Con la reciente masacre de los periodistas franceses y con la “guerra santa” que promueven algunos fanáticos del Islam, ha resurgido el debate sobre la relación entre la religión y la violencia. Para Carlos Montaner “lo que nos mata son las verdades absolutas”. Sugiere educar para la duda y el escepticismo. Humberto Belli se opone y favorece convicciones fuertes y verdades absolutas. Para Fernando Bárcenas, ello es fanatismo religioso.
Las guerras dentro del Islam, entre chiitas y sunitas, no dejan de recordar las sangrientas guerras religiosas entre católicos y protestantes que ensangrentaron Europa en los siglos XV y XVI. Naturalmente la violencia no es exclusiva de los fanatismos religiosos. Basta recordar los millones de muertos por Stalin o Mao, quienes fueron ateos.
El tema de discusión sin embargo, no es si Stalin, Mao o Hitler —que supuestamente era creyente— asesinaron un mayor o menor número de seres humanos, que los que perecieron en las cruzadas, en las hogueras de la inquisición, en las guerras religiosas o en la evangelización de los indios en las Américas. El tema central es: el papel de las convicciones absolutas en las relaciones humanas —¿Debemos decir: vivan las convicciones fuertes— como dice Belli? O por el contrario: ¿es sano y saludable la duda ante “verdades absolutas”—sean estas religiosas o políticas—?
Innecesario decirlo, deben respetarse todas las religiones. Ello no implica rechazar la importancia que tiene la duda y el escepticismo. Cuando Galileo dudó que el Sol giraba alrededor de la Tierra y mostró lo contrario, fue condenado por la Iglesia. Cuando Darwin dudó que el mundo fue creado en seis días como dice el Génesis y demostró su teoría de la evolución, se produjo un gran avance en las ciencias. El desarrollo científico se debe a la duda, al escepticismo, al debate de las ideas y no a la creencia en verdades absolutas. Como señaló Descartes. “Para investigar la verdad es preciso dudar”, o como dijo Darwin: “Sin duda no hay progreso”.
El avance en los sistemas políticos, también es producto del rechazo a los dogmas. Cuando la ilustración francesa dudó —y rechazó— la tesis de San Pablo de que “Todo poder viene de Dios” ello contribuyó a desacralizar el poder político y a desmantelar el absolutismo monárquico. La desacralización del poder es posiblemente el más importante cambio político en la historia de la humanidad. La tragedia actual en los países del Islam, se debe en buena parte a que el poder sigue sacralizado. Suponen que el Corán contiene verdades absolutas y la fusión entre la religión y el poder político, son una de las causas de la ausencia de democracia y del fanatismo y el terrorismo que promueven algunos de esos países. Al haberse rechazado en Europa en los siglos XVII y XVIII la creencia religiosa de que “todo poder viene de Dios” y al dominar la tesis laica de que el poder emana del pueblo —junto con la tesis de la separación de poderes—, se sentaron los fundamentos de las democracias modernas.
Me es difícil creer que la Tora, la Biblia o que el Corán contengan verdades absolutas. Por ejemplo, en la Biblia —en el antiguo testamento—, aparece muchas veces la imagen de un Dios cruel, vengativo y hasta sanguinario que justifica —y hasta ordena— los genocidios perpetuados por los israelitas contra sus enemigos. Ello se contradice con el “amaos los unos a los otros” del nuevo testamento. Inclusive hoy, hay fanáticos judíos basados en la Tora —que es el mismo antiguo testamento— que tienen la convicción de que como “pueblo elegido” tienen derecho a poseer toda la Palestina. Las convicciones religiosas contribuyen al conflicto entre israelitas y palestinos. Por otra parte, el fanatismo religioso llevó también al ataque terrorista del 9-11 de 2001 en Nueva York. Indudablemente que el fanatismo religioso, ha llevado en muchas ocasiones a la violencia, sobre todo cuando se mezcla con el poder político, a como ha sido usual a lo largo de la historia.
La tolerancia y el respeto entre las personas y entre los pueblos, difícilmente pueden sustentarse en la creencia de ser los dueños de la verdad absoluta y de representar la voluntad de Dios, o de tener una cosmovisión política totalizante como la del comunismo y el nazismo. La duda y el escepticismo facilitan la tolerancia y no promueven el fanatismo violento.
El autor es doctor en economía
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