Es esta una época en que los hogares soportan el fuego cruzado de concepciones modernas y sufren los efectos corrosivos del libertinaje, los divorcios, el materialismo y la delincuencia infanto-juvenil. De ahí considero que la familia debe ser un trampolín para el éxito y no un tobogán o deslizadero hacia el fracaso. Deben sentarse a analizar en vivo sus problemas y buscar soluciones y no encontrar culpables.
Considero que todo desequilibrio emocional, moral, espiritual y social se origina en el hogar, que poco a poco se va extendiendo hasta reflejarse en la escuela, en las calles, en lugares públicos, etc.
Hoy por hoy, aunque hablamos de igualdad de género, debe prevalecer la autoridad que confiera el derecho de guiar o conducir, pero no el de dominar, dictar u oprimir. El despotismo destruye siempre cualquier clase de amor, incluyendo el de esposos, esposas y aun el de los hijos hacia los padres. Estos deben ganarse el respeto de sus hijos por medio de una equilibrada combinación de cariño, comprensión y justicia firme.
Muchas mujeres admiten que su pareja o esposo sea determinante, siempre y cuando sea necesario, pero no quieren gritos, imposiciones ni amenazas hacia los hijos. Todos estos acontecimientos respecto a la debilitada educación de los hijos está generando violencia y desorden en el hogar, centro de estudio y la sociedad. La tendencia modernista de la nueva generación está cayendo en el libertinaje, donde los padres de familia deberían tratar con mucho tacto de reducirla a una sana libertad al criarlos en disciplina y frenar la muy marcada permisibilidad existente en todos los centros de estudio, respecto a desobediencias, indisciplinas y falta de respeto hacia los maestros.
Por lo general, la juventud es sublimemente idealista, por eso cuando descubren mentiras, engaños o traiciones de sus padres, a estos jóvenes les produce dolorosas desilusiones que pueden ocasionar verdaderos traumas psicológicos. En los más introvertidos suele producirse o acentuarse la inseguridad, cuya manifestación, es a menudo la melancolía; en los extrovertidos puede provocar explosiones abiertas de irrespetuosa rebelión. Las necesidades morales y espirituales de los hijos deben ser satisfechas en el hogar, es ahí donde se forma el triángulo de la vida de cada ser, el cuerpo, la mente y el alma, porque la buena formación no proviene de la herencia ni del “por si acaso”, pues está probado que uno se forma en gran medida, de acuerdo con la educación y la influencia del ambiente.
Nadie y nada más que la familia (padre y madre) son los que determinan, a través de su atención en todos sus aspectos, cómo educar a un hijo para que estos no sean un parásito de la sociedad, habrá organismos, gobiernos protectores por medio de leyes que proporcionan el conocimiento y las oportunidades para que niños y adolescentes, carentes de todo a lo que tiene derecho un ser humano, reciban y sean hombres o mujeres con futuro, pero ¿los progenitores de muchos de estos niños? Pocos serán los que aprovechen, dependerá del hogar y la poca o mucha enseñanza que haya recibido de sus padres.
La familia no es solamente una agencia para la conservación de la especie, además de ser un hogar es también la primera escuela para instruir, discernir entre lo bueno y lo malo, en la cual los padres deberían desarrollar en sus hijos desde la infancia, la disciplina, respeto, autoconfianza, seguridad, autoestima, que les permitirá no ser personas de fácil manipulación, sin una definida personalidad, indecisos, carentes de afecto y de amor propio. Se debe cultivar en el hijo el concepto de su propio ser. Si todo esto fuese posible se reduciría en gran medida la delincuencia, la drogadicción, la prostitución y toda práctica que origine cárcel, muertes y sufrimiento a seres humanos.
La autora es psicóloga clínica.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A