Querida Nicaragua: Este nuestro pobre país está maldito, me dijo un amigo. Maldito porque padecemos el síndrome de Pedrarias, el asesino que en mala hora vino como gobernador de estas tierras en el siglo XVI, el mismo que mandó a decapitar a Francisco Hernández de Córdoba, fundador de Granada.
Ni somos pobre ni hay tal síndrome de Pedrarias, le dije. Somos una nación muy rica a la que tanto mal gobierno ha empobrecido. Padecemos el síndrome de la irresponsabilidad, del yoquepierdismo, del antipatriotismo, del acomodamiento, del borreguismo y de la falta de educación. El hecho de que Pedrarias haya sido un déspota que se divertía dándole a sus perros hambrientos grupos de indios vivos para que los devoraran, no nos ejemplifica necesariamente como herederos del déspota. Somos un producto de nosotros mismos. Si hubiésemos educado a nuestra población, en lugar de vivir en constante riñas, seríamos otro tipo de nación. Pedrarias ha habido muchos en casi toda la América Latina y en Europa, pero en algún momento esos pueblos han recapacitado, y en algún momento han tenido un líder, un buen conductor que ha podido cambiar las armas por lápices y cuadernos, los cuarteles por institutos de enseñanza primaria y secundaria, que han sido capaces de olvidarse de los tanques y cañones, de los rifles y metralletas y se han dedicado a impulsar la educación.
La anti educación ha sido la causa de nuestros males, no el síndrome de ningún Pedrarias. La ambición desmedida de tomar el poder político para entronizarse en él y enriquecerse haciendo miles de negocios sucios y utilizando los fondos del erario, el tesoro de la nación.
Y es sabido que todo dictador requiere de un ejército y que los dictadores suelen convertir esos ejércitos en guardias pretorianas a su servicio. Cuando esto ocurre el dictador se vuelve cada vez más inabordable, más insaciable, y para lograr el apoyo de todos sus funcionarios les permite todo género de influencias y corrupciones. De esta manera cada funcionario, por muy magistrado que sea, se vuelve igualmente millonario como su jefe, e igualmente obediente a todos sus mandatos. Así el dictador va tomando fuerza y se va haciendo de todos los poderes del Estado, incluido el Ejército y la Policía, incluido el poder judicial, el poder legislativo, el poder electoral y todos los órganos del Estado.
No le echemos la culpa a Pedrarias, hijo de otros tiempos aunque con las mismas ambiciones. No podemos vivir eternamente culpando al pasado por lo que pueda pasar en el presente y en el futuro, que son responsabilidad toda nuestra, de nadie más. Comencemos todos a forjar una patria nueva por encima de todas las miserias morales de la actualidad. En lugar de criticar a la pobretería infantil que se mueve en los semáforos de Managua, hagamos algo para que ese niño vaya a la escuela y aprenda los elementos básicos para ser luego un buen ciudadano. Hagamos campañas educativas, inventemos métodos que puedan ayudar a que nuestros niños reciban una formación adecuada. Hay en el mundo centenares de instituciones preocupadas por la salud y el bienestar de los niños. Bien podríamos recurrir a ellas y olvidarnos un poco de lo que ya no tiene remedio, de lo que está podrido, de las legiones de borregos, de los dictadores que puedan formarse, de los jueces venales, de los acusadores de gente inocente, de los policías que muerden escondidos en las media calles, todos terminarán en el estercolero. Mejor pensemos en el presente de nuestra juventud, de nuestros niños, en el futuro que podemos lograr cuando todos ellos puedan educarse.
Actualmente, según se dice, es obligación de los profesores darles el aprobado a los alumnos aunque estos hayan sido aplazados. A mi modo de ver esto es el más perfecto plan antieducacional. Si esto fuese verdad estaríamos retrocediendo. Mayor razón para luchar por bien educar a nuestros niños.
El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la Presidencia de la República en 2011.
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