«Este cuento está dedicado a un arbolito de mandarina que medía diez cm y que un día, cuando arreglaba un jardín, al sentirse amenazado, me inundó con su aroma, para decirme que existía». Alonso Restrepo Gómez, ingeniero agrónomo y escritor de libros cuya temática es la naturaleza.
Alonso Restrepo se define como un anacoreta, por su carácter solitario y por apartarse del bullicio de la capital. Pero en lugar de ser alguien contemplativo y penitente, como correspondería a un estricto anacoreta, Restrepo es alguien activo que ocupa su tiempo en dos tareas que requieren constancia y conocimiento: siembra y cuida árboles y escribe historias para niños sobre la naturaleza.
Alrededor de su casa, en el patio y jardín, hay árboles y plantas que adornan, unos dan sombra y son alimento, como el mango frondoso que está a un extremo de la casa, también hay bambúes, plátanos, cocos revueltos con papayas celeques, piñas y tomates pintones. El color lo ponen unas alborotadas veraneras fucsia que se ven desde la entrada como edecanes que salen a recibir al visitante.
En el balcón interior de la casa de dos plantas asoma una ceiba imponente que el vecindario ha decidido conservar. En unos cuantos meses, en ese mismo lugar, Restrepo espera recoger racimos de uvas de la vid que sembró hace poco.
En el centro de la sala, donde hay un par de sillas de madera, también hay plantas entretejidas con viejos troncos de madera que Restrepo ha recogido en el mar. Le gusta ir a la playa, caminar por ella. A veces va con sus hijos y sus nietas.
En los últimos meses Restrepo se ha convertido en el promotor de una idea que empieza a difundirse en las redes sociales, sobre todo en Facebook, y que aterriza en cualquier terreno o patio, donde haya alguien interesado en perpetuar la naturaleza. Se denomina Sembradores de árboles y llama la atención por las fotografías y los mensajes a favor de la naturaleza y de revertir el daño al medioambiente.
“Un árbol absorbe diariamente la contaminación generada por diez carros”, dice uno de los mensajes.
La comunidad virtual, de casi 490 seguidores, ha ido sumando a gente de distintas partes del mundo. Hay gente de varios países del continente, pero también de España, Moldavia, Suecia y Portugal.
MÁS QUE VIRTUAL
Como no se trata de un proyecto convencional, con metas y financiamiento, sino más bien de un compromiso necesario en estos tiempos, Restrepo indica que, paralelo a la comunidad virtual, hay un grupo de gente en Nicaragua que está sembrando árboles, por interés propio, y que se va sumando a la idea.
“Yo me involucré en el proyecto después de que hace un par de años hice un reportaje sobre la siembra de árboles de guarumo en El Crucero por parte de estudiantes de secundaria, un proyecto también impulsado por Alonso y el Hogar Zacarías Guerra”, señala Gabriela Selser, periodista y corresponsal de la agencia de noticias DPA.
“Pienso que si todos asumiéramos la defensa de la naturaleza como una forma de militancia cotidiana, el mundo empezaría a cambiar para bien”, agrega Selser.
Hace poco, Selser y Restrepo viajaron a Santa Lucía, Boaco, para plantar una ceiba y así rendir homenaje a un patriarca de la comunidad.
Allí sembraron una ceiba en honor a Baltazar Jarquín, un sabio, conocedor y defensor de la naturaleza, quien murió a los 89, según cuenta Restrepo.
“Era un sembrador de árboles”, declara Restrepo. La ceiba a un lado de la escuela es para que los niños no olviden quién fue Baltazar Jarquín.
Restrepo, ingeniero agrónomo quien vino a Nicaragua por primera vez a finales de los setenta, comenta que hay otros, como Juan Escobar, docente de la UCA (Universidad Centroamericana) quien también es un sembrador de árboles. Y seguramente hay muchos sembradores de árboles regados por el país, a pesar de que sobresalen los que arrancan árboles.
Según cifras del Instituto Nacional Forestal (Inafor), la deforestación en el país anda por las setenta mil hectáreas anuales.
Restrepo cree que el sistema se ha encargado de atomizar la existencia humana y en ese sentido la naturaleza ha sido sometida a los caprichos de los seres humanos como si fuéramos los dueños del planeta, por tanto, sembrar un árbol en estos tiempos, frutal o de sombra, equivale a sembrar vida. Ellos contrarrestan la erosión, protegen el agua y son refugio de animales.
El agrónomo es promotor de sembrar árboles, sobre todo en las riberas de los ríos.
“Hemos acabado con los árboles de manera irracional y esto quiere ser un chispazo en el corazón, crear un poco de conciencia entre la gente”, manifiesta Restrepo, quien cree, con una fe casi quijotesca, que asumir la lucha por la defensa de los árboles es al mismo tiempo una lucha por la vida.
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