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El busto de don Evaristo

Como estudiante universitario viví en varios sitios de la ciudad de León. Mi primer albergue fue en una casa esquinera, a dos cuadras del antiguo Comando de la Guardia Nacional, frente a la casa, según me dijeron, que habitó el Coronel Joaquín Arrechavala

Como estudiante universitario viví en varios sitios de la ciudad de León. Mi primer albergue fue en una casa esquinera, a dos cuadras del antiguo Comando de la Guardia Nacional, frente a la casa, según me dijeron, que habitó el Coronel Joaquín Arrechavala, de quien se afirmaba que por las noches salía a galopar por las calles empedradas de León. Su paseo nocturno terminó cuando el antiguo empedrado fue sustituido por pavimento. Igual sucedió con la famosa “carreta nagua”, supuestamente confundida con las carretas que entraban a León en horas de la madrugada y que hacían un ruido atemorizante por el empedrado. Pero las leyendas continúan y forman parte del Museo de espantos de León.

Después fui a vivir frente al parque La Recolección, con lo que la Universidad me quedaba sumamente cerca. Vivía en ese lugar cuando ocurrió un hecho que conmovió al país. Una noche, unos estudiantes universitarios, posiblemente pasados de tragos, derribaron el busto del expresidente don Evaristo Carazo, que cayó de cabeza y hundió los ladrillos del parque. De ahí lo rescató, al día siguiente, el catedrático de la UNAN, doctor Hernán Zelaya, quien le dio asilo en su oficina mientras era colocado nuevamente en su pedestal ya que el busto, por ser de puro mármol, no sufrió ningún daño.

Esto fue noticia no solo local sino nacional, por tratarse de un expresidente considerado uno de los mejores del período de los “Treinta Años” que favoreció mucho la educación pública y que, incluso, decretó la reapertura de la Universidad de León que permanecía clausurada.

Las autoridades municipales y del Ministerio de Educación prepararon un acto de desagravio, con asistencia de todos los colegios públicos y privados de la ciudad, para el día en que fuera reinstalado el busto en su sitio.

Nunca se supo quiénes fueron los responsables, e incluso, circuló el rumor que uno de estos estudiantes le había sacado los ojos al pequeño lagarto de la pileta del parque.

El acto fue muy concurrido y, curiosamente, ese mismo día circuló en León un panfleto intitulado: Veinte poemas de amor para don Evaristo y una canción desesperada al lagarto. Nunca se supo tampoco quién fue el autor de estos versos pero aún recuerdo uno de ellos que decía:

“Evaristo, no te ahuevésque si ahora te tocó a vosel próximo juevesle toca a los otros dos”.

¿Quiénes eran los otros dos? Eran los bustos del general Mariano Salazar, fusilado por William Walker y del doctor Remigio Casco, famoso por su sabiduría y virtudes. Por supuesto que este vaticinio no se cumplió.

Después me trasladé a una pieza en el segundo piso del antiguo Hotel Esfinge. Esta casa estaba alquilada por la familia del estudiante Carlos Cuadra, quien era mi amigo. Me asignaron la habitación esquinera del segundo piso donde viví dos años.

“Oli, Oli, que me has dado”

Tiempo después supe que había sido esa la misma habitación donde vivió con su esposa Oliverio Castañeda, de quien se asegura envenenó a varias personas de una familia y a su propia esposa. En León se decía que en su agonía la esposa le preguntaba a Castañeda: “Oli, Oli, que me has dado” —y que este le respondía— “el veneno que te has tragado”.

Me gustaría dejar constancia, en estas memorias, que fue en mis años de estudiante que concebí proyectos que luego El Señor me permitió llevarlos a la realidad. Un día vi pasar un desfile de estudiantes de secundaria encabezados por el Ministro de Educación, el ingeniero Andrés García, traído desde México por el dictador Anastasio Somoza García.

Al Ministro se le ocurrió anunciar una campaña de alfabetización y comenzó a recorrer los departamentos haciendo desfiles de estudiantes, que él encabezada, promoviendo con mantas la próxima campaña de alfabetización. Yo vi pasar el desfile en la ciudad de León y me dije: “Algún día yo seré ministro de Educación y lanzaré una verdadera Campaña de Alfabetización”, lo que ocurrió en 1980.

Al dictador Somoza no le gustó que el ministro anduviera encabezando desfiles y recorriendo el país, por lo que canceló su nombramiento. Andrés García se regresó a México y por supuesto, no hubo tal campaña de alfabetización.

Siendo estudiante también me interesé muchísimo sobre la historia de León Viejo. También me dije: algún día encabezaré un equipo para localizar las ruinas de León Viejo, lo que se logró cuando, como rector de la UNAN, localizamos las ruinas el 25 de abril de 1967.

En el Viejo León

La historia de León Viejo me apasionaba y procuraba conversar sobre el tema de las ruinas con mis compañeros de estudio y, en algunas ocasiones, con el entonces rector, doctor Juan de Dios Vanegas, el vicerrector, doctor José H. Montalbán, y con mi recordado profesor de Derecho Civil e historiador, doctor Nicolás Buitrago, quien por entonces preparaba su libro: León, la sombra de Pedrarias.

En mis años de estudiante yo escuché, de boca del propio doctor Nicolás Buitrago, lo que más tarde narraría en la obra que he mencionado, publicada por primera vez como separata de la Revista Conservadora en 1966. Decía Buitrago, padre de Edgardo Buitrago Buitrago, lo siguiente: “Guardo el trozo de una carta que mi madre envió a la suya en el año 1883, en la que, al relatarle sus alegrías de joven en el paseo que hacía a la hacienda “Paso-hondo” con su tía materna dueña de esa hacienda, situada a la vera del Viejo León, cómo se recreaba cortando magnolias, jazmines del cabo y resedas, en los solitarios patios de algunas casas todavía existentes en aquellos campos de soledad”.

No debe, entonces extrañar, que cuando en noviembre de 1964 fui electo rector de la UNAN, entre las cosas que me propuse impulsar estaba llevar a cabo las investigaciones históricas que condujeran a la relocalización de las ruinas de la antigua capital de Nicaragua donde, pese su corta existencia de 86 años, ocurrieron hechos de singular trascendencia, no solo para nuestro propio devenir histórico sino también para la historia en general de Hispanoamérica, por el conflicto que se produjo aquí entre los intereses de los encomenderos, principalmente los hijos del gobernador Rodrigo de Contreras, y las disposiciones de las Nuevas Leyes decretadas por el emperador, y cuyo cumplimiento exigía, con ánimo decidido y a sabiendas del peligro que corría, el protector de los indios, el obispo Antonio de Valdivieso.

Representa la confrontación entre el agonizante régimen feudal medieval y el inicio de una nueva época, que se estaba abriendo paso en medio de violentas resistencias.

Inspirado por José Román

No puedo dejar de mencionar aquí, entre las lecturas que fortalecieron mi ánimo para continuar las tareas en busca de las venerables ruinas, la lectura de la novela histórica, Los Conquistadores , de nuestro notable novelista, un poco olvidado, José Román. La novela tiene, como uno de sus escenarios, la antigua ciudad de León Viejo, y el episodio del asesinato del obispo Valdivieso es uno de sus capítulos más estremecedores, así como la narración del final trágico, pero bien merecido, que tuvieron los hermanos Hernando y Pedro de Contreras en Panamá, cuando se encaminaban al Perú, supuestamente para ser proclamados príncipes del Nuevo Mundo, desconocer la autoridad del emperador y restituir las encomiendas a los descendientes de los conquistadores, dueños de casi todas las tierras de este continente.

El último sueño que se hizo realidad fue la conquista de la Autonomía Universitaria y la posibilidad de llegar a ser rector de una Universidad Nacional Autónoma, autonomía que logró Mariano Fiallos Gil, de quien fui su cercano colaborador y sucesor.

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