Parece que estamos en vísperas de nuevas cruzadas. Miles de cristianos iraquíes están organizándose en el Medio Oriente para resistir militarmente al Estado Islámico y retomar sus tierras. (The Catholic Herald, Feb. 4).
Hoy, como ayer, la motivación es enteramente defensiva. Donde quiera que avancen, los radicales islámicos persiguen y matan cristianos. La ejecución de 22 cristianos coptos en Egipto es la más reciente manifestación de esta realidad. Pero es solo la parte visible del témpano. Masacres de cristianos, quema de iglesias, asesinatos de pastores y religiosos, vienen ocurriendo en forma creciente en muchos países de África, Asia y, por supuesto, en el Medio Oriente.
Una alternativa ante el peligro es huir. Eso lo han hecho millones. La mitad de la población cristiana de Líbano ha emigrado y 700,000 lo han hecho de Irak. La otra alternativa es pelear, igual que ocurrió en la Edad Media, cuando los musulmanes ocuparon por la espada territorios con grandes poblaciones cristianas, como Palestina, Siria, Turquía, el norte de África y España. El papa Urbano II lanzó entonces, en el 1095, su llamado a las armas para contrarrestar la marea Islámica y rescatar Jerusalén.
Las cruzadas fueron esencialmente guerras defensivas. “No fueron el producto de papas ambiciosos o caballeros rapaces”, afirma el famoso medievalista Thomas Madden en La Verdadera Historia de las Cruzadas , “sino la repuesta a más de cuatro siglos de conquistas en que los musulmanes habían capturado dos tercios del viejo mundo cristiano. En determinado momento la Cristiandad, como fe y cultura, tenía que defenderse a sí misma o ser sometida por el Islam”.
Las cruzadas fueron también, empresas militares inspiradas en la solidaridad. El papa Inocente III, en el siglo XII, diría: “¿Cómo puede amar el hombre al prójimo, conforme el precepto divino, si no se compromete a liberar a sus hermanos que están sometidos por los pérfidos musulmanes al yugo de las peores servidumbres? ¿No saben acaso que muchos miles de cristianos están esclavizados o presos por los musulmanes, torturados con innumerables tormentos?”
El papa Francisco, ahora, en el siglo XXI, acaba de expresar que “es lícito detener al agresor injusto”. Aunque aclaró que con esas palabras no quería decir “bombardear” ni “hacer la guerra”, sino evaluar los medios que se pueden utilizar para evitar las matanzas de inocentes. El gran problema es que los terroristas islámicos no pueden ser detenidos por la diplomacia, las negociaciones, o las presiones económicas. Otra vez, como ocurrió con el Islam en la Edad Media, o con Hitler en el siglo pasado, la repuesta militar parece la única estrategia con posibilidades de éxito. Las actitudes apaciguadoras, como las del premier inglés Chamberlain, solo sirvieron para que tuviese tiempo de armarse mejor y volverlo más agresivo.
El dilema que enfrenta Occidente con esta nueva ofensiva islámica está sirviendo, entre otras cosas, para que comprendamos mejor lo que fueron las antiguas cruzadas. Los enemigos de la fe católica las han presentado como una mancha en la historia de la Iglesia; como una muestra que el cristianismo no es pacífico, o como una manifestación de las tropelías propias del fanatismo religioso.
Abusos y atropellos los hubo, como suele ocurrir en todas las guerras, aunque no tan extremos como en las modernas. Pero la verdad histórica es que si no ha sido por las cruzadas, por la batalla de Lepanto en que luchó Cervantes, y por la voluntad de la cristiandad de resistir, las huestes de Mahoma hubiesen conquistado Europa —España se libró de ellas hasta en 1492—. Y hoy no existiría la cultura occidental ni seríamos lo que somos.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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