Imponer la bandera del partido gobernante en los actos oficiales del Estado, oficinas de Gobierno, escuelas, cuarteles militares y policiales, y obligar a todos los ciudadanos a soportarla, es una grosera e intolerable muestra de totalitarismo.
En la Alemania de Adolfo Hitler, de 1933 a 1945, la bandera del partido nazi (de colores rojo y negro con una esvástica o cruz gamada en el centro), presidía los actos oficiales y estaba presente en todos los sitios públicos y privados, por encima de la bandera alemana.
Lo mismo ocurrió en Italia, durante la dictadura de Benito Mussolini que duró de 1928 a 1943. La bandera del partido fascista italiano (negra con un fascio o manojo de varas en el centro) ondeaba ostentosamente en todas partes humillando al tricolor pabellón nacional italiano.
Pero no hay que ir tan lejos. En Nicaragua, desde julio de 1979 hasta abril de 1990 —el tiempo que duró la dictadura revolucionaria de los años ochenta— la bandera del partido sandinista (roja y negra como la bandera nazi, solo que con las letras FSLN en vez de la cruz gamada), también era obligatorio que estuviera en plazas, edificios públicos, escuelas, cuarteles, estaciones policiales, etc.
La bandera es símbolo de identidad, ya sea de un país o de un partido político y en tiempos pasados hasta de determinadas familias y personas. Pero la bandera también tiene el significado de conquista y dominación. Así ha sido desde que los antiguos romanos la inventaron para que fuera enarbolada por sus legiones y colocada en lo alto de los lugares que conquistaban a sangre y fuego.
En el siglo pasado, se convirtió en un documento gráfico histórico la foto del sargento del Ejército Rojo, Meliton Kantaria, cuando colocaba la bandera roja de la Unión Soviética en la cúpula del Reichtag, en el centro de Berlín, el 2 de mayo de 1945. Foto que fue retocada porque en la original el soldado Kantaria lucía en sus muñecas varios relojes obtenidos en el saqueo de la ciudad.
Es histórica también la fotografía de la manifestación masiva del 19 de julio de 1979, en la Plaza de la República de Managua, en la cual flameaban las banderas del FSLN que había derrocado a la dictadura somocista y conquistado Nicaragua mediante la lucha armada. Y desde esa fecha hasta el 25 de abril de 1990 que terminó el gobierno de los comandantes sandinistas, fue obligatorio que la bandera roja y negra del FSLN presidiera los actos públicos y ondeara en todas partes del territorio nacional.
Pero en la actualidad es un anacronismo que la bandera del partido gobernante sea impuesta como si fuera un símbolo nacional. Ninguna bandera de partido (que como su mismo nombre lo dice, representa solo una parte de la población), debe ser expuesta en los edificios públicos y en los actos oficiales, civiles y militares, en los cuales solo debe estar la bandera nacional. Cualquier partido político tiene derecho a desplegar su bandera, pero en sus locales, en sus manifestaciones partidistas, y no convertirla en “símbolo oficial del gobierno” como hizo el Frente Sandinista en los años ochenta y lo está haciendo ahora la nueva dictadura de Daniel Ortega.
Esto es algo flagrantemente inconstitucional, ilegal y, además, odiosamente totalitario.