En pocas semanas acaba el verano en el hemisferio norte. Durante este verano han habido importantes noticias como la primera desaceleración fuerte en la economía china en 35 años; la invasión de Europa por cientos de miles de inmigrantes del Medio Oriente y África; y las delicadas negociaciones entre las mayores potencias del mundo e Irán con el fin de desarticular su supuesto programa para fabricar armas nucleares.
Cada una de estas noticias, y muchas otras importantes, han sido seguidas con detenimiento alrededor del mundo. Pero en Estados Unidos, todas han sido eclipsadas por la precandidatura presidencial de Donald Trump para el partido republicano en las elecciones de noviembre del 2016. Desde que Trump se lanzó el 16 de junio, su precampaña ha despertado un nivel de curiosidad, frustración, pasión y energía en un proceso político que normalmente no comenzaría a interesar al pueblo estadounidense hasta dentro de un año.
Prueba del interés que ha generado “el Donald” es que cuando apareció en el primer debate con otros precandidatos republicanos hace seis semanas, más de 24 millones de televidentes lo vieron, superando, y por mucho, el número de personas que históricamente han visto los debates entre los candidatos presidenciales pocas semanas antes de las propias elecciones.
Desde el inicio de su precampaña, Trump ha generado reacciones encontradas. Por ejemplo, Trump ha hecho la inmigración ilegal a Estados Unidos uno de los principales temas de la precampaña. Lo hizo con su polémica afirmación que la mayoría de los mexicanos que cruzaban la frontera eran delincuentes y violadores y que construiría una muralla para contener el flujo de indocumentados y obligar a México a pagar por ella. Como que si esto fuera poco, añadió que deportaría a todos los ilegales en el país —incluyendo a sus hijos nacidos en Estados Unidos y, por ende, ciudadanos para no dividir a familias— pero generosamente se comprometió a buscar un mecanismo para permitir a los “buenos” regresar.
Trump no se ha limitado a fustigar a los latinos. Ha repartido insultos a todos los que percibe que no lo han tratado con respeto. Ha llamado a los líderes de su país, incluyendo Obama y los principales republicanos en el Congreso, estúpidos, corruptos, idiotas y/o ineptos. Cuando una popular reportera del canal conservador Fox se atrevió a hacerle preguntas difíciles en el primer debate, insinuó que estaba hormonalmente trastornada por estar con su regla. Y a Carly Fiorina, una de sus contrincantes en el partido republicano, ¡básicamente la acusó de ser demasiado fea para ocupar la Casa Blanca! Nadie se ha escapado del veneno que Trump vomita. Se deleita en acusar a la China, Japón y México de “matar” a los Estados Unidos por exportarle más de lo que le compran a la Unión Americana y jura obligarles a revertir esta tendencia. Y según Trump, John McCain, el candidato presidencial republicano de 2008, no amerita ser considerado un héroe de guerra porque se había dejado capturar por los vietnamitas después que su avión fue derribado sobre Hanói.
Increíblemente, a pesar de su política de cloaca y careciente de propuestas de políticas públicas, Trump está en primer lugar entre los republicanos en las encuestas, muy por encima de candidatos más serios como Jeb Bush, hijo y hermano de presidentes y exitoso exgobernador de la Florida. ¿Cómo explicar esto? Algunos dicen que Trump es visto por el electorado como un hombre auténtico que no tiene pelos en la lengua. Otros que su popularidad se debe al hecho que él no ha sido político en un momento en que los votantes desconfían de los políticos, especialmente aquellos que desempeñan cargos en Washington. Finalmente, algunos politólogos atribuyen su popularidad al hecho que es un artista que divierte al pueblo. Estos tienen meses de afirmar que no tarda en perder su encanto y en desaparecer del escenario político. Puede ser. Pero la verdad es que se ha consolidado como el candidato más fuerte entre los republicanos. Es más, por mis conversaciones con vecinos en el campo de Virginia, estimo que su popularidad trasciende el ala conservadora del partido republicano y que tiene adeptos entre los independientes y hasta los demócratas. ¡Ciertamente este ha sido el “verano de Trump”!
Trump es un demagogo narcisista. Me recuerda a Benito Mussolini que arengaba al pueblo italiano en los años veinte y treinta del siglo pasado pronunciando discursos pomposos del balcón principal del Palazzo Venezia en Roma. Mussolini prometía revivir la grandeza del Imperio Romano. Y la consigna de Trump es “Hacer a América grande otra vez”.
¿Ha hecho algo bueno Trump? Sí. Le ha dado un golpe duro a la cultura de lo “políticamente correcto” (political correctness en inglés) que permea a los Estados Unidos. Esta es prácticamente una ideología y hasta una manera de hablar que tiene como objetivo descartar los valores tradicionales estadounidenses y remplazarlos con una visión de humanismo seglar llevado al extremo. Pero este activo es pequeño comparado con sus pasivos.
Este verano, Trump le ha hecho un gran daño a los Estados Unidos. Con su estilo abusivo ha golpeado a la urbanidad de la política norteamericana. Y al afirmar de que él ha comprado a prácticamente todos los políticos importantes estadounidenses, incluyendo a Hillary Clinton, ha socavado a la ya averiada imagen de la democracia norteamericana. Pero el daño que ha hecho no es nada comparado al que le haría a los Estados Unidos —y, por consiguiente, al mundo— si este buscapleitos, superficial y egocéntrico, llegase a ser electo presidente de Norteamérica.
El autor fue Canciller y Embajador de Nicaragua en Washington