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Aprendices a políticos

Durante el gobierno de Luis Somoza (1956-1963) se hizo visible una suerte de polarización política entre las fuerzas que se movían alrededor de las esferas gobernantes.

Durante el gobierno de Luis Somoza (1956-1963) se hizo visible una suerte de polarización política entre las fuerzas que se movían alrededor de las esferas gobernantes. Por un lado los somocistas tradicionales que generalmente usufructuaban las mieles del poder, muchos de ellos replegados en torno al nuevo gobernante, otros inconformes con sus cuotas de poder buscaban mejorar posiciones, sacando manteca algunos, y otros simplemente aspirando. Por otro lado un grupo de políticos, un tanto aprendices, se empezaban a mover alrededor del joven hermano, Anastasio, quien había expresado sus aspiraciones a pesar de no contar con la base mínima de apoyo popular y tampoco de organización.

La oposición, sin liderazgos efectivos ni apoyos financieros visibles hacía valerosos esfuerzos de sobrevivencia utilizando sus pocos activos disponibles. No había un líder político a nivel nacional que pudiera oponerse con perspectivas exitosas a la amenaza que representaba la subida de un tercer Somoza. Ante la pulverización de opiniones y la dispersión de fuerzas políticas cabía esperar el florecimiento de nuevas opciones. Eso ocurrió y pronto.

Un grupo de jóvenes profesionales, yo incluido, graduados en universidades del exterior, muchos de ellos habían estado cambiando impresiones con el objeto de incursionar en la vida política. Parece que las ideas tomaron fuerza en las oficinas del Banco Central, que había adquirido fama de reclutar expertos, principalmente en ciencias económicas, sin exigirles cuotas partidarias, lo que no era corriente en esa época. Había allí lo que los gringos llaman un think tank, grupo de jóvenes pensadores talentosos cuyas opiniones venían siendo conocidas públicamente poco a poco. Algunos afirman que el cerebro, o impulsor del grupo era el presidente del Banco, Francisco Laínez, quien era estrecho amigo personal de Anastasio Somoza y quería llevar agua a su molino. Es posible, pero varios fundadores del grupo coinciden en opinar que no fue precisamente así. Laínez, joven brillante que estaba fundando y dirigiendo una institución independiente que vendría a ser una de las mejores no solo de Nicaragua, sino de la región, estaba claro de la oportunidad que se le presentaba al país de utilizar en el campo político esos talentos emergentes. Puso su grano de arena, muy valioso por cierto y animó a sus muchachos a continuar en el proyecto. El grupo tenía notoriedad creciente y de forma paulatina se fueron multiplicando, de unos seis a diez creadores, la mayor parte salidos de la Dirección de Estudios Económicos del Banco Central, pasaron a cuarenta o cincuenta en cuestión de semanas. Los más jóvenes, o recién llegados, se sentían ufanos y orgullosos o de acompañar a los más notorios. Muchos alardeaban al comentar que pertenecían al grupo. Todos eran profesionales, hablaban inglés, o trataban de hablarlo y no estaban contaminados políticamente. Se hizo un primer inventario un cuaderno, con una página con el currículo de cada uno, que seguramente alguien aún lo conserva.

Después de muchas reuniones sobre las estrategias que podrían adoptarse para incursionar en la política local, se encontró que había, entre otros, un común denominador que consistía en mantenerse apartados de los políticos tradicionales, en especial de los viejos grupos somocistas que habían rodeado y apoyado al viejo Tacho, sin hacerlo cambiar, ni intentarlo siquiera. La oposición habitual no se había renovado ni ofrecía opciones realizables. La juventud, como decía el poeta, no tenía donde reclinar su cabeza.

Entre los comentaristas políticos se hablaba del grupo y se hacían conjeturas sobre el futuro del mismo. Un talentoso político somocista de la época, Pedro Quintanilla pilar de apoyo de René Schick, quien había sido compañero universitario de varios de los dirigentes del movimiento comentó con sorna y en son de burla tratando de minimizarlo, que no había que preocuparse, ya que ese movimiento político era una moda y como tal su destino era el olvido, es como la minifalda, decía Pedro en una entrevista, que pasará de moda muy pronto. La comparación cayó en gracia y fue recogida por Julio Vivas en su programa de TV, llamando Los Minifaldas a esos muchachos que se atrevían a jugar con las barbas de los políticos tradicionales. A partir de esos días quedó ese mote, para siempre.

Luego vendría lo que algunos consideran como la debacle del minifaldismo, su aproximación a las aspiraciones de Tachito. Con el pretexto de que esa ambición era inevitable, Los Minifaldas, o algunos de ellos, decidieron lanzarse al ruedo político de manera pública, a pesar del monumental costo político que ello tendría. Por supuesto, ya se habían hecho los primeros encuentros personales con el mencionado quien se mostraba muy satisfecho y complacido de esa conquista. Una joven señora recuerda que en la casa de Tacho le dijo que se estaba aprovechando de la inexperiencia política del grupo y que no le iban a permitir cumplir con sus aspiraciones y demandas democráticas.

No obstante varios fueron reconocidos, como Orlando Barreto, Roberto Incer y Daniel Tapia, entre otros, quienes adquirieron importantes posiciones a nivel nacional. Muchos más que perseveraron también fueron distinguidos según sus capacidades. Pero el daño causado a la oposición por Los Minifaldas fue enorme, al alejar a los valiosos jóvenes de ese grupo de la posibilidad de vigorizar los movimientos antisomocistas. Hay que reconocer, sin embargo, el intento de Los Minifaldas, en su bisoñez política, por traer a nuestra contienda sangre con ideas nuevas y de neutralizar la influencia fracasada de los viejos políticos tradicionales cuyas ideas estaban agotadas. Pero talvez su error más visible y que los condujo a la desunión fue entregarse a uno de esos caudillos, sin condiciones.

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