Emigdio Quintero Casco
El doctor Fausto se quedó perplejo y extasiado, ante la presencia de la siniestra figura de la bailarina. Tenía en su mano un tridente, que convertía en feo lo bello que tocaba. En el salón, un caos de fealdad, notablemente, bello y majestuoso.
El Exorcista
Emigdio Quintero Casco
El diablo llegó echando espumas por la boca y espesos jugos verdes, y en sus ojos se veían almas en llamas, y por todos sus orificios salían bocanadas de humo y gases venenosos.
Después del macabro ritual, el diablo quedó con las tripas limpias y con el corazón lleno de luz, y prometió no volver a tentar al Señor.
El exorcista le recomendó hacer yoga, pesas y caminatas; tomar dos cántaros de agua oxigenada cada ocho horas; no consumir metales pesados como el plomo, cadmio, arsénico y mercurio; para los gases, que no consumiera batidos de frutas tropicales mezclados con azufre o carburo antes de ir a la cama; y para sus otros desórdenes y excesos, que saliera de Facebook y cerrara todas sus cuentas pornográficas de Internet. Le prohibió que se vistiera de mujer para engañar a los hombres, y que anduviera diciendo que él era el rey del mundo o haciendo fraudes electorales.
El diablo sintió sed y le pasaron un hisopo bañado en agua bendita. El exorcista prosiguió:
Para sus miedos, que no anduviera viendo películas satánicas, ni oyendo música con mensajes subliminales que tientan al mal; y para su mayor tranquilidad, que se alejara de los “come santos caga diablos”, de los testigos de Jehová y de todos aquellos que mienten, roban, y matan en el nombre del Señor. Y como el diablo es diablo, no dejó de seguir haciendo sus diabluras.
El sueño de Espartaco
Emigdio Quintero Casco
Después que el gallo dejó de cantar, Varinia le preguntó.
¿En qué sueñas, amado mío? ¿Qué revelaciones te hicieron los dioses de las estrellas? Bien amado, ¿qué te dijeron? ¿Qué secretos te confiaron que no puedes compartir? Por San Pedro Claver, patrono de los esclavos, contéstame.
Sueño, dulce encanto, que haremos un mundo nuevo, un hombre nuevo, y un paraíso aquí en la tierra.
Al oír esto, Varinia se puso inquieta, como que eso era misión imposible y una verdadera utopía. Sintió temor de él, pero él le dijo con ternura:
Amada mía, mira a tu alrededor. Este mundo fue hecho por hombres. Nada de lo que ves fue hecho por casualidad o por generación espontánea. Observa bien. ¿Hay algo en este mundo que no haya sido construido por la voluntad y la mano del hombre? Hemos hecho coronas, palacios, estatuas ecuestres, ciudades con altas torres, monumentos a los héroes, barcos, aviones de caza o combate, cañones, esa muñeca que llora y ese soldadito de plomo. ¡Todo!
Hemos construido y destruido, ¿no es así?, hombre mío, bien amado.
No lo voy a negar, también tenemos una fuerte capacidad de destrucción, de vida y muerte. Entonces, esposa mía, ¿por qué no podremos hacer un mundo nuevo y un hombre nuevo?, insistió Espartaco.
Por dónde empezar, amado mío, mi bien amado.
Destruyendo los símbolos del poder opresor y sus rituales, y las riquezas de la nueva monarquía. Destruiremos Roma y si el sol es un caudillo bárbaro y sanguinario, pararemos el sol.
¿Quiénes? ¿Quiénes? —dijo ella en tono suplicante.
La historia habla de la rebelión de los esclavos o de la rebelión de los gladiadores. La esclavitud ya se abolió en muchas partes del mundo. La rebelión, ahora, será diferente. Haremos un llamado que oirán todos los indignados del mundo, para que se reúnan en las plazas clamando paz y libertad. Una y otra vez, hasta que se vaya el dictador.
Formas de venganza
Emigdio Quintero Casco
Mickey Mouse es una venganza con cara de ratón. El hombre no soporta mi libertad, independencia, mala fama, ni lo indescifrable que hay en mí; lo misterioso, lo simbólico, mis orgías nocturnas, le disgustan. Hijo del diablo, mi “miau” sigue espantando ratones.
Jamás lo imaginaron
Emigdio Quintero Casco
Supermán y Rico MacPato todo pudieron haber imaginado, menos que por culpa de un chatarrero tendrían un destino común; los metió en un saco de yute y se los llevó. Sus cuerpos fundidos, servirían después para hacer clavos, bisagras y balineras de acero, de regular calidad.
Las horas
Eugenia Toledo Renner
Las últimas horas
el cuerpo abierto
racimos florecidos como hortensias
los órganos sin funcionar
máquina trabada adentro
pupilas purulentas
mueve los ojos tupidos
cuando llega la hora
la vida es una traducción
sin diccionario
afuera
el viento carcome
la lluvia en la ventana
las nubes sin moverse
robarán la palidez al día
un transbordador espacial
la angosta cama en la clínica
en viaje a las estrellas.
La casa
Eugenia Toledo Renner
Entraste en la vieja casa de madera
el día que murió el padre
te fuiste y volviste
a la calle en la que conocías hasta las piedras
la comida que nadie había tocado en el refrigerador
la cama a medio hacer, el agua en el velador
los remedios y la radio apagada en esa estación
los cojines bordados marcando su cuerpo
las botellas de licor ya no escondidas en el piano
cuando alguien toca el timbre en la puerta
para cobrar unas cuentas no pagadas.
A este domicilio de tu pasada vida volviste
a pesar de las preguntas dobladas de los otros
retornaste y te fuiste.
Relámpago de la vida
Eugenia Toledo Renner
Ni en el velorio
ni la lujosa caja
vestido de terno negro
suplantaba el silencio
ni en la misa o en el entierro
donde caminaba horizontal
escuchando las murmuraciones
ni en la tumba honda
donde las flores rojas
señalan la tierra que se agrietará
previo arrancado de raíz el relámpago de la carne.
La singer
Eugenia Toledo Renner
Como un barco abriéndose paso
en la neblina pesada de la mar
con un pie firme sobre el pedal y
la mano derecha sobre la rueda
días y noches también
los ojos fijos en los hilos
géneros floreados transformados
en mangas, bolsillos, vestidos
adonde iba navegando la máquina
las telas como velas la aguja
marcando puntadas, como senderos
pie tras pie el pedal y el prensatelas
adónde se fueron aquellas creaciones
en qué lugar se quedaron
los retazos, los pedazos y los bordados
lo hecho, lo deshecho y lo remendado
peregrinas ambas, la Singer y mi madre
hablando un lenguaje de sesgos, de ojales
y huinchas de medir
su propio tiempo inconmensurable.
El sol es una vaso de conserva
Eugenia Toledo Renner
Habiéndonos ya olvidado para qué fuimos
a discutir la válvula cerebral de los errores
y casi ahogándonos en la lluvia fosfórica
campo de batalla cada mañana y barco de guerra en la costa
el sur se repetía a sí mismo en su historia
una noche de temporal cercana a nuestra partida
él abrió tres frascos de duraznos
que aguardaban pacientemente abrirse
quince años más tarde cuando tú no estabas
de este viaje al sur sentados en la mesa
lo más recordado fue el sabor
del jugo de lo transitorio y lo eterno
en la compañía de tu ausencia
los años se sentaron en las nubes
y simples se deshicieron en esos jarros de vidrio
como boca de verano soleado
en conserva y a mi lado.
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