Alrededor del fogón se concentra la vida en la casa de Ofilia del Carmen Martínez. Hacia las 11:00 de la mañana es quizá la única en el barrio Acahualinca que está echando tortillas en el fuego para los comensales de mediodía que no tardan en llegar por su bastimento. En las tortillerías vecinas la faena ya acabó. Carla Patricia, otra vendedora, recién apagó su fogón, solo le quedan unas cuantas tortillas de las que se hicieron a primera hora del día.En una tortillería que se respete, la vida comienza por la madrugada. Las mujeres se levantan a las 2:00, 3:00 de la mañana para nisquezar el maíz, luego se lleva el molino y una vez con la masa sigue un juego de niñas, se hacen decenas de pelotas que luego se palmean encima de un plástico hasta darle la forma redonda, luego se echa en la plancha caliente donde se va dorando. Hay que darle vueltas varias veces para que se dore pareja. Lentamente, el calor la va soplando. Es momento de sacarla y apilarla en el rollo de tortillas que se colocan a un lado del fogón.

Donde Ofilia el arte de palmear se lo deja a Yamilet Rueda, una mujer de 40 años, que se pasea por varias tortillerías haciendo lo mismo: palmeando. La buscan porque su palmeo es suave y certero. Entre risas, Ofilia recuerda a una que llegaba a palmearle y casi le reventaba la mesa a golpes. Ofilia, quien pronto ajustará los 60 años, se encarga de echarlas al fuego y voltearlas.
COCINA CON MENOS HUMO
Hace unos siete años, mucho antes de que enviudara, Ofilia pudo cambiar de cocina. Antes, dice ella, tenía un fogón que echaba humo por todos lados y le hacía daño. Su marido —quien falleció hace menos de dos años— le financió esta nueva cocina de leña, que es más hermética y que conduce el humo a través de una chimenea angosta que se eleva hasta el techo del bajareque donde trabajan las mujeres.
Yamilet, mamá de siete y abuela de cinco, dice que pronto espera poner su propio puesto de tortillas en otro sector del barrio. Ella espera trabajar con cocina de gas. Su actual compañero, quien trabaja como fiscal en la Alcaldía, le ha prometido ayudarla con la cocina.
“Pero siempre voy a venir a apoyarla”, dice sin dejar de palmear las tortillas y refiriéndose a Ofilia, quien prácticamente vive sola desde que falleció el hijo que la acompañaba, en noviembre pasado. Ofilia la mira de soslayo y se sonríe. Ella, por lo general, comienza la tarea de las tortillas entre las 5:00 y 6:00 de la mañana. La primera tanda, de treinta tortillas, las despacha para un comedor. El resto lo vende al menudeo.

LA PRENSA/ A. MORALES
CLIENTELA DE MEDIODÍA
Hacia las 9:00 de la mañana se ha acabado todo. Vuelve a encender el fuego a eso de las 10:30 y 11:00 a.m. Los clientes caen de manera desgranada. “Me da tres tortillas”, dice una niña de unos 8 años que llega en chinelas y recién bañada.
Cada tortilla vale dos córdobas. El alto costo del maíz y la mano de obra trepó el precio. Hace unos años costaba “cinco reales” (cincuenta centavos de córdoba), recuerda Ofilia.
El frente de la casa de Ofilia la componen dos láminas de zinc con sarro enterradas verticalmente en la tierra. Sobre una de ellas hay un letrero con tréboles en el que se lee borrosamente: “Hay Tortillas, frijoles y cuajadas”.
En el interior de la casa hay un par de perros y un gato echado en una silla de plástico azul, donde se suelen sentar los comensales para esperar las tortillas calientes. Ofilia aclara que el perro esquelético que está en la entrada no es suyo, pero llega y ella le tira pedazos de tortilla. Su perro está adentro amarrado, debajo de la sombra. Dice que es algo bravo, por eso lo amarra. A un par de pasos de la mesa donde palmean las tortillas, al interior de la casa-cuarto, hay un televisor encendido que transmite telenovelas en las que nadie repara.
“Lo que más me gusta son las noticias”, dice Ofilia.
“Dice mi tía que si le hace diez de a peso”, interrumpe una adolescente, alta y morena que acaba de entrar a la tortillería. La niña se dirige a Yamilet, quien da media vuelta, agarra la masa y como si se tratara de plastilina hace bolas más pequeñas y separa para palmear las diez que le acaban de pedir.
Ofilia a un lado sigue volteando las nuevas tortillas.
“Buenas”, dice al poco tiempo un niño muy pequeño y sonriente que acaba de entrar a la tortillería. Se llama Israel, tiene 3 años, viene con su abuela por cinco tortillas.
Las mujeres lo saludan y él, coqueto, les sonríe.
Tanto a Ofilia como a Yamilet les gusta esta interacción con mujeres y niños del vecindario. La venta de tortillas recién hechas atrae la vida del vecindario.

LA PRENSA/ A. MORALES
Antes de vender tortillas, Ofilia se dedicaba a vender y planchar ajeno. Nunca quiso trabajar como empleada doméstica para evitarse problemas con las propietarias de las casas. Yamilet cuenta que ha intentado trabajar así, pero ha tenido malas experiencias con las mujeres que las contratan por culpa de los maridos que han intentado acosarla. “Por eso nunca me gustó trabajar así”, comenta Ofilia mientras escucha las anécdotas de su colaboradora.
Hace veinte años a Ofilia, originaria de El Viejo, Chinandega, se le ocurrió vender tortillas. “Yo no sabía hacerlas”, confiesa, pero dice que tampoco le costó aprender. Cuando ella comenzó a vender casi nadie vendía en el barrio. Ahora hay varias tortillerías, pero todas tienen sus clientes. Ofilia dice que diario hace tortillas con treinta libras de maíz. No tiene idea cuántas serán, pero se puede ganar alrededor de cuatrocientos córdobas. Con ese ingreso se mantiene esta mujer. Aparte recibe una pensión de mil córdobas por viudez.
Dentro de poco se va a operar de la matriz. Durante su convalecencia Yamilet se ha comprometido a apoyarla. “Yo voy a estar viniendo”, dice Yamilet sin dejar de palmear mientras Ofilia la mira de reojo y se sonríe, y vuelve a concentrarse en voltear las tortillas que más tardan en apilarse que en irse. A mediodía, la venta vuela.
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