El Señor suple las necesidades de su pueblo. Cada mañana salían de sus tiendas las familias de Israel con la confianza puesta en que Dios, una vez más, les había provisto de alimentos. El Señor hacía que lloviera alimento para que cada hijo suyo tuviera lo suficiente de acuerdo a su necesidad. Dios no solo liberó a su pueblo, sino que lo cuidó celosamente. Éxodo, capítulo 16, relata que los israelitas comían el maná que venía del cielo.
Dios, a través de sus milagros, se muestra como un Padre que cuida de sus hijos, que se ocupa y vela por ellos. Los israelitas fueron testigos del amor del Señor: primero dividió el mar para rescatarlos del yugo de Egipto, luego los alimentó y visitó milagrosamente durante los cuarenta años de su peregrinación en el desierto.
Un pueblo que ha visto en tantas ocasiones la gloria de Dios, a través de sus prodigios, ¿qué más puede esperar de Dios? En su misericordia, el Señor no solo se manifestó poderosamente a los israelitas, sino que demostró su amor al mundo entero al entregarnos a su único Hijo Jesucristo.
¿Por qué Dios no solo dio milagros al pueblo de Israel, sino que estuvo dispuesto a darnos a su Hijo? Porque el Señor vio el corazón endurecido e incrédulo de su pueblo, el cual se resistía a creerle a pesar de todos los milagros que hizo en sus vidas. Fue por eso que Jesús nos fue dado: por la dureza de nuestro corazón.
Jesús, la gloria de Dios viviendo entre nosotros, vino para que todo aquel que lo reconozca como su Redentor y su Señor, goce el paso a la vida eterna. Por eso Jesucristo es quien dijo ser: “Yo soy el Pan de Vida”, y todo aquel que lo coma nunca más tendrá hambre ni sed.
Cristo es mucho más que el maná que cayó del cielo para alimentar a los israelitas, pues el maná fue dado para satisfacer el hambre. En cambio, Jesucristo es el alimento que no perece, que viene a introducirse entre nosotros para que tomándolo, logremos satisfacer las necesidades más profundas de nuestro ser.
Jesús, al definirse como el pan que produce vida eterna, reafirma que Él es la respuesta para la angustiosa búsqueda del ser humano acerca de su origen y su destino. Pero para que ese pan tenga efecto en nuestro ser, debemos ir hacia Él y creer en Él, con una actitud de confianza y entrega.
Dios, por medio de su Espíritu Santo, provoca en nosotros fe en Jesucristo. Por su gracia todos tenemos acceso al pan de vida, pero de nosotros depende darle nuestro sí definitivo, para que al recibirlo y comerlo con fe, produzca vida eterna en nosotros: Salvación.
Alimentarnos de Jesucristo como el pan que no perece, es aceptar la fe en Jesús como Dios y hombre que viene a enseñarnos el camino a la salvación.
“El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en él”, nos dice Jesucristo en el evangelio de Juan 6:56. Creer en Él y comerlo significa tener unión con Él. Por medio de ese “morar”, Jesús nos va absorbiendo, nos va transformando cada vez más en Él.
Jesús es el alimento que nos hace partícipes de la vida eterna. Al final la muerte para el cristiano es solo un paso. Nuestra fe en Él nos garantiza que también a nosotros nos resucitará. Pues Dios ha sido bueno y siempre velará por su pueblo.
El autor es presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo.
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