Si todos los nicaragüenses supiéramos que Rubén Darío nació un 18 de enero de 1867, este enero hace 148 años. Siquiera lo supieran todos los estudiantes, al menos todos los maestros de letras de Nicaragua. O, haciendo lo que el profeta ante Dios cuando le anunciaba la destrucción de Sodoma: —“Si hay, Señor, 50 justos revocarías tu sentencia”. —Sí, respondió Yavé —¿Y sí solo son 20? —También por 20 justos no destruyo la ciudad, dijo el Señor y así llegaron a 5 y no hubo 5 justos”, sobre Sodoma cayó fuego y fue destruida y hasta Edith, la mujer de Lot, quedó convertida en estatua de sal por pecadora. Creo y espero que no seamos tan pocos los que sepamos que el 18 de enero nació en Metapa, Ciudad Darío, el más grande poeta de Nicaragua y el mayor revolucionario de la poética castellana.
Antes de la revolución las escuelas de todo el país celebraban el nacimiento de Darío con veladas líricas, en las que una adolescente bonita figuraba como la musa dariana y otras tres lindas niñas representaban las tres gracias. Los estudiantes de secundaria y aun los de primaria aprendían de musas y gracias. Hubo quienes consideraran ridículas tales celebraciones. Desde mi concepto pedagógico siempre lo juzgué instructivo. Poco es preferible a nada.
Solo la devota doña María Manuela Sacasa, de León, desde hace 13 años celebra, colaborando con ella artistas y poetas, un simposio internacional dariano. Este año referente a Darío cronista, con asistencia de notables de prensa y por supuesto poetas y académicos. Tiene este evento nacido, crecido y alimentado por doña Manuela implicaciones pedagógicas, ya que alumnos de las escuelas leonesas participan en él. El diario LA PRENSA en su breve página literaria dedicó el martes 13 de enero recién pasado una también breve reseña sobre el simposio que se extendió del 17 al 20 de enero entre León y Ciudad Darío, donde culminó.
Solamente León es muy poco para Darío por su enorme significado poético mundial. Nicaragua entera debía estar estremecida, ciudad por ciudad, escuela y escuela, incluida la parte rural enseñando, recordando, reviviendo a Rubén Darío, “el paisano inevitable”, como dijeron los vanguardistas en su época irreverente de poetas díscolos.
Releyendo “este otro Rubén Darío”, la admirable y acuciosa biografía dariana de Antonio Oliver, nos damos cuenta de lo poco o nada que conocemos sobre Rubén como hombre, el humano, con sus cualidades y defectos. Cómo la humildad y la soberbia se entretejían en su carácter singular de genio y vil materia que todos portamos de la cuna a la tumba. Pero Darío era bueno. Bueno y justo, como él mismo le pidió a don Miguel de Unamuno que fuera al juzgarlo, “hay que ser justo y bueno”, y cómo calaron, aunque tarde, estas palabras en el ánimo de Unamuno, en el mea culpa que escribiera el orgulloso catedrático de Salamanca a la muerte de Rubén Darío, porque Darío dice: fue bueno, bueno y justo en sus juicios sobre los otros.
Todo el mundo, el amplio mundo dariano lo abarca y casi consume la biografía escrita por Oliver Belmas, los amores, las mujeres, las relaciones extensas y densas de Darío con escritores y poetas españoles e hispanoamericanos. Oliver ordena y crea el museo archivo dariano y en su libro lo deshoja para darnos, no una imagen, nos da un Rubén personal, vivo y palpitante, ante quien no puede dejar de repetir el inmenso, el único, el lirída nicaragüense.
Por eso duele más que sea un extranjero quien le descubra y enseñe, y que nosotros sus compatriotas no lo conozcamos.
Leamos y releamos escritores y poetas y profesores de letras “este otro Rubén Darío”.
Invitación: Todos los que escribimos, escribamos este año sobre Darío.
Los que hacen programas de radio y televisión dediquen un programa semanal a Rubén Darío. Los nicaragüenses en Nicaragua y los radicados en el extranjero afectos a internet escriban en Twitter y Facebook, inserten un recuerdo, un verso aprendido de niños a la memoria de Rubén Darío.
La autora es profesora.
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