Edmundo Jarquín

Sultán, no Presidente

Algunas de las actitudes recientes de Ortega —de nepotismo, violación de la ley, arbitrariedad— conducen a reflexionar sobre una de las variantes del autoritarismo, el sultanismo, a la cual, conscientemente o no, se empeña cada vez más en parecerse.

Fue un gran científico social alemán, del tránsito entre el siglo XIX y el siglo XX, Max Weber, uno de los fundadores de la sociología y ciencia políticas modernas, de los primeros en acuñar el término de regímenes sultanísticos para caracterizar una de las formas de ejercicio del poder autoritario y patrimonial (porque el poder se ejerce como patrimonio privado).

El régimen político sultanístico es aquel en que la voluntad de quien ejerce el poder no tiene límites ni en leyes ni en instituciones, y en que no hay ámbito de la vida social —ni individual ni colectiva, ni comercial, económica, civil, profesional, y mucho menos política— en que no se inmiscuya. De origen fundamentalmente en el mundo árabe, y extendido al mundo turco, la categoría del sultán es incluso anterior a las relativamente más modernas de monarca o rey, aunque todas ellas en sus orígenes tuvieron de alguna forma raíces religiosas.

En esencia, en el régimen sultanístico es imposible diferenciar entre los intereses privados del soberano y los intereses de la sociedad, esté ésta organizada en forma de sultanato, califato, o el caso de las viejas monarquías (para diferenciarlas de las modernas monarquías limitadas estrictamente por la constitución o las leyes).

¿Cómo, si no es sultanismo, caracterizar la ostentación de nepotismo que asombrados presenciaron los Jefes de Estado y de Gobierno en la reciente Cumbre, en Costa Rica, de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), cuando Ortega acreditó a varios miembros de su familia en la delegación oficial de Nicaragua?

¿No es acaso, sultanismo, que no se de explicación alguna para justificar por qué no baja la tarifa eléctrica, sector en el cual hay una indiscutible y creciente confusión de intereses entre los del público y los privados del gobernante?

Y lo mismo podría decirse del manejo de la cooperación venezolana, las destituciones sin explicación de personas supuestamente elegidas popularmente, las sentencias que se gestionan en la “Secretaría” del partido del sultán, y muchos casos más, incluyendo la gestión personal-familiar de un proyecto tan importante como el eventual canal interoceánico.

Recuerdo haber utilizado el concepto en artículos que escribí para caracterizar el régimen de los Somoza. Y estudios modernos, como los de Juan Linz, un destacado politólogo de la universidad de Harvard, lo ha utilizado para referirse a regímenes como el de Trujillo en Dominicana, Duvalier en Haití y Somoza en Nicaragua, entre otros.

Pero a diferencia de los Somoza, el “sultanismo” de Ortega tiene una derivación que pareciera penetrar todo el tejido social: los “sultanitos”, y son esos nicaragüenses que pasiva o activamente reproducen la cultura política sultanística. Pasivamente, cuando por conformismo, resignación o conveniencia, aceptan las reglas del juego del poder sultanístico y para todo tipo de decisión estatal buscan el atajo que conduce directamente a obtener el favor o concesión del sultán. Y de forma activa, en el caso de los nicaragüenses que se convierten en correas de trasmisión del poder sultanístico, hacia arriba, gestionando la voluntad del gobernante y su entorno inmediato, y hacia abajo, reproduciendo a diversos niveles jerárquicos o territoriales el poder del sultán, es decir, actuando como “sultanitos”, abusando, enriqueciéndose, agraviando.

Cuando el culto a la personalidad se fomenta con elementos seudoreligiosos, como es el caso de Nicaragua, los “sultanitos”, como miembros de una feligresía se multiplican, y es aquí precisamente dónde radica la perecibilidad o límite temporal del poder sultanístico: podrá, por un tiempo, haber suficiente para la voracidad del sultán, y su entorno más inmediato, pero nunca hay suficiente para satisfacer la voracidad de tantos sultanes y sultanitos. Y cuando, como en el caso de Nicaragua la economía es como cobija de pobre, que si se tapa los pies se descubre la cabeza, y al revés, más temprano que tarde la inmensa mayoría de nicaragüenses para quienes no alcanza el manto del sultán, estallarán. Es una película que ya hemos visto, y conocemos su final.

El autor es excandidato a la Vicepresidencia de la República

COMENTARIOS

  1. pablo rayo
    Hace 12 años

    Estimado sr Jarquin aunque ud compare al tirano con un sultan el esta lejos de serlo porque la definicion de sultan es equivalente a un rey arabe o Islamico . Ortega en realidad es un «satrapa» un despota osea segun la definicion de «satrapa» es una persona que abusa de su poder y autoridad para conseguir lo que quiere «sin tener en cuenta a los demas» .

  2. elhombredelamancha
    Hace 12 años

    Sultan, reyezuelo, fuehrer, duce,…senor feudal,…Dictador.
    Ortega es tan dictador como Somoza.
    Basta de definiciones!.
    Es hora de trabajar por la democracia.
    Ni los sultanes,,,ni dictadores deberian de existir en nuestro pais.

  3. DVS
    Hace 12 años

    Con esta ilustración del poder sultano y feudal de orteguita, por ley autoritaria lus primae noctis, orteguita tendrá a la chica que quiera antes de que se case con su prometido (ya orteguita lo practicó con cierta muchachita engañada de cierto parentesco). Sus secuaces seguidores seguramente tendrán la misma prerrogativa. Oh, quien podrá salvarnos? Dios (con la mano pachona y servil del cardenalito) no lo hará, así que veamos como nos salvaremos de este sultanchucho.

  4. Hace 12 años

    La oposicion es solo un 10% de la poblacion de Nicaragua entonces estas hay que trabajar mas para convencer Al pueblo que El progreso que hoy tienen no vale la Pena y mejor botar por Aleman o Montealegre para que nos hagan Republica otra vez

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