¿Actuó Pilatos como demócrata al condenar a Jesús? Si repasamos esta Semana Santa el famoso proceso, veremos que Pilatos estaba sometido a la presión de una muchedumbre que pedía su condena. Al mismo tiempo descubriremos que estaba absolutamente convencido de la inocencia de Jesús. Atormentado por esta contradicción, entre su conciencia y la voluntad popular, el procurador romano, tras advertir que no encontraba culpa alguna en el reo, intentó salvarlo: lo mandó a azotar, para apaciguar a sus acusadores, y cuando esto falló les dio a escoger entre un criminal y Jesús. La masa votó por aclamación a favor de Barrabás. Pilatos entonces, respetuoso de la voluntad soberana, no impuso su propio criterio —aunque tenía el poder de hacerlo— sino que se plegó a lo que exigía la mayoría. ¿Meritorio o criticable?
Si se considera a la democracia como un sistema de gobierno cuya esencia es el poder de la mayoría, Pilatos cumplió con el imperativo democrático. Pero si se le considera como un sistema que tienen como objeto central proteger los derechos del hombre, Pilatos faltó al imperativo de no condenar al inocente.
Contrario a lo que muchos creen, este último aspecto no es algo añadido a la democracia, sino que es la esencia de su versión moderna —la ateniense no lo tenía—. Su expresión más cabal la encontramos en la declaración de independencia de los Estados Unidos. Su punto de partida es “que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”. Quiere decir que todos los hombres, sin excepción, tienen derechos que les han sido otorgados por Dios, no por ningún consenso humano. Por tanto son irrenunciables; nadie, ningún gobierno o entidad alguna, puede negarlos. Con este reconocimiento de una esfera sagrada al derecho individual se traza a su vez un límite al poder político.
Por si lo anterior fuera poco, la declaración añade algo más tremendo cuando dice “que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos que derivan sus poderes del consentimiento de los gobernados”. Es decir que los gobiernos, aunque deriven su legitimidad del consentimiento general, no existen para asegurar la voluntad omnímoda de la mayoría, sino precisamente para garantizar el respeto a los derechos básicos del hombre. Si no cumplen este objetivo básico la población tiene derecho a sustituirlos.
Ironía: Pilatos condenó bajo presión popular al inspirador de la democracia moderna. No hace falta escarbar para ver que la declaración de independencia americana refleja la concepción cristiana del hombre. Aunque ni Cristo ni su iglesia propusieron un modelo político concreto —no es su papel— sus enseñanzas y testimonio cambiaron radicalmente y para siempre la forma de ver al hombre. Al exaltar con sus abrazos y amor a ricos y pobres, justos y pecadores; publicanos y prostitutas, judíos y extranjeros, amos y esclavos, y al terminar dando su vida por ellos, Cristo reveló que para Dios todos los hombres, por igual, poseen una dignidad infinita.
Legó así una visión del hombre, o una antropología que penetró gradualmente la conciencia del hombre occidental contribuyendo en forma decisiva a terminar la esclavitud, gestar la democracia, y hasta animar el movimiento de los derechos civiles del siglo XX. Aquí se revela además que la estrategia de cambio cristiana no es a través de la espada o el asalto al poder, como proponen el marxismo y el islam —sino a través del cambio libre de las conciencias—. Cristo rehusó el poder que da la espada y no derramó más sangre que la suya, pero su eficacia histórica no tiene paralelo alguno. El autor es Sociólogo y fue ministro de Educación.
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