La encarnación de Cristo es una obra dramatizada, escrita y dirigida en una conformación de siglos de vigilancia a favor del hombre que fue creado a imagen y semejanza de Dios, extraído del polvo de la tierra y objeto, hasta hoy, de la preocupación divina. Un resumen de la historia del hombre.
La luz del pesebre inequivocadamente proclama la entrada triunfal de la amnistía de los pecadores. Allí se produce el encuentro de la vertical divina con la horizontal humana que produce la ecuación: “ para mostrar la verdad de Dios y que las naciones glorifiquen a Dios por su misericordia” (Romanos 15:8,9).
La pregunta se impone: ¿Cuál razón de la encarnación? Si hubo pesebre, escenario de un evento incruento en los albores de la era humana, es porque mucho antes de esa era, existió otro drama escenificado en el jardín del Edén. Allí existía diálogo de nivel moral, del amo al siervo. Porque el hombre llega a un status superior cuando entabla el dialogo. Dialogar es vivir, ascender, comprender; todo lo contrario a monologar, el monologar es morir, descender, embrutecerse. Monologar es no sintonizar a Dios. Y con el silencio comenzó la tragedia humana.
¿Para qué desea Dios reanudar ese diálogo muerto?
No es para beneficio de Dios, sino para beneficiar al hombre, desterrado por su pecaminosidad, desterrado por su culpa. Y como “hijo pródigo” deambula a los laberintos más profundos. Cristo es la línea intercomunicadora que desde el cielo tiende sobre el abismo del silencio donde reside el hombre. “Dios habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padre por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el hijo ” (Hebreos 1:1,2). El aislamiento pervierte e invierte la vida, y el soliloquio llevará al hombre a una sombría soledad.
El arribo de Cristo —la auténtica y real esencia de divinidad a este valle de lágrimas— es el comienzo de una historia nueva en la paralela del hombre. El rescate de una vida vieja, la aurora de un día sin crepúsculo y el triunfo total sobre la muerte. El resultado es brindarle libertad, esperanza, vida, fe, paz e integridad que son las realidades que enaltecen la vida y la pueblan de valor integral.
La solución todavía existe, al alcance del hombre: “ el que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Dios ama al piadoso como al blasfemo, al negro y al blanco, al capitalista explotador y al proletario explotado, no puede ser de otra manera. Como si eso pudiera evitarse, todavía hoy. A nosotros “ovejas sin pastor”. Para que la vida no sea fructífera. Dios debe ser su principio y su fin. Por eso se define como camino que llega a Él, como luz que nos ilumina. Todas sus analogías que nos ha revelado su palabra, tiene ese elemento vital y armonioso: son medio y el fin es un encuentro con Dios.
El acontecimiento más portentoso después de la creación del cosmo fue la encarnación: “Aquel que tenía su ser eternamente dentro de la unidad de la divinidad se hizo hombre en un punto matemático de la eternidad, sin desintegrarse de la unidad con Dios para unirse con el hombre”. (Agustín de Hipona)
El autor es nicaragüense, graduado en Teología en la Emory University Atlanta, Georgia.
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