La desmesurada expectación por “la pelea del siglo” entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao, ha generado un increíble lapso de la razón. Al despuntar el siglo XXI, cómo puede afirmarse que en los próximos 85 años no habrá otra mejor. A cien años de distancia, nadie recuerda a Jack Johnson, en 1915 era muy famoso, fue el primer campeón mundial de raza negra de los pesos completos.
¿Cómo un evento de dudosa calidad deportiva generó la enajenación total? El MGM vendió los boletos en un parpadeo. A tres días del encuentro, el valor de un asiento en primera fila cuesta 360,000 dólares. Cien dólares vale el PPV y cuando se anunció que cobrarían diez dólares solo por presenciar el pesaje, diez mil entradas se vendieron en un suspiro. En Las Vegas ya no quedan cuartos disponibles. Hasta los hoteles más baratos están agotados, aún cuando el precio por habitación se triplicó.
El mundo debe estar muerto de tedio o con el encefalograma plano, para gastarse “mil millones de dólares” en una pelea, cuyos protagonistas están en el ocaso de sus carreras. El combate entre Mayweather y Pacquiao tampoco valía realmente ni la mitad de su impúdico precio actual cinco años atrás, cuando ambos púgiles estaban en el apogeo de sus facultades.
Sin menosprecio de sus extraordinarias cualidades boxísticas, sus brillantes carreras y el increíble ascenso de ambos, desde la pobreza hasta la cúspide mundial. Ver la inagotable agresividad felina del filipino, contra los reflejos de Cobra Real del fantasma norteamericano, no es para tanto. Es precipitado también comparar la pelea, antes que suceda, sin evaluar el performance de ambos, con la mayor trilogía épica de la historia del boxeo: Ali-Frazier.
Las leyendas se enfrentaron por primera vez en 1971. La guerra de Vietnam y la objeción de conciencia de Alí brindaron un contexto histórico único. Sin redes sociales, el evento fue pionero de la trasmisión satelital. Llegó a trescientos millones de personas en cincuenta países y 12 idiomas. El boleto más caro costó 150 dólares (unos ochocientos dólares actuales). Frank Sinatra fotografió para la revista Life. Pero más allá del glamour y del fascinante entorno del MSG en Nueva York, el boxeo era entonces puro. Albergaba atletas con excelencia y vergüenza deportiva. No cabían prima donas.
El encuentro final fue en Manila. Bajo el auspicio del dictador Ferdinand Marcos y la atmosfera cultural-comercial creada por Don King. Documentales de la época dan fe del drama de aquella batalla. Ambos titanes se acercaron al borde de la muerte. Llevaron sus fuerzas al límite, por el heroísmo deportivo. Epopeyas como esa le dieron gloria al deporte. Esta clase de boxeo terminó en los ochenta, con nombres como Sugar “Ray” Leonard, Alexis Argüello y Aaron Pryor entre otros.
No hay vacunas contra las locuras colectivas. Según Compubox, Mayweather conecta un promedio de 249 golpes por pelea. Si la bolsa del peleador que se autoproclama “el mejor de todos los tiempos”, llega como se estima a los 180 millones de dólares. La feligresía del boxeo estaría pagando al estadounidense 722,891 dólares por golpe. ¿Hasta dónde hemos llegado?
Mayweather puede ser un magnífico boxeador, pero es horrendamente pomposo. Ya no se autocompara con Narciso sino con Zeus. Saldrá por ahí a comprarse otro Lamborghini, otra mansión. Quizás para sentirse lejos del gueto. Intentando en vano destruir el pasado humilde de un hombre, que alentado por la demencia general, se creyó más grande que el deporte.
El autor es psicólogo