La “publicidad poética” es publicidad con sensibilidad que entra a formar parte de nuestros recuerdos de manera entrañable, sin causar rechazo y dejando un buen sabor. Piezas publicitarias que hacen pensar, sentir, vivir, que están más cerca de una galería de arte que de un centro comercial y que elevan el producto a un nivel superior. Piezas memorables que cualquier creativo o cliente estaría orgulloso de firmar.
La publicidad adopta recursos propios de la expresión poética, al diseñar un eslogan o redactar un argumento. Esta utilización no se hace por afán literario, sino para dar a sus mensajes eficacia y capacidad de penetración en la mente del público. La poética es una función del lenguaje humano que se ejerce cuando cuidamos especialmente la elaboración del mensaje, utilizando para ello los elementos del código poético o estético, que es una variante del código lingüístico general.
El lenguaje de la publicidad utiliza procedimientos del código poético. Pero no por ello sus mensajes construyen poemas. Su función no es la de crear belleza, sino la de divulgar, mostrar reveladoramente los productos o servicios para su comercialización. Sin embargo, esta práctica revela hasta qué punto las personas pueden ser movilizadas por los sentimientos y la sensibilidad, propios de la poesía.
En el plano publicitario, le llamo reterritorialización a la reconstrucción de un espacio desgajado en un proceso de lanzamiento mal logrado, es decir, la recuperación aplicada de disecciones redactivas para una mejor difusión de ideas sobre la naturaleza humana en contextos socioculturales, redefiniendo impactos comunicativos. Es la poética popular sintetizadora de conceptos básicos y elementales cuidadores del mensaje con una estética subordinada a códigos lingüísticos básicos, logrando así beneficios e inversiones positivas. Las empresas visionarias constantemente están “recapturando” mercados cautivos y nuevos a través de los procesos de las relaciones sociales con reinterpretaciones inspiradas en el imaginario local, con una acentuada sensibilidad cotidiana y atiborrada de una gran capacidad expresiva con formas concretas en su construcción funcional, provocando producción, por ende, capital.
Hacer que la mente haga y no sea, es la intención de la publicidad, a través de una psicología funcional atando los procesos de cambio social, modernizando el progreso en todos los espacios de vida entre las diferentes condiciones aunando al mejoramiento del placer. Esto a través de un discurso establecido con una estructuración utilitaria, manifestada con una fuerza capaz de múltiples representaciones. El discurso publicitario se institucionaliza con una técnica y organización bajo un régimen articulado, generador de mundos espléndidos, con nuevas formas inmediáticas y tecnológicas sociales consolidando capitales y mercados con perfiles expansivos.
La reterritorialización poética de la publicidad logra reorientar los hábitos y costumbres cotidianos, la apropiación de bienes materiales y simbólicos, la especialización temporal de la mercancía, gestar un ducto apropiado y agradable del pensamiento e impulso motor; las ideas, estilos y emociones, son utilitarios, entendidos para crear un accionar. No es solo transmitir, también es expresar, así logra una impresión a un público masa consumidor focalizado dentro de un mercado cultural económico y psicológico con una perspectiva dogmática despertando accionares claros y precisos.
La publicidad tiene una singular subjetividad con una perspectiva legitimidadora provocada por el mercadeo, por todo el aparataje empresarial ahora global y consumista contemporáneo amparado bajo una estética psicológica y narrativa. Su discurso hegemónico reorientado de la experiencia semiótica de los individuos, construcción de nuevas formas de signos. Se inserta en todas las clases sociales con formas discursivas empleando la tecnocracia de la sensualidad.
El autor es diseñador Creativo.
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