Durará en tiempo la importancia —desestimada en algunos sectores— de la Séptima Cumbre de las Américas. Concuerda en decisiones cardinales con el futuro de América Latina, aunque el propósito aún más histórico nació en aquel 17 de diciembre del 2014 en que por primera vez Obama anunció la rehabilitación amistosa. El mayor brillo lo tuvo Barack, quien clasifica no por la singularidad de ser el primer presidente de color en el pedestal segregacionista de Estados Unidos sino por haber sido el diseñador oral engendrado por su propia iniciativa de algo que marca “un antes y después” en el transcurso de más de medio siglo. Acaso tenga ese límite su gestión de primer ejecutivo presidencial que como suele ocurrir en el universo inagotable de los “pros y de los contras” contraen saldos negativos y positivos porque tampoco su efigie humana está tallada en la plenitud del oro. Pero en lo que específicamente se refiere a la apertura con Cuba, la búsqueda de “algo nuevo” le produjo favorables efectos. Situarse en la mesa con el grato humor de un florero en el centro al lado de Raúl Castro produjo la reciedumbre de una nueva era a la que bien se le pudiera señalar de ser creadora de época no solamente para la especificada “perla de las antillas” sino para toda la región implícita en el acuerdo aunque sea con la levedad de un suspiro, con mayor razón si se quiere tomar responsabilidades de ver el asunto como algo que directamente se nos concierne como habitantes de América Latina.
La decisión expeditiva de Obama al margen de las posiciones del Congreso de Estados Unidos toca el pulso, la presión baja o alta de cada uno de nosotros porque estamos dentro del hemisferio aunque algunos escépticos no compartan esta realidad.
Como un acierto comparto el pronunciamiento editorial del Diario LA PRENSA del lunes 13 de abril que titula con racional equilibrio: Cuba, victoria y derrota. Las dos partes tuvieron lo suyo tanto en cometer errores como en la responsabilidad de enmendarlos aunque la reflexión haya tocado tardíamente las puertas que debieron abrirse con anterioridad quizá en el momento en que el presidente JF Kennedy se disponía a entablar un diálogo con Cuba el día en que coincidentemente fuera asesinado según confirmación del propio Raúl Castro. Expresa el editorial “paradójicamente esta victoria es también es una derrota política de la dictadura castrista”. El tirano en vigencia porque el otro está postrado por la enfermedad y el profundo lapso, se agachó ante la estatura de su interlocutor —gesto que no le restó dignidad— al decirle que era “un hombre honesto”, al pedirle perdón porque el suyo era un caso excepcional de inocencia en relación a la conducta mortífera de sus antecesores.
Las dos partes, pues, incurrieron en graves traspiés, los Castro por esclavizar al pueblo cubano, por condenarlo a las peores limitaciones, al holocausto de un destino que correspondió ser mejor, debiendo nacer bajo el pórtico de la felicidad merecido por toda criatura. Si ellos tiranizaron al pueblo, los gobiernos de Estados Unidos remacharon esa ingratitud al imponer un bloqueo, el cual no perjudicó a los agraciados de palacio en Cuba, sino a la población enferma de ser sometida a tanto sacrificio.
Loable sería que el empeño no durmiera para siempre en la alcoba de los archivos.
El autor es periodista.