A los obstáculos deportivos a los que se va a enfrentar el Barça se añaden las luchas fuera de los lances futbolísticos. En esta nueva temporada, el club todavía estará castigado con una moratoria para poder contratar nuevos jugadores, impuesta hace un año por la UEFA como castigo por haber violado reglas de adoptar adolescentes en sus equipos.
Todavía están pendientes los procesos judiciales por la contratación de sus altas estrellas Neymar y Messi. En un contexto dominado por escándalos de corrupción y compra de votos en la concesión de las Copas del Mundo a celebrarse en Rusia y Qatar, nada beneficia al Barça, internamente cuestionado por precisamente estar patrocinado por el reino catarí. No va a ser fácil lograr un patrocinador que subvencione la remodelación del estadio y cuyo nombre sea aceptable.
El último polémico incidente extradeportivo ha sido la doble penalización por hechos relacionados con las finales de la Champions en Berlín ante la Juventus de Turín y a la de la Copa del Rey en la propia Barcelona (elegida como terreno “neutral”) ante el Athletic de Bilbao. En la capital alemana, muchos fanáticos barcelonistas presenciaron el partido, con un comportamiento ejemplar, arropados por banderas catalanas, de la variedad llamada “estrellada”. A las cuatro barras rojas con fondo dorado tradicional añade un triángulo azul con una estrella blanca, un emblema independentista, inspirada en la de Cuba y Puerto Rico. Es el símbolo de la demanda de “soberanismo” que domina a la mitad del electorado catalán que anhela vencer en las elecciones autonómicas (“plebiscitarias”) del 27 de septiembre.
Este “gesto” no ha sido bien recibido por las autoridades de la UEFA que han considerado una violación de las oscuras reglas de aderezos permitidos a los espectadores que puedan tener un mensaje “político”, como cruces gamadas. El resultado: una multa de treinta mil euros al Barça y amenaza con clausurar una parte de las gradas en su estadio en la siguiente competición.
Las autoridades europeas parecen replicar la incomodidad de las españolas por el insólito espectáculo antes de la celebración de la final del partido de la Copa española entre el Barça y el Athletic vasco. Sus respectivas hinchadas parecen obviamente compartir su rechazo a los signos españoles oficiales y decidieron efectuar una unánime silbatina a la ejecución del himno español. Fue la primera presencia del nuevo monarca español Felipe VI.
El resultado de ese incidente fue la decisión de imponer multas superiores a un millón de euros al Barça, al Athletic, a la misma Federación Española, y a las asociaciones cívicas que coordinaron la protesta. La lógica de las autoridades españolas es que se atenta contra los sentimientos de los ciudadanos, se ataca a los símbolos de la soberanía nacional, y que se puede incitar a la violencia entre los participantes.
La “pitada” al himno nacional tuvo ya dos precedentes notables. Uno sucedió precisamente en otra final de la Copa celebrada en Valencia en el 2009 con los mismos contendientes. Ante la demanda interpuesta, el Ministerio Fiscal opinó entonces que la acción de protesta estaba amparada por la libertad de expresión. Las autoridades estatales, ya escarmentadas, habían amenazado con la clausura del estadio si el incidente se repetía.
El Barça recoge en su historial semejante resolución cuando el 15 de junio de 1925 celebró un encuentro amistoso. Se invitó a la orquesta de un buque británico fondeado en el puerto, el cual interpretó la marcha real, que fue sonoramente silbada por los espectadores, quienes en contraste permanecieron en silencio respetuoso ante la ejecución del himno británico ( God Save the King ). Al día siguiente, la dictadura de Primo de Rivera, representada por el capitán general de Catalunya, Milans del Bosch clausuró el estadio de Les Corts por seis meses y obligó al fundador y presidente del Barça Joan Gamper a exiliarse. El castigo dañó la economía del Barcelona. Gamper a su regreso tuvo problemas financieros y acabó suicidándose.
Este doble incidente de imposición de multas se va a mezclar con el proceso de las elecciones políticas y contribuirá a enrarecer todavía más el ambiente. Los partidos que respaldan el proceso independentista y numerosos medios de comunicación consideran que es un castigo de dudosa aplicación, sujeto a procesos de apelación que se sostendrán en la libertad de expresión y el hecho de que ambos encuentros se celebraron fuera de la disciplina del club. Pocos de los espectadores italianos tenían conciencia de la simbología de la bandera independentista, que en ningún momento provocó incidentes, tal como se expresaba en el informe de la propia UEFA acerca del encuentro.
Con respecto al contexto puramente español, catalán y vasco, se puede aducir una evidente muestra de mal gusto y falta de modales. Pero la culpabilidad debe recaer en la evidencia de un fracaso de la construcción de una identidad nacional elusiva, basada en símbolos con una larga historia de origen y manipulación por diversas fuerzas detentoras del poder.
El autor es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
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