Nicaragua, Nica Axc, Daniel Ortega
Julio Icaza Gallard

Democracia y fundamentalismo

Lo que plantea el fundamentalismo, expresado en las recientes acciones terroristas universalmente condenadas, no es la maldad intrínseca de las convicciones religiosas o filosóficas sino la persistencia, en un mundo globalizado, de concepciones políticas arcaicas, en las que religión y política permanecen indiferenciadas. Consecuencia directa de las guerras religiosas que desangraron a Europa; el constitucionalismo moderno consagró el principio de separación de iglesia y Estado y, de manera más amplia, el principio liberal ilustrado por el que las creencias y concepciones fuertes del mundo deben ser limitadas al ámbito de lo personal y privado. De esta manera la democracia moderna garantiza la convivencia plural de diferentes pensamientos y cosmovisiones, en un amplio marco de libertades.

La proliferación descontrolada de sectas, la falsificación radicalista de las doctrinas, la desesperación en un mundo en el que prevalece el nihilismo y el poder del más fuerte, que ignora y desprecia los valores de otras culturas, son otras tantas causas e ingredientes de ese fundamentalismo, que es hoy una de las más aborrecibles representaciones del mal.

Decir que el problema de las convicciones religiosas depende de que éstas sean buenas o malas es una petición de principio inaceptable, una tautología equivalente a afirmar que son buenas las convicciones buenas y malas las malas. Lo importante en todo caso es afirmar la necesidad y el derecho de sustentar la vida humana en un conjunto de ideas y creencias, incluido el ateísmo —que es otra forma de creencia—, capaces de proporcionarnos un sentido de totalidad y que este derecho excluye de manera tajante la posibilidad de imponer a los demás por la fuerza dichas convicciones.

Proponer, por otro lado, una educación para la duda y el escepticismo, sobre bases exclusivamente racionales, es tanto como educar para la decadencia y la parálisis. Como si pudiésemos prescindir de ese trasfondo insondable que constituyen nuestros sueños y creencias, no solo se trata de una falacia performativa que obliga a dudar, también, de lo que afirma y prescribe como remedio, sino que además coarta el derecho de aquellos que legítimamente desean una educación de fuertes convicciones.

Tan peligrosos como los religiosos son los fundamentalismos de la razón, en los que concepciones totalitarias se constituyen en cultos a nuevos dioses sanguinarios. Más reciente y sutil, el fundamentalismo de mercado hace de éste el dios supremo en cuyo altar debe sacrificarse el resto de valores, convirtiendo a la política en simple instrumento al servicio de intereses económicos, ajenos a toda moral y sentido de justicia.

Sin guillotinas ni campos de concentración, el absolutismo de mercado o “capitalismo salvaje”, genera la muerte lenta de la pobreza, el hambre, la desigualdad y la marginación social.

Expulsadas de la política, religión y filosofía, la democracia moderna ha devenido una democracia de opinión. Permitir, sin embargo, que en aras de un pluralismo y una tolerancia mal entendidos, demos igual valor a todas las opiniones, equivale a caer en un relativismo donde las ideas finalmente son desplazadas por la fuerza y los intereses. El debate de las ideas es consustancial a la democracia, en la búsqueda del bien común y el fortalecimiento de una moral pública de consenso que sustente y dé un fin humano a la acción política. La tolerancia no conlleva renunciar a defender, con la vehemencia necesaria, lo que pensamos y creemos correcto ni mucho menos renunciar a combatir todo aquello que consideremos perjudicial para la sociedad y la justicia de sus instituciones.

No debemos contentarnos con una opinión pública mediocre, mayoritariamente conformada por los compromisos y urgencias mediáticas, ni permitir la deformación u ocultación de la verdad de los hechos, a lo que pareciera tender irremediablemente el poder político. Sobre todo, no podemos guardar silencio frente a los intolerantes, los enemigos de la libertad y la democracia.

El autor es jurista.

COMENTARIOS

  1. Hace 12 años

    Es risible que solo los ricos hablan de que malo es acaparar dinero y ser avaristas, pero ellos no dan sus fortunas a nadie ni a Lucifer.

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