FOTOS: LA PRENSA/ ARCHIVO

Pasiones en la vida de una actriz

A la distancia de su muerte, aún siento el vacío de Socorro Bonilla Castellón. Prefiero guardar el recuerdo de la última vez que nos vimos, allá en la Universidad del Valle salimos agarrados de la mano al comedor de la universidad. Yo cometí la imprudencia de preguntarle cómo se sentía tras la muerte de don Octavio, ella no me dijo nada, me habló con su silencio, me respondió con una mirada, donde el dolor, a pesar de su fortaleza, hacía nidos de tristeza.

A la distancia de su muerte, aún siento el vacío de Socorro Bonilla Castellón. Prefiero guardar el recuerdo de la última vez que nos vimos, allá en la Universidad del Valle salimos agarrados de la mano al comedor de la universidad. Yo cometí la imprudencia de preguntarle cómo se sentía tras la muerte de don Octavio, ella no me dijo nada, me habló con su silencio, me respondió con una mirada, donde el dolor, a pesar de su fortaleza, hacía nidos de tristeza.

La primera vez que miré a Socorro Bonilla Castellón fue una mañana, estaba yo en una clase de arte en el Instituto Experimental México, recién inaugurado. Ella entró con el pelo corto, llevaba un vestido amarillo encendido, un collar verde, lo recuerdo bien, era como de dados, donde el del centro era el más grandes, mientras los otros, entre más rodeaban su cuello se iban haciendo más pequeños, sus zapatos eran de color rojo. El bolso también era verde y una carpeta negra jugaba entre sus manos.

Me sorprendió y nos sorprendió a todos, era como una mujer sacada de una revista de Vanidades. Pero lo que más nos impactó fue su mirada y esa maestría de cada ademán, cada gesto era un lenguaje armonioso y corporal. En aquel entonces Socorro Bonilla hablaba con su voz emotiva pero también con su cuerpo, hablaba del arte y de la vida misma.

Quien me la presentó fue mi maestra Nydia Palacios, en una tarde, en las instalaciones del colegio Primero de Mayo, donde funcionaba el Instituto René Schick, ya que estaban construyendo las nuevas instalaciones. En aquel entonces había ganado el primer lugar en poesía, cuyo tema era el libro, creo que doña Socorro Bonilla fue una del jurado y uno de los premios era un boleto en el tercer balcón para ver su recital de poesía.

Creo que hay cosas que vienen marcadas en la vida de uno, que no son una coincidencia, sino una expresión que va a ser parte de uno mismo y de su propia incertidumbre de la vida; y Socorro Bonilla Castellón ya estaba predestinada para ser parte de mi vida.

Recuerdo la primera vez que asistí a una clase de Comedia Nacional de Nicaragua, allá en el último piso del Teatro Nacional Rubén Darío, me había llevado una de sus actrices y que también fue mi maestra, Floricelda Rivas Aráuz, no recuerdo muy bien si estaban ensayando la obra Proceso a cuatro monjas, del ruso Bladimir Cajoli, o Seis personajes en busca de autor, de Pirandelo, lo que si recuerdo fue el pánico que me entró cuando ella puso una música clásica y todos comenzaron a hacer movimientos raros de acuerdo con lo que los hacía sentir la música.

Sin hacer el menor ruido fui saliendo, cuando llegaba a la salida del teatro, escuché una voz que me paralizó: ¡Isidro! Para donde vas. Por eso que en este país no hay teatro, porque al ruido de los caites salen corriendo. Pero doña Socorro —le respondí—. Nada de doña Socorro —me dijo ella— te subís de nuevo. Después le explique que lo que a mí me gustaba era escribir teatro y no volví asistir más a un ensayo suyo.

Yo gocé de su admiración como un joven escritor de teatro, pero también de su cariño. Lo digo porque un día don Octavio me dijo en un mediodía en que doña Socorro me había invitado a almorzar y la estábamos esperando en su casa de Ciudad Jardín: “Está bien que la Socorro te invite almorzar una vez, pero eso que te invita cada quince días y si no venís se molesta y te regaña, eso es que te quiere mucho”.

Lo que debemos de aprender de Socorro Bonilla Castellón no solo que entregó su vida al teatro nacional; sino también como entregó esa vida al teatro; desde que empezó con su monólogo Antes del desayuno de Eugenio O Neill, cuando aún no existía el Teatro Rubén Darío, en la sala de Teatro de Bellas Artes.

Supo sobreponerse a los fracasos como en el montaje de Antígona de Jean Anouhil, escenificada en 1968, que por la falta de acústica no se escuchó bien en el Teatro González, uno de los mejores en ese entonces. Pero también del éxito cuando escenificó Judas de Enrique Fernández Morales en 1978, presentación a la que asistió Pedro Joaquín Chamorro y escribiese después un editorial en la Prensa relacionando la obra con la realidad del país.

LOS ACTORES

Con lo que siempre comulgó fue con la dignidad del actor, en una país donde el trabajo actoral valía muy poco, aunque contaba con excelentes actores radiales que también trabajaban en el teatro como Blanca Amador, una de las grandes fundadoras de Comedia Nacional. Así lo demostró cuando participó en la Semana Cultural Nicaragüense, celebrada en 1971, en la Universidad Nacional y en homenaje a Rubén Darío; con el tema “Profesionalización del teatro en Nicaragua”. Y que hizo un lema permanente en “luchar por la cultura teatral y por la subsistencia del actor nacional”.

LO QUE MIRA EL ARTISTA

Un día de tantos que llegué a su casa, por cierto muy modesta, para una personalidad como la suya; miré sobre la mesa central de la sala un montón de hojas y ramas secas y espontáneamente le dije: “Doña Socorro aquí hay un montón de basura. Ella salió muy seria con un florero en las manos y comenzó a colocar las ramas secas en él, recuerdo que me dijo: “El verdadero artista mira arte donde otros solo miran basura”. Entonces yo sin saber que hacer vi una jarra hermosísima, llena de agua y nadando dentro de ella numerosos pétalos de distintos estilos y colores, entonces le dije, que lindos están sus pétalos dentro del agua; no niño —me dijo ella— mirá con tus ojos de artistas, no son pétalos son peces”. Entonces me dije, mejor ni sigo hablando…

Recuerdo que un día me dijo: “Quiero que me escribas un monólogo, pero la obra ha de ser alegre, porque vos solo escribís cosas trágicas y tristes; para comenzar la única escenografía ha de ser un carro viejo o un taxi sin rudas en el escenario. Te imaginas cuantas acciones dramáticas podrás vos escribir desde ese carro”. Y soltó al aire un manojo sonoro de carcajadas.

Pero su mayor obra es haber fundado Comedia Nacional de Nicaragua, que fue su vida, su orgullo y su pasión por el teatro y que este año cumple 50 años de vida teatral. Generaciones de actores pasaron por sus manos, no solo fue una escuela, sino se convirtió en uno de los pilares indiscutible de movimiento teatral nicaragüense.

En la actualidad sus alumnos siguen sus pasos como Mayra Bonilla promoviendo el teatro en la UNAN-Managua, Aníbal Almanza con su Fiesta del Teatro en la UNICA, Erasmo Alizaga como director de la Escuela Nacional de Teatro. Pero sobre todo Salvador Espinoza, que es hoy por hoy uno de los grandes promotores del teatro nicaragüense. Y yo que me cuelo haciendo teatro desde el escenario del Teatro Municipal José de la Cruz Mena en León.

El día que me di cuenta de su muerte, sentí un vacío extraño, en una rara mezcla de dolor y desengaño, entonces apague las luces de mi casa y le encendí un vela y doble mis rodillas y ore por ella, más tarde le dediqué un poema.

EN LOS ESCENARIOS

Pero ese concepto del arte que tenía en su casa también un día lo descubrí en sus montajes, doña Socorro no utilizaba las tres paredes clásicas que marcaban una casa como elemento escenográfico, como ejemplo recuerdo la obra La tercera palabra de Alejandro Casona; donde utilizó unos árboles secos; como un bosque cadavérico y la sala era tres troncos de árboles, que con el juego de luces creaba y recreaba diferentes matices, imágenes y atmósferas dramáticas. Siempre cada propuesta era una inspiración, una búsqueda de la calidad; para mí unas de las escenografías más hermosas fue la del Jardín de los cerezos de Chejov.

CÁTEDRA RUBÉN DARÍO

Socorro Bonilla Castellón sigue viva en aquellos que siguen su obra y nutren a las nuevas generaciones por la pasión del teatro, sin olvidar su amor por la vida y obra de Rubén Darío; fue ella quien instaló la cátedra Rubén Darío en la universidad del Valle y fue también que en 1995, que en el Centenario de la Marcha Triunfal orquestó un coro de cien voces que declamaron el poema en la Catedral de León.

Creo que todos lo teatristas debemos de proponer al Instituto Nicaragüense de Cultura y al Teatro Nacional Rubén Darío, para que le crean un monumento a Socorro Bonilla Castellón, en un lugar privilegiado del teatro y que la Asamblea Nacional promulgue la Orden Socorro Bonilla Castellón para los actores, directores, autores y grupos que se destaquen en el arte dramático.

“Vivo el teatro que es la vida y la vida que es el teatro, una forma íntima de acercarse más a la pureza del arte, por eso no dejaré de
estar en la escena”.
Socorro Bonilla Castellón, ACTRIZ

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Cultura Socorro Bonilla Castellón archivo

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COMENTARIOS

  1. Denis Rolando Alvarez Pineda
    Hace 11 años

    Que gran reportaje para alguien que pienso nunca tuvo el reconocimiento que merecia. Me vienen recuerdos de 1973, cuando montamos la obra «El entierro de Juan Garcia», con el teatro experimental Ramirez Goyena, nunca olvido cuando en los ensayos me decia: «Sentilo Pineda, senti que tu amigo se esta mueriendo poco a poco». Como olvidar su elegancia, ese porte de toda una dama. Gracias por recordarnos a tan querida profesora.

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