Humbertó, me dijo hace poco un amigo; ¿por qué últimamente estás escribiendo más sobre la familia y menos sobre política? El tono era el de un reclamo que, junto con sus gestos, sugería que yo no debía sacrificar un tema, supuestamente de primera importancia, por uno aparentemente secundario.
En realidad son muchos los que tienen fascinación por los temas políticos. Los medios de difusión y los periodistas los encuentran tan atractivos que suelen otorgarles el mayor de los espacios. Igual son legión los ciudadanos convencidos de que el futuro de sus sociedades depende de la política; de quién mande o de qué sistema rija.
Hasta cierto punto es natural que así sea. Desde el poder se puede hacer mucho bien o mucho mal. Un gobernante loco puede ocasionar desastres y uno sabio traer muchos beneficios. Un mal sistema de gobierno puede arruinar una nación y uno bueno ayudarla a prosperar. Por eso todos tenemos la gran responsabilidad de prestar atención a los temas políticos. El desentenderse de ellos, so pretexto de que la política es sucia o inútil, es dejar el campo libre a los que carecen de escrúpulos; una actitud tan cómoda como irresponsable.
Lo malo es la exageración; cuando la política se sacraliza o considera como la llave de la felicidad colectiva, olvidando otras realidades que la sustentan y que son también de suprema importancia como es, por ejemplo, el tema de la familia.
Juan Pablo II dijo en una de sus alocuciones: “El futuro de la Iglesia y de la humanidad nace y crece en la familia”. No dijo que naciera de la política. Y su frase no es una opinión basada en consideraciones meramente teológicas o religiosas. Como lo he señalado en otras ocasiones, el papel determinante de la familia en la salud social y en la transmisión de valores es una verdad sociológica; un hecho constatado por numerosas investigaciones científicas.
Si la familia, célula fundacional de la sociedad falla, el resto del organismo social fallará también. Difícilmente funcionará bien un país si el grueso de sus familias son disfuncionales. Difícilmente podrá construirse una sociedad presidida por buenos gobernantes, respetuosa de la ley y altruista, si la mayoría de sus ciudadanos vienen de hogares caracterizados por el egoísmo, el irrespeto y los abusos. Es como querer erigir un edificio alto con bloques rajados; no aguantará el primer sismo.
Una frase trillada, quizás un poco simplista pero con buena dosis de verdad, resume gran parte del problema: “Todo pueblo tiene el gobierno que se merece”. Porque es innegable que tanto la política, como los gobiernos, son reflejo de los valores dominantes en la sociedad. Posiblemente un país integrado por mafiosos tendrá mayores probabilidades de terminar gobernado por gánsteres que uno integrado por individuos virtuosos. Y a la inversa: en un país donde predominen los ciudadanos honrados o virtuosos, será más difícil que salgan electos, logren apoyo, o se mantengan en el poder, mandatarios mafiosos.
¿Y dónde se incuban, aprenden o viven los valores y los antivalores? Las escuelas influyen, igual que las iglesias, los medios y los gobiernos. Pero la agencia donde se fraguan los primeros y más duraderos aprendizajes es la familia.
Por eso quienes ansían una Nicaragua mejor no pueden ignorar en su agenda, o considerar como secundaria, el fortalecimiento de la unidad familiar. Este año, en que concluirá el Sínodo de la Familia, será un buen tiempo para explorar las formas de lograrla.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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