No tuvo Rubén Darío una instrucción regular. De la escuelita de primeras letras con la señorita Jacoba Tellería, pasa a la escuela pública con el maestro Felipe Ibarra, joven culto y un poco poeta. Así mal que bien aprueba una primaria. Luego con los jesuitas, más que estudios ordenados lee, bajo la dirección de estos, aprende rudimentos de griego y de latín (raíces, posiblemente) y oye música clásica a la que los sabios miembros de la Compañía de Jesús, eran y siguen siendo devotos escuchas.
El mismo Darío alienta la leyenda en su autobiografía, que a los tres años ya sabía leer. También narra la historia de sus primeras lecturas de libros encontrados en un viejo armario en la casona de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento y del coronel Ramírez, su esposo y tío político de Rubén, a quienes de niño consideraba sus padres.
Estos libros fueron Un Quijote , las obras de Moratín, la Biblia, Las mil y una noches , Los Oficios de Cicerón , La Corina de Madame Stael, un tomo de Comedias clásicas españolas y una novela terrorífica, de ya no recuerdo qué autor, La Caverna de Stzozzi. Extraña mezcolanza de cosas para la cabeza de un niño”. Este cóctel de lecturas, como lo reconoce el mismo Darío fueron suficiente material didáctico para iniciar una desordenada formación del espíritu, mente y fantasía, del genio en ciernes, poseedor también de una extraordinaria memoria, como lo demuestran posteriormente citas de obras, las que no serían copias textuales sino recuerdos por los ligeros cambios que se notan al revisar las obras originales.
Darío fue un verdadero devorador de libros. Ya adolescente en Managua, pasa dos años en la recién creada Biblioteca Nacional entre los cinco mil volúmenes que por encargo del gobierno conservador de Nicaragua había comprado en Europa donde Emilio Castelar. Brillante origen de nuestra Biblioteca Nacional.
Sin lecturas dirigidas por maestros o familiares, Rubén Darío llega a poseer una vastísima cultura, algo de las ciencias de aquel tiempo, mucho de arte, literatura principalmente, antigua y moderna. Conoció todas las teogonías, religiones, filosofías, en fin, la totalidad de la cultura de su época, sin escuela ni métodos, no solo en cuestiones literarias esa rara quintaesencia que notara don Juan Valera cuando en su carta, comentando Azul dice: Usted no es decadente, ni simbolista, ni parnasiano, usted lo ha resuelto todo en el alambique de su cerebro y ha sacado de ello una rara quintaesencia (cito de memoria).
Son frecuentes, casi permanentes en Darío, las alusiones a la mitología griega, los cisnes, el cisne como reencarnación de Zeus el dios de dioses, Apolo y Pan, los Centauros y todas las diosas del Olimpo, con esa propiedad que solo se alcanza cuando se es dueño de un conocimiento habitual y profundo.
Rubén Darío no obstante su confeso liberalismo, fue la vida entera un convencido hispanista. Sintió el encanto de Francia y lo francés. Los simbolistas influyeron notablemente su poesía. Poseía Darío ese poder de asimilación y transformación que solo los genios alcanzan. Cuando escribe Los Raros no conocía Francia ni sabía francés; pero ya su esposa era de su tierra y su amante de París.
Sin embargo la gran pasión intelectual de Darío fue Cervantes total; el de todas las novelas ejemplares, pero sobre todas don Quijote.
En su gran admiración por don Juan Montalvo a sus tempranos 17 años ya en 1884 le hace decir: “¿Cómo no has de acercarte hasta la cumbre, si Cervantes te lleva de la mano?
De esta admiración de Darío por Cervantes, verdadera constante, se ocupan muchos biógrafos y críticos de Darío, entre otros el español Antonio Oliver ( Este otro Rubén Darío ) los nicaragüenses profesor Edelberto Torres en su obra estupenda La Dramática vida de Rubén Darío . Jorge Eduardo Arellano en un folleto de apenas cien páginas, un estudio verdaderamente exhaustivo del cervantismo de Darío en poesía y prosa Páginas Cervantinas , Rubén Darío, Don Quijote no debe ni puede morir . Recuerda Arellano el triste episodio de la desesperación de los escritores españoles del 98, cuando España vencida y humillada por los Estados Unidos, perdido Puerto Rico, las Filipinas y Cuba, últimos remanentes de su imperio, donde Miguel de Unamuno exclama “Muera don Quijote” en la revista madrileña Vida Nueva del 26 de julio de 1898. La réplica de Darío no se deja esperar. En La Nación de Buenos Aires del 2 de febrero 1899, escribe: Don Quijote no puede ni debe morir: Es un concepto a mi entender injusto, en sus avatares cambia de aspecto pero es el que trae la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo. Un tiempo se llamó el Cid y aun muerto ganó batallas. Otro Cristóbal Colón y su Dulcinea fue la América.
Que defensa apasionada la de un ser imaginario, eterno por irreal, que representa la gloria, la hidalguería y el genio de la España del siglo de Oro. (Estoy glosando el pensamiento de Jorge Eduardo, que plenamente comparto).
¿Cuántos y cuáles libros pasaron y repasaron por los ojos de Darío? No lo sabemos. No lo sabremos jamás. Fueron miles sin duda alguna, analizados y asimilados por aquel cerebro genial que fue también precursor del realismo mágico hispanoamericano con su Cuento DQ casi desconocido, del que valdría el trabajo de difundirlo y analizarlo.
De Cervantes se ocupó Darío toda su vida desde su primera lectura del Quijote con todo el entusiasmo juvenil hasta las brumas de su edad madura “Horas de pesadumbre y de tristeza —paso en mi soledad— pero Cervantes —es buen amigo. Endulza mis instantes— ásperos y reposa mi cabeza ” Y sus Letanías de nuestro señor Don Quijote escritas para el homenaje a Cervantes en el III Aniversario (1905) de la primera publicación del Quijote, poema incluido en Cantos de vida y esperanza , el último libro cimero de Darío, con Azul y Prosas Profanas, trilogía consagrada por su valor inmenso.
De quienes no leen, líbranos Señor.
La autora es maestra.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A