“Quieren que Francia se ponga de rodillas, pero, ahora, los periodistas están de pie”. Antoine Joly (Embajador de Francia)
La dictadura, fundada en la demagogia, no tiene medios de enfrentar el humor, porque no tiene sentido del humor. Durante el régimen somocista, el caricaturista del diario LA PRENSA, Alberto Mora Olivares (AMO), gozaba de inmunidad informal, había conquistado de hecho, con humor sutil, una isla de independencia política donde daba expresión a la esencia libertaria del nicaragüense, que resiste con honor la lógica siniestra de la dictadura.
Seguramente, AMO seguía la expresión (que el pueblo hace suya), “si eres capaz de reírte de la dictadura, ya le has ganado la partida”. Nuestra generación, en ese humor combativo encontró una tabla de flotación para que la dignidad nacional surcara incólume por ese mar nauseabundo de humillación y servilismo que era la dictadura somocista. Ahora también hay tablas de flotación en el periodismo humorista, cuando la historia de degradación se repite.
El poeta satírico latino, Horacio, cuyas odas son —como él dijera— más duraderas que el bronce, escribía que el humor es una lógica sutil. Y Cicerón acotaba, que hay dos clases de humor: uno incivil, petulante, malévolo, obsceno; otro elegante, cortés, ingenioso y jovial.
El primero es rústico, estúpido, en nuestro caso, es el que practican quienes militan bajo el orteguismo, y reprimen desde los medios de difusión de la familia en el poder, con la burla obscena. Mientras, el segundo, el de AMO, Guillén, Molina, Charlie Hebdo, conlleva muchos años de aprendizaje. Por ello, los pueblos más civilizados lo cultivan con esmero; y los más libres, lo protegen a costa de su vida, conscientes que su ejercicio expande el control ciudadano sobre el abuso de poder.
Charlie Hebdo, semanario satírico, dirigido por comunistas revolucionarios que nacieron políticamente del mayo francés del 68, usaba el humor para desenmascarar de manera sencilla la propagación de la ignorancia y del embuste, que se cubre a veces con vestimentas sacras, otras veces de corbata; y alguien, el más tonto y artero, de mangas de camisa, para mezclarse como supuesto hombre de izquierda entre la gente pobre, con un séquito inmenso de policías y soplones, que con ese aparataje represivo lo delatan.
Aunque muy calladamente, Daniel Ortega se ha atrevido a solidarizarse con Francia, nada menos que en nombre de la paz. Otros, como el ministro de Economía de Israel, Naftali Bennett, jefe del partido ultraderechista “Casa Judía” (Habait Hayehudi), que en 2013 se jactaba: “Yo he matado a muchísimos árabes en mi vida, y no he tenido ningún problema por ello”, para argumentar que se matara a los prisioneros palestinos o para que en adelante, no se capturara vivos a los palestinos, más atrevidamente que Ortega acudió con desvergüenza a la marcha multitudinaria en París, del 11 de enero.
Charlie, intelectual comunista, militante permanente contra la demagogia y el crimen, al ver con ironía la solidaridad oportunista de Ortega, del presidente de Gabón, de Netanyahu y Bennett, habría dibujado su propio ataúd cargado en hombros por la ultraderecha, mientras éstos comentan contentos: “Nous ne sommes pas Charlie, parce que nous sommes solidaires avec nos propres terrorisme”.
Ortega, un día antes que un millón y medio de personas marchara en París en contra del ataque mortal a la libertad de expresión, manda a tomarse el monumento a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, sus turbas paramilitares motorizadas asaltan a quienes iban a rendirle homenaje al periodista mártir de la libertad de expresión, y les roban —según su costumbre— celulares y cámaras digitales.
¿Qué pretende Ortega con este ataque sin sentido contra la libertad de expresión? Es difícil decirlo. Obedece a la lógica del terror, de una mafia orteguista sin coherencia estratégica.
Ortega y sus secuaces no son Charlie. Antes bien, enfrentan a millones de personas en el mundo entero que hacen suyo el pensamiento libre frente a la amenaza del terror, y que como nunca antes difunden universalmente el contenido satírico, libertario, de Charlie. La civilización le expresa al terrorismo institucionalizado —como el orteguismo—, que en un santiamén, cuando sea urgente, se levantará contra el crimen, en defensa de la libertad de expresión.
El conflicto es, aún, entre civilización y barbarie.
El autor es ingeniero eléctrico.
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