Hiperión, el que anda en las alturas

¿Qué hiciste con los griegos?, me preguntó un amigo, lector asiduo de esta columna. Era una manera de preguntarme por qué había dejado de publicarla.

¿Qué hiciste con los griegos?, me preguntó un amigo, lector asiduo de esta columna. Era una manera de preguntarme por qué había dejado de publicarla.

—Es que los tengo de vacaciones, pero volverán en el año nuevo—, respondí al amigo. Lo cual en parte era cierto, pues me había tomado un par de semanas libres y, al volver al trabajo, decidí reanudar la columna en enero, escribiendo algo relacionado con Hiperión, el titán que en La Ilíada Homero lo llama Helios Hyperion y lo califica como el dios del Sol.

Quizás sobre este tema debí escribir en diciembre, cuando se celebra la Navidad y la cual dicen algunos autores que se originó en una celebración pagana de la antigua Roma, en honor del Sol Invicto.

Según historiadores, el culto al Sol Invicto fue introducido en Roma por el emperador romano de principios del siglo III después de Cristo, Heliogábalo, cuyo nombre era precisamente una combinación de Helio, dios Sol de los griegos, y Gabal, como llamaban al dios del Sol en la ciudad siria de Emesa, que era parte del imperio romano y donde nació el mencionado emperador.

Después de la muerte de Heliogábalo el culto al Sol Invicto declinó en Roma, hasta que fue restablecido en los años 271 a 274 después de Cristo por el emperador Aureliano. Aureliano, cuyo nombre deriva de la palabra aurora, que significa “la salida del Sol”, se hacía llamar el Pontífice del Sol y por eso instituyó el culto solar en diciembre e hizo construir un majestuoso templo al dios del Sol en el Campo de Agripa de Roma.

Aureliano determinó que se podría adorar al Sol Invicto sin necesidad de renegar de ninguno de los otros dioses en los cuales creían los pueblos que formaban parte del imperio romano. Aureliano reunificó el imperio que bajo los anteriores emperadores llegó a perder hasta dos tercios de su extensión, impuso una disciplina ejemplar en los ejércitos de Roma y, es bueno mencionarlo, durante su reinado de cinco años (de 270 a 275 después de Cristo) no hubo persecución a los cristianos ni a los seguidores de ninguna otra religión.

Hiperión (que significa “el que anda en las alturas”), es en la mitología griega uno de los seis titanes, hijos de Urano (el Cielo) y Gea (la Tierra). Los otros cinco titanes son Océano, Ceo, Crío, Japeto, y Cronos. Pero Urano y Gea también procrearon a seis titanes hembras, las llamadas titánides: Febe, Mnemosine, Rea, Temis, Tetis y Tea. Según relata Hesíodo en La Teogonía , o sea el origen de los dioses, los titanes y las titánides eran divinidades anteriores a los dioses olímpicos.

Hesíodo cuenta en la obra mencionada que “antes que todas las cosas fue Caos; y después Gea, la de amplio seno, asiento siempre sólido de todos los inmortales…” Y agrega que de Gea nació Urano, por partenogénesis, o sea autoconcebido, sin intervención sexual de varón, “con el fin de que la cubriese por entero y fuese una morada segura para los dioses dichosos”.

Después Hiperión se une sexualmente con su hermana, Tea, y de esa relación nacen Helios (el Sol), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora). Pero muy poco más se cuenta de Hiperión en los antiguos relatos mitológicos, aparte de que es padre de las mencionadas divinidades luminosas del cielo.

En antiguas leyendas griegas se decía que Hiperión habría existido realmente. Se creía que fue el primer hombre que estudió el movimiento del Sol, la Luna y otros cuerpos celestes. Además, y como consecuencia, Hiperión se dedicó a estudiar las estaciones (invierno, primavera, verano y otoño) y la vinculación de estas etapas del año con el movimiento del Sol y de la Luna. Hiperión dio a conocer a la gente los resultados de sus observaciones y divulgó sus conocimientos astronómicos, por lo cual el imaginario popular lo llamó padre del Sol, la Luna y la Aurora.

Seguramente que esa leyenda se asocia con el hecho de que a Tea, la hermana y mujer de Hiperión, se le tenía como la diosa que protegía el sentido de la visión. De modo que ella le habría dado a Hiperión la capacidad de ver y analizar las estrellas y el Cielo, facilitándole la formación de sus conocimientos astronómicos.

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