Un compatriota, Bernardo Tercero, de 37 años, que asesinó en 1997 a un maestro de secundaria de 38 años, Robert Keith Berger, frente a su hija de tres años y de su esposa, en un asalto a una lavandería en el Condado de Harris (cuya sede es Houston, Estado de Texas), estaba previsto que enfrentaría este miércoles 26 de agosto, a las 18:00 hora local, el cumplimiento de la sentencia a la pena de muerte por inyección letal, conforme al veredicto emitido en el año 2000 por un tribunal de jurado.
Para ello, sería trasladado del corredor de la muerte en la cárcel de Polunsky, donde ha permanecido por quince años en una celda individual de 1.85 por 3 metros, a la cárcel de Huntsville, a 97 kilómetros de distancia, donde se ejecutaría la sentencia en la llamada “Unidad de las paredes”, que guarda en el centro una cama en cruz, como un quirófano bizarro de propósito mortal.
A la ejecución pueden asistir familiares y amigos de la víctima y los del victimario, que acceden a recintos distintos por puertas separadas y en momentos distintos. Una cortina viene corrida para que desde sus respectivas salas separadas puedan ver a través de grandes ventanales los momentos cruciales de la ejecución.
Diez minutos después de la inyección, que contiene en cantidades letales un coctel de tiopental sódico (un barbitúrico de acción rápida que hace perder el conocimiento), de bromuro de pancuronio (un producto que paraliza el diafragma, deteniendo la respiración) y de cloruro de potasio (que provoca un paro cardíaco), un médico certifica que los signos vitales demuestren que la ciencia química ha cumplido puntualmente su cometido fatal.
Durante el juicio, Tercero testificó que el profesor Berger fue quien le agredió: “Mientras caminaba despacio hacia mí, yo con la pistola en mi mano derecha apuntaba hacia arriba, alcé en señal de alto mi mano izquierda, le grité que se detuviera y retrocedí algunos pasos. Él aprovechó el momento, tomó la pistola con ambas manos y luchó conmigo por dos minutos, empujando la pistola contra mi cabeza. Pensé que se trataba de él o de mí, y empujé la pistola contra él”.
Cuando ocurrió el disparo, Berger cayó de bruces contra el piso, con la bala en el costado izquierdo de la nuca. Tercero, en compañía de su cómplice, Jorge Gonzáles, huyó de la escena con el dinero que le sustrajeron al dependiente del local. Con el botín tomado de la lavandería, Bernardo Tercero escapó hacia Florida. Luego, en 1998, un año después del asesinato de Berger, Bernardo Tercero, circulado por el FBI, se enfrentó a tiros con la Policía de Nicaragua en la hacienda Santa Gertrudis, tras secuestrar a un taxista y a su hijo de tres años en Chichigalpa. Los diarios de la época reportan que logró escapar en esa ocasión. Antes de su arresto final en Norteamérica, donde enfrentaría el cargo de asesinato capital, había sido deportado de Estados Unidos en nueve oportunidades.
En los Estados Unidos, especialmente en el penal de Polunsky, las condiciones de encierro en el pabellón de la muerte, para aplicarle al reo al final de quince años de espera denigrante la pena capital, es una práctica cruel e inhumana, con independencia del crimen que este haya cometido. Ya que la sociedad civilizada no se rige por criterios de venganza, sino, de justicia. Y la justicia, acompañada de la crueldad, se vuelve una injusticia criminal mayor.
En Texas, el 70 por ciento de la población es favorable a la pena de muerte. Pero, como sanción penal, no es un problema de nuestra conciencia individual. No es algo que se decida emocionalmente, ni que se deba analizar con convicciones de índole personal, o que se decida democráticamente, por mayoría de votos.
La filosofía del derecho sopesa las limitaciones objetivas de encerrar la justicia en un Código Penal, o en un manual de procedimiento legal, sobre todo, cuando se trata que el delito haga justa la supresión de la vida. Porque la justicia es un fenómeno social, no solo diacrónico, sino, también, dialéctico, contradictorio.
Para que sea justa la pena capital, debe ser socialmente necesaria, a juicio de la historia, en circunstancias extremas.
El autor es ingeniero eléctrico
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