Y en el principio creó Dios los cielos y la Tierra —dice el Libro de Génesis de las sagradas Escrituras— y la creó incorruptible e incontaminada para morada del hombre poniéndola bajo sus pies de acuerdo con el orden divino.
Esta Tierra, la Abbyala de los pueblos primitivos o la Gaia mitológica de los antiguos griegos por designio divino llegó a ser la “Morada Nuestra”, la madre generosamente pródiga, merecedora de respeto y veneración.
La Tierra tercer planeta en orden de distancia al Sol y quinto en tamaño entre los que forman el orden solar cuya atmósfera está compuesta principalmente de nitrógeno, oxígeno, vapor de agua y otros gases, es con su pródiga naturaleza desde su creación o inicios de la civilización el estrado, sagrado lugar donde el hombre pintó paletas en el lomo de la roca, animales y símbolos para expresar sus indefensiones tanto como las ilusiones que alimentaba desde lo más recóndito de su corazón.
Plasmada de tal modo desde sus orígenes ella giró siguiendo su órbita elíptica alrededor del Sol sin que sus moradores lo imaginaran, hasta que Plotomeo de Alejandría en el siglo II A.C y Vasco de Gama el explorador, en los siglos XV y XVI de la era actual no las describieron dándonos a conocer el valor y la importancia que ella representaba para la vida y para que el hombre afianzara la necesidad de entender que había de protegerla ante la depredación y el mal uso de sus recursos.
En los albores de la prehistoria el hombre fue cazador, un predador que mataba los animales para alimentarse, luego al transformarse en sedentario se hizo agricultor cultivando y obteniendo beneficios mediante el uso racional de la superficie terrestre, sin embargo este a medida que penetraba en el desarrollo cultural fue perdiendo lo consciente sobre el buen manejo que debía hacer del recurso cuidándolo y preservándolo. Él, con el actuar de diferentes formas, entre otras, las prácticas impropias técnicas agrícolas, el uso de una pesada maquinaria arrasando con la fertilidad del suelo y causando la erosión eólica, la aplicación de agroquímicos, fertilizantes y hormonas contaminando las aguas así como las reservas hídricas del subsuelo, luego la contaminación del aire provocada con el uso de combustibles fósiles, la concentración de gases cada día mayor en las ciudades y zonas industriales que afectan la vida y la salud de todos los seres vivos trayendo consigo el deterioro del ecosistema
Si señaláramos todos las causas contaminantes que llenan la tierra no encontraríamos espacios para ubicarlas; la tierra está profundamente dañada, los recursos como los minerales, se tratan como si fueran infinitos o se pudieran renovar fácilmente, se olvida que estos no son ingresos para gastar sino un capital acumulado desde hace millones de años antes de la evolución del hombre, que un día se agotarán y la tierra se quedará huérfana de ellos.
La ocasión cuando se dedica un día para promover el cuido de sus propiedades y naturaleza es propicia para meditar en su rápido deterioro siendo la causa definitivamente no solo la agricultura, la minería, la explotación de los bosques ni las carreteras mal diseñadas o caminos de penetración furtivos, sino también las prácticas nocivas ejecutadas por la ciega ambición de poder de dominio del hombre sobre el hombre, sino también el uso de armas nucleares, químicas y bilógicas y tantos experimentos que se realizan usando los beneficios de la nueva tecnología y de los que ofrece el planeta.
Si se pudieran, crear medios sostenibles para la preservación saludable de la Tierra tanto como lo expresa la “Carta de la Tierra”; si se pudiera detener la violencia humana y ambiental, si los hombres que pueden hacerlo dominaran los demonios de la oscuridad que llevan en la mente y practicaran una especie de sutil sentimiento sobre lo que significa para la vida del futuro el deponer nocivas actitudes y pensar por un momento en lo divino y sagrado que representa la Tierra para todos. Todo sería diferente.
¡Oh Dios, Señor nuestro!, ¡cuán grande es tu nombre en toda la Tierra!
El autor es historiador.
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