La sacudida

De pronto, la imagen de Sammy Sosa desaparece del televisor; se reduce a un minúsculo punto en la pantalla acompañada de un silbido. En los ojos de Pichardo miro a un maje asustado. Pichardo debe mirar idéntico paisaje en los míos. La tierra tiembla, escuchamos el estruendo.

En esas andamos, que se nos va la mañana acá, donde Pichardo, ahuevados por la lluvia que nos dejó sin final de beis de las comunidades del Casitas y comentando las actuaciones del dominicano de oro cuando, luchando contra el barrunto de la lluvia, tres golpes secos resuenan contra la puerta. De pronto, la imagen de Sammy Sosa desaparece del televisor; se reduce a un minúsculo punto en la pantalla acompañada de un silbido. En los ojos de Pichardo miro a un maje asustado. Pichardo debe mirar idéntico paisaje en los míos. La tierra tiembla, escuchamos el estruendo.

—Parecen helicópteros —digo— mientras Pichardo se dirige hacia la puerta. “¿Será que enviaron al Ejército a detenerme?”, pienso, y casi me da la risa de tan estúpido pensamiento.
—Si lo son, suenan muy cerca, sobre nuestras cabezas.
De nuevo golpean a la puerta. En el exterior alguien grita.
—¡Abran! ¡Policía!
Si la tierra no temblara, si la confusión no me impidiera pensar claro, no me acercaría hasta Pichardo y abriría la puerta de su casa, la única de ladrillo y cemento en Los Zanjones, donde todo es madera, zinc y adobe, para ver qué diablos ocurre ahí fuera. Porque afuera, entre la lluvia, bajo un impermeable negro de uniforme policial, se extiende un brazo hacia el mío para colocarme unas esposas.
—¡Idiay! ¿Qué pasó?—, es todo lo que consigo platicar.
—Hijueputa escurridizo sos vos—, me lanza el maje.

El rostro que me mira bajo la capucha policial sonríe satisfecho con su poblado y chorreante bigote negro. Eligió el peor día para agarrarme. Debería mirar alrededor. Todos en Los Zanjones están acá, a la puerta de sus casas, intentando ver algo entre la cortina de agua, buscando los aparatos en el cielo sin encontrar ni rastro de aeronaves. Y entonces el estruendo y los temblores se multiplican por lo imposible y miramos ladera arriba cómo el mundo se nos viene encima en forma de gigantesca lengua de lodo, piedras, rocas; la montaña que se nos deshace entera con intención de llevársenos por delante, aniquilarlo todo. No hay donde agarrarse. Pichardo se echa hacia atrás.
—¡Corran, adentro!

El chepo me mira y me empuja hacia el interior de la casa, bajo la mesa del dormitorio-sala-cocina, habitación única en hogar de pobres donde coincidimos con Pichardo. Las paredes de ladrillos y cemento simulan firmeza; es un engaño, no protegen ni mierda. Aguantan el primer golpe, el suelo temblando como una trituradora y el infierno que cruza la puerta y toma posesión de la casa de Pichardo. Sucede todo en menos de un segundo. Veo a mi mamá, pienso en Damaris, en mis gemelitas y el lodo que abarrota la casa de Pichardo a la velocidad de un batazo de Sammy Sosa. Los muros revientan alrededor. Estiro los brazos hacia ningún lugar, intentando, supongo, agarrarme a la vida, estirar los brazos y proteger a los míos. A mi alcance, solo la muerte y la mano del policía que sujeta mi muñeca. ¡Hijuelacienmilputas! Moriré esposado a un chepo.

Pierdo a Pichardo. Por un segundo miro su mano extendida entre el remolino de lodo, piedra, madera, zinc, árboles, vacas y qué se yo. Su boca dibuja mi nombre en un grito apagado, lo último que distingo antes de que mis ojos comiencen a arder. Después es decir mucho tiempo, pero es después, justo después de la boca de Pichardo, que me dejo arrastrar, como si dejara de sentir.

EN 1998, NICARAGUA

Nicaragua 30 de octubre de 1998. Un volcán se derrumba y sepulta a tres mil personas mientras el huracán Mitch arrasa Centroamérica. Entre el lodo, rodeado de cadáveres, un hombre desentierra a un superviviente agonizante sin saber que este está llamado a ser su verdugo. La sacudida relata el viaje de dos hombres, condenados a enfrentarse en medio de un escenario apocalíptico. Perseguidos por la ley, por sus antiguos compañeros de armas y por su conciencia, recorrerán juntos el rastro devastador del Mitch en busca de la redención y de sus raíces, sin saber que su compañero de viaje es su mayor enemigo. El viaje transformará a estos dos hombres empujados por sus entornos hacia la violencia siendo adolescentes.

Cultura Huracán Mitch Sacudida archivo

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