Estudiosos de la vida, del origen de la Nación o Estado, estiman muy preciso comprender —para distinguir las pretensiones de los legisladores interesados en la comunión de ideales en que el matrimonio política y cultura reflejen lo prominente y lo serio de los programas— reglamentos y estudios que comienzan con el arte de la política y la belleza de la ciencia que manufactura los cuadros y las fórmulas para los sentidos, en la ternura de las artesanías.
Ahí el orfebre y el pintor desmenuzan slo que sus sentimientos tienen como norte de exquisitez de la belleza que va en la música, en la poesía; y lo delicado que se escribe para menores que resulta un embeleso del recordatorio infantil.
El Estado tiene compromisos graves que debe respaldarlos, cumplirlos y acuerparlos, para facilitar al ciudadano común vivir el deleite de lo honesto y atractivo de lo bello que podemos ver y leer de los poetas que saben componer con mucha armonía el verdor de las montañas, el cantar de los jilgueros y los amores propios de la familia en completa libertad de acción, sin programas ni el fomento de intereses creados que conviertan al ciudadano en un dócil instrumento que los gobernantes que andan muy lejos de la política del respeto y de la pedagogía que respalda la enseñanza de las artes con mucho dominio.
Duele decirlo y sé porque lo escribo, que nuestra querida Nicaragua vive pedagogos problemas políticos, como es que a estas alturas siga compartimentada su soberanía; que la pobreza es visible en las calles; que los militares obedecen sin vacilación las bajezas de las órdenes superiores de las fuerzas armadas, cuando ordene y cuando quiere.
Tienen los docentes, los estudiantes y todos los que amamos a Nicaragua, la oportunidad de reclamar e insistir que merece ocupar como supuestamente una nación libre, soberana e independiente, el mismo lugar que tienen en las Naciones Unidas otros estados.
Pero aquí sabemos, lo saben el Cenidh y la Comisión Permanente de Derechos Humanos, así como los organismos regionales e internacionales, las violaciones constantes que se cometen contra nuestros Derechos Humanos; y las burlas de los señores que conforman los otros organismos estatales, entre ellos el Consejo Supremo Electoral.
Recomiendo como colaborador de LA PRENSA y en base a mi pasado como docente por más de 17 años, una revisión formal de nuestros programas de cultura y de los planes que se estudien para la campaña electoral próxima, que debe a toda costa presentar a una Nicaragua devota y ansiosa de la cultura de mucha honra y prestigio.
Invito a los escritores amigos a contribuir al rescate de textos que se publicaron hace más de cincuenta años y tuvieron poca difusión; pero los cuales tienen referencias notables, exquisitas, admirables y con muchos vínculos con nuestra historia actual. Por ejemplo, tenemos que lograr una nueva edición de La enfermedad de Centroamérica, por don Rafael Mendieta; Los caballos conquistaron el valle, por don Ariel Luna Brenes, compañero mío de estudios de primaria y publicada su obra con poca difusión en el estilo periodista.
Luego, sacar del olvido para otras ediciones Mi canto a Mateo Álvarez, por Salomón de la Selva; y la poesía del padre Pallais, escrita y hecha a la medida de la belleza de Corinto.
Además vale la pena una copia de La literatura americana, de Juan Felipe Toruño, y aquí termino con los griegos: “copien de nosotros lo bueno y lo bueno de nosotros está en la democracia y en las bellas artes”.
El autor es Miembro de la Academia de Juristas y Ciencias Políticas de Nicaragua.