consenso los obispos sinodales proponen que los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente sean reintegrados en la comunidad cristiana en lo posible, evitando generar escándalo, sin especificar si podrán acceder a la comunión.
No a la pedofilia
El papa decidió convocar dos sínodos sucesivos sobre la familia —en octubre de 2014 y octubre de 2015— para instar a la Iglesia a un “aggiornamento”, es decir a actualizarse ante los cambios que vive la familia moderna.
Los obispos reiteraron que la Iglesia aplicará la “tolerancia cero” con la pedofilia y se comprometieron a colaborar “en forma estrecha” con la justicia.
Los obispos y cardenales insisten en que es necesario un discernimiento, un examen caso por caso para autorizar el acceso a los sacramentos, como la comunión y la confesión.
Los obispos se pronunciaron a favor de una Iglesia más acogedora con las parejas que conviven y con los homosexuales y con los católicos en situación irregular, avalando el pedido del papa argentino a favor de una institución que deje de juzgar y reprochar y se vuelque hacia el acompañamiento.
Al clausurar el sínodo el papa argentino elogió la libertad de expresión que reinó durante las tres semanas de labores y criticó abiertamente los métodos no del todo benévolos empleados, en una alusión a los ataques de los sectores conservadores a sus propuestas de reforma.
Obispos alemanes fueron el motor del sínodo
Los cardenales alemanes jugaron un papel clave en el Sínodo de obispos que se clausura ayer sábado, con propuestas muy avanzadas, a menudo audaces, sobre temas como la reintegración de los divorciados que se vuelven a casar.
El llamado grupo Germánico era uno de los trece grupos lingüísticos que trabajó durante tres semanas en el Vaticano sobre los desafíos para la Iglesia que genera la familia moderna.
Sus contribuciones fueron apreciadas con unanimidad por los cerca de cuatrocientos obispos y cardenales convocados por el papa en el Vaticano.
A diferencia del grupo de habla francesa, Gallicus, donde la convivencia entre prelados europeos, africanos y canadienses no siempre fue fácil, con discusiones en ocasiones agrias, los germánicos (alemanes, austríacos, suizos) hicieron propuestas originales.
Los cardenales, todos teólogos brillantes y cultos, con posiciones muy variadas (conservadores, progresistas, moderados) trabajaron juntos como una gran familia, aseguraron varios observadores.
Respeto a homosexuales
El espinoso tema de la homosexualidad fue abordado solo en un párrafo en que se reitera que la Iglesia “respeta” a los homosexuales, condena toda «injusta discriminación» y se opone al matrimonio de personas del mismo sexo.
El resto de ese párrafo recomienda a la Iglesia acompañar a las familias con un miembro homosexual.
Para muchos de los asistentes tratar el tema de la homosexualidad en una reunión dedicada a la familia resultaba anómalo, mientras que para otros prelados, sobre todo los africanos, sigue siendo un argumento tabú.
«Lo que parece normal para un obispo de un continente puede ser extraño, casi un escándalo, para otro de otro continente», reconoció Francisco.
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