El precio de la energía eléctrica no es un precio como cualquier otro. Se trata del precio de un insumo fundamental, el cual afecta toda la cadena de costos y precios de la economía, la competitividad internacional de sus diversos sectores y ramas, las posibilidades de modernizarlas y, por supuesto, el poder adquisitivo general de la población.
Por esta razón el tema de las tarifas es tan importante y por ello despertó tanto interés la semana pasada. Pero además, el debate público que logró establecerse alrededor del tema de la reducción de las tarifas de la energía tuvo como mérito el poner de manifiesto, con bastante claridad, las graves deficiencias que subyacen en la estructura misma del sistema eléctrico del país.
Existe un elemento que pone de relieve, en toda su magnitud, las serias debilidades de nuestro sistema eléctrico. En los distintos informes estadísticos sobre el sector eléctrico regional puede apreciarse que las tarifas promedio en Honduras son mucho menores —en casi un treinta por ciento— que las de Nicaragua. De hecho, las tarifas promedio de Honduras son, con mucho, las más bajas de toda la región y las de Nicaragua las más elevadas.
La razón por la cual cabe comparar el nivel de las tarifas eléctricas de Nicaragua con las de Honduras en particular, estriba en que se trata de los dos países centroamericanos con la mayor similitud estructural; ambos países se disputan actualmente la posición de segundo país más pobre del continente americano, después de Haití.
Además, ambos países comparten importantes similitudes básicas en las características de su sector eléctrico: exhiben los mayores porcentajes de capacidad instalada de generación con base en combustibles fósiles (ambos con 56 por ciento contra un promedio de 38 por ciento en los demás países de Centro América), aunque Nicaragua genera más energía con base en los renovables que Honduras (cincuenta por ciento contra 41 por ciento de Honduras).
Estos dos países también los niveles más elevados de pérdidas de energía en la distribución: Nicaragua con un 22.8 por ciento y Honduras con 31 por ciento, mientras en el resto de países del área el porcentaje está entre 12 por ciento y 15 por ciento.
Antes de que me recuerde que el petróleo de Nicaragua pasa por el Canal de Panamá, sugiero revisar el porcentaje que el flete y seguro agregan al precio FOB del combustible importado en Nicaragua, y verá por qué ello no hace gran diferencia. La pregunta que surge, inevitablemente, es por qué las tarifas promedio de Honduras son mucho más reducidas que las de Nicaragua. La razón no puede estar en los precios internacionales del petróleo. Ambos países se ven afectados por ellos de una manera relativamente similar (en todo caso, Honduras más que Nicaragua).
Esto nos dice que las tarifas en Nicaragua son excesivamente altas, en relación con las de Honduras, por razones diferentes al precio de los hidrocarburos importados, sobre todo teniendo en cuenta que Nicaragua muestra mayor porcentaje de energía eléctrica generada mediante renovables, y menores pérdidas en la distribución.
Estos hechos estarían indicando que los factores fundamentales que explican por qué en Nicaragua las tarifas de la energía son tan altas están encarnadas en los propios mecanismos establecidos, en nuestro país, a través de los cuales se han determinado los precios para las operaciones de generación (en términos de energía y la potencia) y de distribución, y en el porcentaje de las pérdidas que se traslada a las tarifas.
De manera que, si en realidad se desea que el costo de la energía se convierta en un factor que contribuya, de manera decisiva, a la transformación estructural de la economía, a la modernización del aparato productivo, a la competitividad internacional, y a aliviar la pesada carga que actualmente representa sobre las espaldas de los diferentes sectores económicos y sociales, debe efectuarse una revisión seria, y a fondo, de dichos factores.
*Economista
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