Los periodistas de Francia, acompañados con muchísima gente de París y otras ciudades francesas y en varios países de Europa, han salido a la calle con pancartas en las que dicen: “Yo soy Charlie”. Se trata de manifestaciones de repudio al brutal atentado terrorista contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo, ocurrido ayer en París, que dejó el saldo trágico de doce personas muertas la mayoría de ellas periodistas, redactores y caricaturistas.
Al huir de la escena del crimen, los asesinos gritaron en idioma árabe la conocida expresión de fe musulmana “Alá es grande”, de lo cual se deduce que el atentado fue planeado por alguna organización terrorista islámica. Sin embargo, por este hecho no se puede condenar a la religión y la comunidad islámica en general, aunque sin duda aumentará el sentimiento antimusulmán que está creciendo en Francia y demás países europeos.
El semanario Charlie Hebdo, cuyo nombre hace alusión a Charlie Brown,el pequeño héroe de una historieta cómica de fama mundial, se ha distinguido por su crítica satírica a la religión islámica, debido a lo cual ya había sufrido atentados criminales contra su sede y amenazas de muerte a su director, periodistas y dibujantes. Además sus caricaturas y sátiras también han provocado intensos debates en Francia y otros países de Europa, acerca de los espacios de la libertad de expresión y sus límites en lo que se refiere a la crítica de la religión islámica. Pero no solo de esta, sino de cualquier otra creencia religiosa pues el controversial semanario satiriza a cualquiera, cuando lo estima necesario o simplemente porque le place hacerlo en ejercicio de su derecho a la libertad de expresión.
Cabe mencionar al respecto que en el recién pasado mes de diciembre, con motivo de la celebración de la Navidad el semanario Charlie Hebdo publicó dos portadas sobre el Niño Jesús, caricaturizando esta creencia cristiana. Sin embargo a nadie se le ocurriría ni siquiera pensar que, por eso, alguna persona u organización cristiana pudiera atentar contra la publicación y mucho menos asesinar o mandar a matar a sus periodistas.
Se entiende que la sátira alrededor de temas religiosos provoque sentimientos diversos, incluyendo reacciones de rechazo. Pero el derecho a la libertad de expresión está fuera de discusión. Sobre todo en un país como Francia, cuna de Francois Voltaire, a quien se atribuye la frase emblemática de que “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero daría mi vida en defensa de tu derecho a decirlo”.
La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobó en junio de 2006 una Resolución en la cual se establece que la libertad de expresión no debe limitarse por la sensibilidad de algunos grupos religiosos. Y agrega que “no puede haber una sociedad democrática sin el derecho fundamental a la libertad de expresión”; que esta libertad incluye “el debate abierto sobre la religión y las creencias”; y que “el debate, la sátira, el humor y la expresión artística deben disfrutar de un alto grado de libertad de expresión y el recurso a la exageración no debe ser visto como una provocación”.
Este principio es válido para todo el mundo. Por eso, ante el brutal, cobarde y sangriento atentado terrorista contra la libertad de expresión ocurrido en París, tenemos que proclamar que “todos somos Charlie Hebdo”.