No ha habido una peor época para los Yanquis que los años ochenta. Para un equipo, que mide su éxito o fracaso con la obtención de la Serie Mundial, pasar un ayuno que se extendió a 16 años sin título, fue como cruzar el desierto sin Moisés y sin maná.
Entre 1979 y 1995 no hubo títulos en el Bronx. Fue una etapa más conocida por los enfrentamientos entre George Streinbrenner y Billy Martin o Dave Winfield. Fue también la extensión de la carrera de Don Mattingly, quien no ganó campeonatos.
Claro, también ha habido etapas de celebraciones. Y las ha habido prolongadas. Tres cetros en los años veinte, cinco en los treinta, seis en los cincuenta, dos en los sesenta, dos en los setenta, tres en los noventa y dos en la década del 2000.
¿Qué viene ahora? Quizá una fase difícil. Algunos jugadores envejecieron, otros se lesionan a menudo y ciertos jóvenes no alcanzan la madurez deseada. El año pasado, fue duro. Los abridores se lastimaron. Y aún así, quedaron fuera por cinco juegos.
Este año, el estreno no ha sido bueno. Masahiro Tanaka se vino a pique tras dos ceros y ha abierto el debate sobre la conveniencia o no de operarse el codo. Pero además, la ofensiva fue enfriada, la defensa titubeó y hasta la táctica mostró desajustes.
Menos mal que esto no es cómo se inicia, sino cómo se termina. En un calendario de 162 partidos hay mucha tela que cortar. Y estoy entre quienes creen que si los Yanquis tienen salud, van a ser capaces de pelear, en una división sin trabucos.
Es demasiado temprano para entrar en pánico, pero nunca es demasiado pronto para hacer ajustes, sobre todo después del descolorido debut ayer en Nueva York.
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