La historia de Nicaragua está llena de sangre, odio y traiciones.
El 19 de enero de 1845 fue para León y toda nuestra nación, un día más de esos que debido a la ignorancia, la perversidad mental de algunos y el narcisismo de otros han causado llanto y dolor en una espiral que se ha visto repetida muchas veces antes, después y que por el panorama que se pinta actualmente, muy difícilmente no se repetirá en nuestro futuro.
El general salvadoreño Francisco Malespín junto con el cartaginés costarricense Manuel Quijano García, el salvadoreño Ramón Belloso y un general de apellido Bracamonte —tantos generales en nuestra historia sin escuela militar— apoyados por los indios matagalpinos (los mismos mal llamados héroes de San Jacinto) y otros malos hijos nicaragüenses, atacan despiadadamente a León, incendian el barrio de Sutiaba, asesinan a mansalva mujeres, niños, ancianos, sacerdotes, enfermos e inválidos, destruyen templos y el único hospital.
Don Manuel Pérez, el senador Emiliano Madriz y el médico Mariscal Casto Fonseca defienden León. Equivocados o no, no merecen el trato que les da un borracho pendenciero de la calidad de Malespín, alias cara de hacha, apoyado por don Silvestre Selva, Fulgencio Vega, Francisco Montenegro y algunos del barrio San Felipe del mismo León, quien sin pensarla ordena el fusilamiento del padre Crespín, sacerdote mediador y capellán del Hospital, solo por haber criticado su estado beodo permanente. Asesina fríamente a otros entre los que están el licenciado Crescencio Navas, el senador Madriz y Casto Fonseca. El presbítero José Ma. Cortés es hecho prisionero y condenado a muerte aunque esto último no sucedió, su hermano también sacerdote muere al tratar de ayudarle.
Los tuanis, una de las pocas palabras que quedan del malespín, olvidan que Nicaragua no es solo León pues esto provoca más tristezas al querer vengarse este hecho con el acecho, también sangriento, a la ciudad de Granada que pocos años más tarde hacen ahora malos hijos leoneses causando más llanto y dolor. Hay que desquitarse.
El ciclo se repite como un péndulo maldito que va y viene. Vos me golpeás yo te golpeo más tarde. Vos me das aquí yo te doy allá.
Una danza macabra que ya lleva doscientos o más años desde que la historia en Nicaragua se comienza a escribir, solo para mantener los intereses económicos y el orgullo de unos cuatro. Los cuatro del momento que se van del poder con las bolsas llenas y dejan ríos de sangre. Sangre muchas veces de ellos mismos.
Los cuatro que llamaron Walker más tarde, a como lo hicieron más temprano con Malespín. Ese William que rápido se burló y empezó a eliminarlos provocando más dolor y desesperanza.
Los cuatro ciegos de vanidad que no entienden, ni ven, ni quieren ver y que transmiten su ceguera y ambiciones personales en sus genes podridos de hijos a nietos y bisnietos.
¿Quién tiene la razón cuando los muertos, la mayoría campesinos e ignorantes masificados ya llenan los caminos, las calles y las fosas comunes. Ya empapan las páginas de nuestra historia?
Los cuatro que aplauden a Sandino por un lado y a Somoza por el otro. Ambos asesinados por los mismos cuatro.
Terminó dejando la sonrisa malévola del yoquepierdismo en los labios de esos cuatro que aún viven en sus casas escondidos con el verso erizante y profético de nuestro gran Salomón de la Selva:
“La muerte afina su violín/. La Muerte dice: Voy a tocar/ Una danza vieja que no tendrá fin/ En el aire, en la tierra, en el mar!
La danza comienza, la danza sin fin /Y tañe las cuerdas de mi corazón/ la muerte que toca su alegre violín”.
Qué equivocados que hemos estado en Nicaragua.
El autor es Médico y Cirujano
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A