Este año escribimos una página más en la historia del proceso de la integración centroamericana, cuando hace 64 años se suscribió, el 14 de octubre de 1951 la Carta de San Salvador, dando origen a la Organización de Estados Centroamericanos (Odeca); con la reforma posterior del 13 de diciembre de 1991 mediante la suscripción del Protocolo a la Carta de la Organización de Estados Centroamericanos (Odeca) o Protocolo de Tegucigalpa, creándose así el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA).
Actualmente, la integración avanza hacia donde sus países, funcionarios, ciudadanos e instituciones comunitarias quieran llevarla. Es valiosa cuando creemos en ella, y vemos más allá de lo que nos diferencia, para reflexionar así, sobre cuál es el futuro que deseamos para nuestra región; y de qué forma podremos enfrentar nuestros problemas y aprovechar nuestras oportunidades.
La integración crece y se fortalece al ritmo de nuestras voluntades, para convertirnos en una región de paz, libertad, democracia y desarrollo, como un todo armónico e indivisible, tal como lo plantea el Protocolo de Tegucigalpa.
En este orden, el Protocolo de Tegucigalpa, instrumento que readecuó el proceso de la Integración Centroamericana a las necesidades actuales, nos establece como el fin ulterior del Sistema de la Integración Centroamericana: constituir nuestra región en un recinto de paz, libertad, democracia y desarrollo.
El proceso de integración centroamericana estuvo en las décadas de los años sesenta y setenta centrado principalmente en la integración económica. Es a partir de la década de los noventa que la integración centroamericana hace un giro hacia una agenda multidimensional, impulsada principalmente por el Protocolo de Tegucigalpa, con el cual se promueve un nuevo equilibrio basado en la dimensión social.
Nuestra historia de integración y las bases de sus instituciones, comparten en la actualidad los mismos ideales del paradigma europeo, el cual hace una apuesta a la naturaleza comunitaria y supranacional, como vías de fortalecer la cohesión social y la calidad de vida de nuestros pueblos, ello a partir de un avance gradual con la ayuda transitoria de instituciones intergubernamentales y de cooperantes amigos.
Desde el relanzamiento del Proceso de Integración Regional, los gobiernos de los Estados miembros del SICA iniciaron el camino hacia el establecimiento de un espacio común, que poco a poco ha venido integrando al paradigma dominante de otrora: el intergubernamentalismo, con la inclusión y construcción de la institucionalidad comunitaria; creándose así una área de coincidencia e integración en nuestra diversidad, desde el valor de las agendas y acciones regionales como complemento y potencialidad de las acciones nacionales.
A más de medio siglo de haber empezado este camino, y en el marco de un mundo globalizado, hablar de integración implica proyectarse a futuro y no esquivar errores del pasado; someternos a un análisis profundo e intencional sobre el rumbo de Centroamérica y sobre todo, de nuestro papel político e institucional en este esfuerzo.
El contexto ha cambiado, lo han hecho sus dinámicas sociales y también las personas. Pero la región se enfrenta a grandes desafíos: superar la inseguridad ciudadana, la falta de oportunidades laborales, la inequidad en la distribución de la riqueza, el cambio climático y la crisis económica mundial, entre otros.
Los desafíos y oportunidades de la región son cara y cruz, de una misma moneda llamada integración, y han puesto de manifiesto la necesidad de creer en este proceso, creer en sus instituciones y creer en los actores que día a día le dan vida. Por tanto, creer en la integración es nuestra capacidad de sumar voluntades, sueños y aspiraciones para construir de forma colectiva la Centroamérica que necesitamos y queremos: una Centroamérica de oportunidades.
La autora es secretaria general del Sistema de Integración Centroamericana (SG-SICA).