“¡El agua! agua agua! a chelín, a chelín el cántaro!”, solía gritar “Bocho” montado en la pipa jalada por una yunta de bueyes y acompañado de “Catucho”, el “Tumbo” y otros piperos que recorrían el caserío de Juigalpa.
En su obra Asalto a la memoria, Guillermo Rothschuh Villanueva dice: “¡El agua potable había llegado a Juigalpa! en 1959. Fue la locura. Comenzaron a cerrarse los pozos que habían en cada una de las casas… con el cuento de que todos tendríamos agua potable y se eliminaron los pozos”. El único sobreviviente fue el de Calicanto.
Juigalpa enfrentó una tremenda crisis de agua. Fue hasta en febrero del 2010, en que gracias al proyecto donado por la cooperación coreana se resolvió la escasez. [/doap_box]
“Dábamos abasto para toda la gente”, asegura Sinforoso “Bocho” Balladares Maltez, de 90 años, quien dedicó gran parte de ellos a la venta de agua en la época en que se acarreaba de los ríos y se distribuía en los barrios como Punta Caliente, Palo Solo, Sisimique.
Don Sinforoso cuenta que desde chiquito su mamá lo llamaba “Bocho”, pero se ganó el mote de “Chelín” por el costo del cántaro de agua que pregonaban por las solariegas calles de su natal Juigalpa.
Los piperos son parte de la historia de Juigalpa y recordados como personajes vitales para la vida pueblerina o provinciana de aquella época en que se carecía del sistema de acueductos y alcantarillados. “Bocho” es uno de una veintena de piperos y uno de los pocos que aún sobreviven.
“¡Ahhh!, aquellos tiempos! Juigalpa antes era mejor que ahora, cien veces. Imagínese el cántaro de agua, valía un chelín, una cuajadota costaba un chelín, los frijolitos y el arroz no eran caros, eso comía y aquí estoy, el chelín valía porque aquellos gobiernos protegían la comida de los pobres”, afirma “Bocho”, tras verle a sus 90 años cargar una rama que hará leña para vender.
Los piperos vestían de pantalones parchados y camisas arremangadas, pero limpios y aunque algunos andaban descalzos, los más fachentos usaban caites elaborados con el hule de llantas, se protegían del sol con sombrero vaqueros.
“Bocho” recuerda que empezaban la jornada diaria después que rebuznaba el burro y al cantar de los gallos, a las tres de la madrugada y terminaban cuando el sol se ocultaba.
Los piperos eran pobres, pero ganaban diario más que los funcionarios intermedios de esos tiempos. “Cuando nosotros ganábamos sesenta córdobas al día, la gente apenas ganaba 2.50, no hice reales por mi cabeza, porque los gastaba en mujeres de la vida alegre y en esto”, dice mientras hace un ademán con la mano como empinándose la botella de licor.
MORIR DE SED
“Bocho” recuerda que en esa época corría agua purita, transparente por los ríos. Los dueños de pozos, que se mantenían hasta el copete de agua, los cuidaban con una caseta para que no cayera ni basura.
A juicio del pipero, “la crisis de agua que tenemos es porque andan botando los palos, si los árboles son los que dan la vida al agua, en la época mía nadie tocaba un palo, ahora las montañas las tienen echas potreros”. Tras conocer el proyecto del Canal Interoceánico, Bocho dice: “Yo le pido a Dios que no vaya ese canal porque nos morimos de sed y hambre, usted cree que el lago no siente, acaso será buñiga la que le van a jalar, todos los pueblitos van a sufrir”, advierte.
Ver en la versión impresa las páginas: 7 A