El 19 de julio de 1979, la insurrección popular marcó un reverso total en la historia de Nicaragua.
Se produjo la más generosa de las revoluciones, siendo un pilar ejemplar a seguir para todos los pueblos latinoamericanos luchando contra la tiranía y dictaduras.
Nicaragua se convirtió en un pueblo radiante de esperanza, humanos con un fulgor de optimismo fascinante que fue motivo de admiración por cientos de intelectuales y políticos internacionales.
Lemas como “vencimos en la insurrección, venceremos en la alfabetización”, dejaron un legado admirable formando un espíritu colectivo mirífico en los nicaragüenses luchando con la ceguera mental e ignorancia que englobaba gran parte de la población.
Era la pura representación de una Nicaragua más igualitaria y participativa, era “otra Nicaragua” como dijo el escritor José Coronel Urtecho.
La revolución —como dice Sergio Ramírez en Adiós muchachos — fue lo más puro por su deseo de justicia.
Nicaragua, con el papel del FSLN, fue sinónimo de campañas de alfabetismo, reforma agraria, renacimiento cultural y solidaridad internacional.
La derrota electoral asumida por Daniel Ortega el 26 de febrero de 1990 hizo del FSLN el partido de oposición más predominante en el escenario político durante 16 años.
Sin embargo, su regreso a la presidencia de Nicaragua fue algo fortuito.
Dejando atrás el espíritu revolucionario que caracterizó el FSLN, este movimiento vino mudando gradualmente. A lo largo de estos últimos años se han venido realizando reformas y el partido ha venido desideologizándose.
Primeramente, las reformas constitucionales. ¿Qué más pruebas de retroceso democrático son aquellas, en las que se establecen una reelección presidencial indefinida, donde se promueve la perpetuidad de los funcionarios públicos —como el presidente del Consejo Supremo Electoral que está en funciones desde hace veinte años— y donde las cúpulas de los principales órganos estatales prevalecen por simples “decretos presidenciales”, convirtiéndolos en subordinados de la presidencia?
Asimismo, el FSLN se descontextualiza —con lo ejemplar de Sandino— en la justicia social desde la perspectiva rural. La infame fuerza militar que reprime la libertad de los campesinos por oponerse a la expropiación de sus tierras. Un aberrante privilegio que se le otorga a HKND vía el Marco de Concesión que establece la Ley 840, dejando incierto el futuro de los productores.
En todo esto, ¿cuál podría ser el sector más favorecido con la política sandinista?
¿El sector obrero? En Chichigalpa, el sinnúmero de casos con Insuficiencia Renal Crónica (IRC) ha dejado como resultado una módica esperanza de vida de 47 años.
La atención del Gobierno contra las extenuantes condiciones laborales de los cañeros es inexistente.
¿En dónde está el misérrimo “Vivir Bonito’” que promueven las instituciones públicas?
Un vivo ejemplo de un Gobierno autodenominado solidario actuando mediante el silencio y la indolencia.
¿Es entonces el sector empresarial?
Para responder esto cito a Eduardo Galeano: “ ( ) como suele ocurrir, algunos dirigentes pecaron contra la esperanza, pegando una voltereta asombrosa contra sus propios dichos y sus obras” refiriéndose a sandinistas que por años lucharon heroicamente para construir una Nicaragua “sin palco” económico, y hoy, ellos son miembros de la élite concentradora y excluyente que marca esta división entre los nicaragüenses.
¿Es esta la metamorfosis kafkiana de un FSLN hacia un insecto parasitario en la política nicaragüense?
¿Es esta la transición de un partido que luchó por la libertad, igualdad y justicia de los ciudadanos nicaragüenses, hacia un movimiento político atenuado en fundamentos e ideales?
Nicaragua necesita de un nuevo horizonte. Ese horizonte solamente puede definirse a partir de convicciones sociales y de un pensamiento político que respondan las necesidades sectoriales más elementales y empobrecidas de nuestro país.
El autor es estudiante de Ciencia Política y Economía en la Universidad Lumiére Lyon II.
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