La educación de la niñez nicaragüense no es mala, es pésima. Y el gran culpable no es el Ministerio de Educación. Lo que enseñan las escuelas no es lo más importante. El niño educado no es el que multiplica y divide con certeza ni el que memoriza fechas y lugares. Lo es el que aprendió a practicar las virtudes; el que recibió amor y ha internalizado los valores más importantes. Y esto, hay que insistir, no lo dan las escuelas sino los padres y madres en el hogar. Todos los psicólogos están de acuerdo en que los primeros años son los más decisivos en el desarrollo de las capacidades mentales, emocionales y morales de los niños. Los maestros pueden ayudar, pero difícilmente pueden remediar los vacíos o deformaciones dejados por una mala experiencia familiar.
El problema es que la mayoría de los hogares nicaragüenses son malas escuelas. Sus padres —sus principales educadores— pueden dividirse en cuatro categorías: Los que abandonan a sus hijos, física y espiritualmente. Los que permanecen con ellos pero se ausentan espiritualmente. Los que permanecen pero no los educan. Los que permanecen y sí los educan.
Los primeros son los más numerosos; los que embarazaron a la muchacha y salieron corriendo o quienes tras convivir con su “pareja” la dejan olvidándose completamente de su prole; los que Azarías Pallais llamaba “Las bestias más bestias”; criminales que deberían estar tras las rejas. Sus hijos llevan profundas heridas en el alma pues han recibido un mensaje devastador: “No me importan nada. No los quiero ver”. Son los que padecen las mayores privaciones materiales; mala nutrición y salud, los que menos asisten o permanecen en la escuela y los que tienen más problemas con drogas y violencia.
La segunda son aquellos que están sin estar. Aportan sustento a la familia pero andan tan afanados en sus cosas que no prestan atención a sus hijos. No tienen tiempo para ellos pero sí para sus negocios o aficiones. Sus niños pueden ir a buenas escuelas y médicos pero también están heridos. Han recibido el mensaje de que importan algo pero menos que las otras cosas, y crecen sin brújulas morales y con resentimientos varios. El papa Francisco dedicó recientemente unas palabras a ellos: “Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio —porque se han autoexiliado de la educación de los hijos— y vuelvan a asumir plenamente su función educativa”.
La tercera corresponde a quienes dedican recursos y tiempo a sus hijos pero fallan en educarlos; o por mucha condescendencia o por excesiva exigencia. Son los que los miman y rara vez los disciplinan, o los autoritarios y represivos. Los primeros suelen producir hijos con frecuencia flojos y egoístas. Los segundos hijos que a veces sobresalen pero cargando dificultades emocionales.
La cuarta categoría son los progenitores que han logrado el balance entre ternura y exigencia y toman en serio su papel de educadores: los que a pesar de sus inevitables deficiencias buscan unidos transmitir valores y virtudes con su palabra, consejo y ejemplos. Sus hijos reciben un mensaje de gran valor: “Tu vida me importa mucho”. De ellos dijo el papa: “¡Cuántos ejemplos estupendos tenemos de padres cristianos llenos de sabiduría humana! Ellos muestran que la buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo. Su irradiación social es el recurso que permite compensar las lagunas, las heridas, los vacíos de paternidad y maternidad que tocan a los hijos menos afortunados”.
De la multiplicación de estos ejemplos depende la educación de nuestra niñez. Los llamados a conseguirlo somos cada uno de nosotros.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.
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