Es muy posible y cierto que la reelección ha funcionado en algunos países, no muchos, coadyuvando al restablecimiento de la democracia, de las libertades públicas, del ordenamiento legal y del desarrollo económico social. Como también es posible y cierto que la reelección más que como método ha sido usada como una metonimia en la medida que haya servido para enmascarar lo que es la práctica de un inveterado continuismo ilegal. Caso concreto, el de Nicaragua.
La reelección en nuestro país ha sido el modus vivendis para el crecimiento y consolidación de las dictaduras dominantes que de una u otra forma llegan a ascender al poder y lo usan para sus ruines propósitos, en detrimento de los derechos y oportunidades de la mayoría poblacional y hasta de sectores que le son subordinados y no gozan de mucha confianza.
En la época de somozato, Tacho viejo no duda en reelegirse y lo consigue. Su hijo Luis, también fue presidente. Tacho hijo siguió en el apetecido cargo, junto con “papa Chepe” que le cuida las espaldas, y goza del apoyo militar que le da su hijo, el Chigüín, jefe de la criminal EEBI. Así el clan Somoza convierte la nación en un largo y oprobioso reinado.
En el caso actual, el presidente inconstitucional que tenemos no solamente usa su peso político en los obedientes poderes del Estado, como son la Asamblea, la Corte Suprema, el Consejo Supremo Electoral, para modificar a su gusto y antojo la Constitución de la República, la Ley Electoral, y cuanto instrumento jurídico le inhibiera alzarse una vez más con el preciado cetro, que le garantiza al clan Ortega el poder absoluto en mejores términos que cualquier monarquía constitucional.
Así las cosas, se arma en el país una pachanga de reelecciones, como si fuésemos émulos de los Trujillo, de los Papa Doc, y otros grandes conculcadores de la legalidad y del orden metódico. Y además, usando los poderes del Estado como propios, la sagrada figura del binomio que encabeza el clan Ortega se lanza vía reelección a asegurarse el mando completo y total del Ejército y de la Policía reeligiendo a sus jefes que sin pena ni mucho menos gloria, aceptan sumisos y llenos de agradecimiento el discutido cargo que se los dan por gracias del clan Ortega.
Ahora pareciera que es un hábito del danielismo el reelegirse y que se reelijan también sus fieles inconstitucionales de la política, de la administración pública, del Ejército y de la Policía, resultando en estos dos últimos casos un procedimiento escandaloso, ya que pone en completo estado de duda la imparcialidad, la disciplina, la sujeción al orden institucional que debe privar en los jefes de tan delicada e importantes áreas del engranaje estatal.
Ante semejante práctica se pierde la posibilidad de ascender en el escalafón establecido en los instrumentos reguladores de cada institución, se pierde la credibilidad institucional, se pierde la confianza en los jefes que nos resguardan la seguridad humana, la disciplina se quiebra ante la colaboración ciega y el respeto a las instituciones y a sus dirigentes se hace añicos
¡Qué desgracia de método para esta pobre Nicaragua!
El autor es abogado, directivo del PUCA.
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