“Lo dejamos solo”, fueron las palabras que el recién nombrado papa Juan Pablo II pronunciara tras conocer del asesinato de monseñor Óscar Arnulfo Romero, en marzo de 1980, a inicios de la Guerra Civil de El Salvador (1980-1992). 35 años después la Iglesia Católica lo ha elevado a beato, reconociendo así su legado a como mártir, como un hombre que dio su vida desde el mensaje del evangelio en pro de la paz y en contra de las injusticias y desigualdades humanas cometidas en su país. No obstante, e independientemente de las actitudes y decisiones del Vaticano sobre sus estructuras y jerarquías, dicha santificación viene a consolidar aún más el hecho de que su muerte y su legado representan un símbolo viviente en pro de la reconciliación entre fuerzas contrarias de esa nación centroamericana. Pero también de Latinoamérica en general.
Al igual que la muerte de tantas otras vidas en su país, la de él aún continúa sin esclarecerse del todo, habiendo sido dictada la única sentencia en un juzgado de Estados Unidos en 2004 sobre su crimen, de lesa humanidad, como se tipifican los casos de asesinatos sistemáticos o generalizados, lo cual es así pues a él se le reconoce como el vocero de los sin voz, de esa inmensa mayoría de salvadoreños indefensos y desamparados hijos de la gran cruenta guerra civil latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.
En el caso de El Salvador, —el otro caso sonado es el del poeta Roque Dalton—, a quien la religión de la poesía ya lo ha elevado a la categoría del mito más grande de entre los hombres de lira y lucha en pro de causas justas. Aunque a diferencia de Romero, este fue víctima de sus propios compañeros de armas y de las contradicciones de los frentes guerrilleros de la izquierda, Roque también es un santo.
El escritor y analista social de ese país, Federico Hernández, dijo recientemente que lo que impulsó al hoy beato Romero a hacer lo que hizo, a decir lo que dijo, y a aceptar la muerte de la forma en que le llegó, “fue su especialísima manera de personificar a Jesús en medio de nosotros ”, lo cual tiene sentido si, repasando su pasado, sus temores, angustias, valentías, así como sus complejidades, fue un hombre que apostó su vida con un desborde de solidaridad y denuncia desde el púlpito, contra la violencia y a favor del diálogo.
Será, por otra parte, sensato esperar que el catolicismo de los nuevos tiempos inmerso en toda esta dinámica alrededor de la beatificación de Romero, ayude a reformular el pensamiento, la crítica y la autocrítica del Vaticano, sobre cuyo accionar histórico, a la par del rol humanitario y sensible de muchas agrupaciones católicas, misioneras, movimientos cristianos y actitudes individuales, emprendedoras y empáticas de sacerdotes, juventudes creyentes y desprendidas por la opción de apoyar a los pobres y demás representantes de la Iglesia, —lo cual negarlo sería irreprochable—, merece siempre revaloraciones y disculpas.
Algunas de estas las han hecho ya algunos antecesores del actual papa Francisco, como Juan XXIII, (entre otros), a quien se le conoce también como el Pontífice de los Derechos Humanos y otras por los ya mencionados. Y es que, a la luz de la historia, resultan vergonzosos ante la dignidad humana, algunos comportamientos del papado a través de su historia. Desde la Inquisición, por ejemplo, o la poca interferencia en contra de la esclavitud o la trata de negros, hasta llegar a la actualidad con los desmanes pedófilos, los lujos de muchos obispos y cardenales en contraste con los curas de pueblo y otros escándalos.
A Romero, pobrecitos quienes lo mataron. Al igual que muchos mártires, que se vuelven incendiarios y guías de muchos procesos sociales con sus sangres derramadas, no llegaron a darse cuenta que atravesándole una bala en su corazón, lo que estaban haciendo era entronizar para la historia, al más grande personaje que proviniendo de la guerra, lograría seguir sentando al día de hoy las bases para una auténtica reconciliación en El Salvador.
El autor es escritor y periodista. Preside la Fundación Esquipulas y el Festival Internacional Centroamericano de Poesía.
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