Una vez más los nicaragüenses acaparamos la atención internacional, esta vez por el comportamiento de Daniel Ortega en la reciente Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), realizada en Costa Rica. El empecinamiento en cederle su espacio al extranjero Rubén Berríos para que abogara por la independencia de Puerto Rico, le valió la reprimenda del anfitrión y presidente pro témpore de dicha cumbre, así como la de otros presidentes asistentes al cónclave.
Al acto de prepotencia de imponer a Berríos se unió otra acción jalada de los pelos. Me refiero al nombramiento del puertorriqueño como jefe de delegación, con lo cual lo habilitaba para estar presente en la recepción privada que los mandatarios suelen tener al momento de las despedidas y en las que en un ambiente informal pero químicamente puro, establecen diálogos muchas veces más fructíferos que las sendas declaraciones de clausura.
Esto obligó al presidente Luis Guillermo Solís, de Costa Rica, a cancelar dicho evento para no imponerle al resto de presidentes un elemento extraño que no tenía nada que hacer en esa reunión. De más está decir que el desprecio a la investidura de los presidentes así como a la dignidad de sus naciones no pasó desapercibida para estos, por lo que puedo asegurarles que a la vuelta de la esquina veremos las consecuencias de ese acto de soberbia.
Pero allí no termina la historia, ya de regreso en Nicaragua, Ortega nos impone al camarada puertorriqueño como asesor presidencial para asuntos internacionales, esta vez abofeteando con ese nombramiento a sus ministros y resto de asesores.
Qué tiene que ver todo esto con el síndrome de Calígula, se preguntarán algunos. La repuesta es tan simple como contundente. Calígula fue el tercer emperador de la antigua Roma a quien la historia lo presenta afectado por sus locuras y delirios. Este peculiar personaje sucedió a Tiberio, su padre adoptivo y gobernó desde el año 37 hasta el 41 d.C., habiéndose envuelto en anécdotas perversas e irracionales que determinaban un grado de locura absoluta. Aunque historiadores modernos afirman que en realidad Calígula no estaba loco y que sus acciones pudieron haber sido para ridiculizar a los senadores, a quienes despreciaba por su servilismo.
La mayor muestra de desprecio hacia esos personajes que registra la historia, fue cuando nombró senador a Incitatus, su caballo, al que hacía llegar al Senado romano y según cuentan era el primero en votar. Cuando le preguntaban si votaba favorablemente una ley, le daban una zanahoria, si la mordisqueaba era señal de un sí e inmediatamente el resto de senadores apoyaban la votación de Incitatus. Para desgracia nuestra, el síndrome de Calígula ha sido característico en muchos de nuestros gobernantes, los que han llegado a considerarse emperadores, actuando como ellos al representarse a sí mismos y no al pueblo. De este mal padecen también algunos “líderes” de la oposición, los que en realidad son solo aspirantes a reponer al “emperador” de turno.
Revisando la historia, el noble Incitatus aparece liberado de toda culpa por los excesos de Calígula, no así sus incondicionales quienes fueron corresponsables al aplaudir y consentir sus aberraciones.
Al igual que corresponsables son los serviles de nuestro emperador de hoy, quienes con su abyecta indignidad han logrado obnubilar la mente de su amo de turno.
El autor fue Comandante de la Resistencia Nicaragüense.
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