Mis días con mi abuelo Pallín

Mi abuelo era un hombre alto, moreno, cabello crespo y muy cariñoso. Solíamos jugar con él en nuestras vacaciones de Navidad, cuando mi mamá nos llevaba de paseo a la ciudad de El Viejo.

Mi abuelo era un hombre alto, moreno, cabello crespo y muy cariñoso. Solíamos jugar con él en nuestras vacaciones de Navidad, cuando mi mamá nos llevaba de paseo a la ciudad de El Viejo.
Cuando ella nos decía:

—Javier y Emir deben estar listos para que vayamos a visitar una semana a tus abuelitos —yo sonreía mucho y pensaba solo en disfrutar mis días con mi abuelo Pallín.

Emir, mi hermano no lo disfrutaba tanto como yo porque es el menor de los dos. Siempre nos subíamos a los árboles de guayaba y aguacate que hay en el patio de la casa, mi abuelito gritaba:

—Por favor bájense de ahí que su mamá se va a enojar conmigo porque los consciente tanto.

Entonces llegó Catalina, mi madre, un poco exagerada y preocupada porque vernos arriba del árbol cortando guayabas para mi abuelo Pallín. Él solo se puso sus manos en la cabeza cuando vio que no bajábamos y su hija se acercaba a regañarnos por haber hecho algo tan natural de un niño de mi edad. Mi abuelo gritó:

—Tiernos lindos, por favor bájense que hay viene su papá y ahora sí me metí en problemas con ustedes.

Pasamos quince minutos y nos decidimos obedecer y todo ese tiempo mi abuelito pasó con los brazos extendidos para esperar una caída de mi hermano que es más pequeño, porque yo soy más hábil en subir a los árboles. Gracias a Dios mi padre no se enteró, pero mi madre se molestó con mi abuelito y le dijo:

—Papá tenga mucho cuidado con los niños, ellos lo manipulan y usted hace lo que ellos quieren para complacerlos siempre.

Al cabo de dos días, mi hermano y yo teníamos un chimón en la rodilla porque no hicimos caso de subir las gradas del patio sin correr. La visita a nuestros abuelitos era un regalo de Navidad: comíamos, bebíamos y nos divertíamos mucho con las historias que nos contaba mi abuelo. Hasta refranes nos hacía memorizar, para luego repetirlos en mi preescolar Primeros Pasos, donde la maestra Aura Elena supo de mis andanzas por El Viejo a través del refrán: “Cuete, cuete, tírate un aire y anda olete”. También nos enseñó coplas de la gigantona.

Cuando transcurrió la semana no deseaba regresar a casa en León, pero mi abuelito me despidió diciendo: “No te preocupes hijo, que cuando regreses yo te dejaré subir con tu hermano al árbol de guayaba, pero con cuidado para que no les pase nada, porque si no tendré problemas con tus padres. Para eso soy un hombre alto y fornido para esperarlos cuando caigan”. Me dio risa la complicidad de mi abuelo y me dije: ¡Qué suerte tengo al tener un abuelo como él!

Nos despedimos de ellos

Emir y yo le dijimos:
—Te queremos mucho abuelito, hasta pronto!
—¡Cuídense mucho! ¡Ustedes son mi vida! —respondió.

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