LA PRENSA/ ROBERTO FONSECA

“Cátcher” en el centeno

La frase que abre la novela David Copperfield de Charles Dickens, “Si he de ser el héroe de mi propia vida o si ha de ocupar ese puesto otra persona”, viene a la mente con la lectura de Memorial de los 60 (2015), de Jorge Eduardo Arellano (Granada, 1943), que cubre sus experiencias en la década de 1960.

La frase que abre la novela David Copperfield de Charles Dickens, “Si he de ser el héroe de mi propia vida o si ha de ocupar ese puesto otra persona”, viene a la mente con la lectura de Memorial de los 60 (2015), de Jorge Eduardo Arellano (Granada, 1943), que cubre sus experiencias en la década de 1960.

Todos los acontecimientos son presentados, naturalmente, desde el punto de vista de su autor, pero más que como protagonista de su propia existencia Jorge Eduardo se nos presenta como testigo-observador del mundo político-cultural que giró a su alrededor en aquellos turbulentos años.

Con despliegue de humildad poco usual entre nuestros escritores, JEA cede constantemente el centro del escenario a nicaragüenses y extranjeros destacados, por lo que el libro, de cierta manera, es un complemento a su Héroes sin fusil , colección de semblanzas de 140 nicaragüenses notables (algunos con semblanzas en ambas publicaciones: Juan Aburto, Pablo Antonio Cuadra, Carlos A. Bravo o Rafael Carrillo, el temido profesor de Matemáticas del mítico Instituto Nacional Miguel Ramírez Goyena).

UN PADRE PARA TODA OCASIÓN

La figura más destacada del libro es el padre del autor, Felipe María Arellano Downing, abogado, católico fervoroso y el padre que todos hubiésemos querido tener.

Debido al trabajo del doctor Felipe Arellano como juez, Jorge pasó largas temporadas en diferentes regiones de Nicaragua, todas las cuales ocupan lugares importantes en “Memorial”: Rivas, Boaco, Puerto Cabezas…

Entre los nicaragüense “esbozados” por el autor con cierta profundidad, figuran: el padre Álvaro Argüello; Casimiro Sotelo (muerto en un enfrentamiento con la GN en el barrio Monseñor Lezcano); Julián Corrales, oriundo de El Jicaral, “el más claro expositor de gramática normativa que conocí en mi vida”; Carlos Sánchez Arias, ilustrador; el maestro José Salomón Pérez Palma (quien se suicidó en Miami ahogándose en el mar, después de haber sido encarcelado por el gobierno sandinista por haber desempeñado un cargo menor durante el somozato).

José Jirón Terán (“dariólatra”); Joaquín Zavala Urtecho, fundador-director de la Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano; Marco Antonio Cardenal, gerente de la Librería Cardenal; y Luciano Cuadra Vega, descubridor y traductor de Nicaragua, sus gente y paisajes, de Ephraim George Squier.

De interés son la perspectiva nada tradicional del comandante Tomás Borge Martínez (y su “hermoso mamotreto autobiográfico”: La paciente impaciencia) y el encuentro de JEA y Mario Cajina Vega con el poeta octogenario Rafael Montiel (oriundo de Masaya), quien vivía pobremente en una finca del municipio de Santa Teresa, departamento de Carazo.

POESÍA Y BEISBOL

Dentro del mundo poético de su generación, JEA detiene su mirada en el grupo de poetas jóvenes granadinos “los bandoleros” (así bautizados por el doctor Fernando Silva, durante una de las tertulias dominicales mañaneras en la Casa-Museo de Enrique Fernández Morales), formado por JEA, Francisco de Asís Fernández, Raúl Javier García y otros.

Las excentricidades de Beltrán Morales (“siempre afectado por el éxito ajeno”); el liderazgo de Roberto Cuadra y Edwin Yllescas en la Generación Traicionada (Managua); el Grupo M, fundado por Ciro Molina (1943-2002) y Félix Javier Navarrete (1943-1983), de extracción menos pequeño burguesa que los traicionados; la autoinmolación del poeta-guerrillero Leonel Rugama; y el talento poético excepcional del trágico Julio Cabrales Venerio.

Menos espacio dedica JEA a ciertos lugares míticos de la Managua preterremoto, quizá por haber sido demasiado transitados en recientes publicaciones, como la cafetería La India o la discoteca La Tortuga Morada, fundada y administrada por el diriambino Roberto Rappaccioli (autor del desconocido poema a su bisabuelastro, nada menos que Rubén Darío).

Animan la lectura los capítulos dedicados por el autor a su pasión por el beisbol (fue apodado “Mandril Punto Rojo” por la posición en cuclillas que mantenía como cátcher), algo que como artista-intelectual lo humaniza y enriquece. Y si bien Jorge no es un zoon politikon, forman partes de sus recuerdos algunos acontecimientos políticos que merecieron su apoyo a través de enérgicos pronunciamientos, como las huelgas en la Universidad Centroamericana y la toma de la catedral por miembros del beligerante movimiento estudiantil de la época.

UN FINAL DE SINFONÍA

En Jorge Eduardo viven tres personalidades: el poeta, el investigador y el hombre privado. El poeta ha sido oscurecido un poco por el investigador, debido a su olímpica labor en este campo.

Tras relatar sus mucho viajes como embajador cultural no oficial de Nicaragua y rescatar del olvido varios documentos importantes que transcribe literalmente, Jorge cierra su libro con un final de sinfonía, digno de Adiós a las armas, de Hemingway: La muerte de su madre, Nelly Sandino Vargas de Arellano, y sus cuatro hermanas menores: Matilde, Lucía, Yolandita y Verónica, en el terremoto de la madrugada del 23 de diciembre de 1972, que destruyó la ciudad de Managua.

En un relato que corta la respiración, Jorge Eduardo nos cuenta lo que le pasó al darse cuenta del terremoto estando con su esposa Consuelo en Madrid. Al llegar al Consulado de Nicaragua, Jorge se detuvo ante una pizarra en la que estaban anotadas las víctimas reportadas hasta ese momento. La lista incluía a su padre y cuatro de sus hermanos. Instintivamente —y sin tener ningún conocimiento de lo que había ocurrido con su familia— Jorge borró los nombres apuntados y los reemplazó con los de su madre y sus cuatro hermanas solteras.

PREGUNTAS A MANERA DE EPÍLOGO

Cuando Jorge llevó a su padre a la Curia de Madrid, antes de un viaje a Roma donde tuvieron audiencia con el santo padre Juan Pablo II, el vicario madrileño le preguntó a don Felipe: “¿Es usted sacerdote?” “No —contestó don Felipe—, pero me gustaría serlo”.

En 1967, Jorge había viajado a México a recibir un premio internacional por La fuente prodigiosa. El oficial de Migración, al leer su segundo apellido le preguntó: “¿Es usted familiar del general Sandino?” “No —contestó Jorge— pero me habría gustado serlo”. Así va el mundo.

Boletin Cultura Charles Dickens Jorge Eduardo Arellano archivo

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