“Ha muerto Rubén Darío, el de las piedras preciosas.”
Son los primeros versos del poema que la muerte de Darío arrancara al amigo más intenso, leal y sincero que nuestro Rubén tuvo: Amado Nervo, el gran poeta modernista de México. Hace 99 años el 6 de febrero de 1916 a las 10:17 de la noche murió Darío en León.
Sérbulo González (un estudiante de Medicina) rompió la cuerda del reloj Ingersoll que marcaba la hora, esa hora en la que los grandes dejan la materia para que el espíritu entre a vivir la inmortalidad.
Todos los poetas de aquel tiempo volcaron su sentir lleno de admiración, respeto y asombro ante la muerte temprana del Maestro. 49 años eran pocos para la inmensa labor que cambió la manera centenaria de hacer literatura, flexibilizando el verso y la prosa.
El cambio introducido por Darío a la rígida métrica castellana llevó no solo música a todos los viejos moldes, que no desechó sino alterando los acentos. Para el soneto creó todo un pentagrama que renueva desde el de seis sílabas hasta el alejandrino y el de 15 y 16 sílabas. La preceptiva literaria que abrumó mi adolescencia me ha servido para entender y disfrutar a Darío y a los otros grandes del Modernismo. No hay que echarla al olvido si queremos comprender la intensidad de la revolución dariana. Solo él pudo, por su genio, claro, pero mediante estudio y tesón llevar a la poesía todas las artes, arquitectura, pintura, música y todas las teogonías.
Sin embargo, no fue el torrente de comentarios, alabanzas, expresiones de pesar, reales o fingidas lo más hondo que se dijo a la muerte del poeta, lo fue el telegrama de La Nación, de Buenos Aires, que todo lo dice, con una sola palabra: Dolor.
La Nación fue patria y madre para Darío, gracias a ella pudo sobrevivir de las crónicas, geniales, que semanalmente enviaba al periódico y que este pagaba puntual y generosamente. Nicaragua no fue buena con su poeta.
Hubo una alma en espera siempre, amorosa y callada que mitigó los dolores de Rubén, el hombre; cálido nido donde solo halló amor: Francisca Sánchez, la campesina española de Navalsauz “Lazarillo de Dios en mi sendero”, como dijo el propio Rubén.
Cuando muerto el poeta, luego de una absurda autopsia, Luis Debayle y Andrés Murillo se disputan el cerebro de Darío, el que hasta cae al suelo y va a parar a la policía. Ya pasados dos días el periódico La Vanguardia de Barcelona (9 de febrero 1916) trae la siguiente noticia: “En los círculos literarios ha causado penosa impresión la noticia recibida de Buenos Aires, anunciándose el fallecimiento del insigne poeta Rubén Darío”. El jueves, el mismo periódico en la página 11 dice: “Se encuentra en Madrid la esposa de Rubén Darío, acompañada de un hijo de ocho años”.
La noticia de la muerte de su esposo la supo por la prensa; luego que recibió un telegrama del presidente de la República de Nicaragua, concebido en los siguientes términos: “Dolorosa pena muerte Rubén Darío. Comuníquelo esposa”.
Es curioso que el presidente de Nicaragua anulara con un telegrama el matrimonio de Rubén con Rosario Murillo y casara post-mortem a Rubén y Francisca, porque, naturalmente esta era la “viuda” del telegrama y Güicho el hijo de ocho años aludido (Este otro Rubén Darío “de Antonio Oliver Belmás” pgs., 131.132).
Francisca Sánchez al conocer la noticia del fallecimiento del amado —no dice si fue su mujer, o fue su compañera—, solo expresa, entre lágrimas: “Durante 17 años acaricié su frente” ¡Que magnífica lección de ética para los buitres que se disputaban los despojos del más grande poeta de la hispanidad!
Consecuente con la grandeza de Darío, Antonio Machado, abrocha el responso poético que dedicara a su muerte con este tratamiento olímpico: “Nadie la lira taña sino es el mismo Apolo / Nadie la flauta sople sino es el mismo Pan”. La autora es profesora.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A