Podemos hacer muchos propósitos de Año Nuevo pero nunca debe faltar en nuestras prioridades mejorar nuestra familia. De nada sirve lograr avances económicos y profesionales si retrocedemos en este frente; si en lugar de crecer en unidad y armonía nos hundimos en las fracturas y las desavenencias.
Las ciencias sociales lo confirman: tanto a nivel individual como colectivo, una relación familiar saludable es fundamental para la felicidad y bien integral del género humano. Si lograrlo fuese un propósito firme y permanente en nuestras agendas, si cundiese entre los cónyuges esta determinación, tanto la calidad de nuestras vidas como la de la sociedad entera mejorarían notablemente.
Nada afecta tan negativamente a los niños como las patologías familiares. La desunión, el abandono y las reyertas, suelen dejar heridas indelebles en la psiquis de los menores. Y a la inversa: nada contribuye más al desarrollo sano de la niñez, como el crecer en hogares unidos que, sin ser perfectos, se esmeran por lograr un buen nivel de armonía. El servicio más grande que padres y madres pueden brindar a sus hijos es precisamente esforzarse en mejorar los lazos que los unen.
La gran pregunta entonces es: ¿cómo lograrlo? Lo primero es reconocer que no hay recetas mágicas. Una verdad de nuestra existencia es que todo lo que vale la pena requiere esfuerzo. El éxito y las buenas notas no vienen sin sudor. La gloria del cielo es precedida por la cruz. Con esto en mente el siguiente paso es entonces quererlo: ahondar nuestra decisión racional de luchar y hacer los sacrificios necesarios por mejorar nuestra familia; decirse a uno mismo muchas veces: “Quiero hacerlo, voy a hacerlo, priorizaré hacerlo”. Pero conviene apuntalar este propósito con prácticas muy concretas. Una de ellas es publicarlo; darlo a conocer a nuestro cónyuge y familiares cercanos; escribirlo en la agenda, en el teléfono inteligente o en la tableta, y programar un tiempo para revisiones periódicas. Estas, a modo de contabilidad, permiten evaluar progresos o retrocesos mensuales o semanales.
Otro paso importante es desgranar los componentes de este propósito general en sus componentes fundamentales. Uno de ellos es la comunicación: debe aumentarse la frecuencia y calidad de la comunicación entre los cónyuges y entre ellos y los hijos. Los hombres, en particular, por temperamento y por las múltiples ocupaciones profesionales o sociales que nos rodean, tendemos a descuidar más este aspecto. En muchos hogares los progenitores se dejan absorber por la búsqueda del éxito y la prosperidad a expensas de sus hijos. Decía al respecto Madre Teresa de Calcuta: “El mundo sufre porque no hay tiempo para los hijos, no hay tiempo para los esposos, no hay tiempo para disfrutar la compañía de otros”.
Lo anterior es frecuentemente empeorado por el hábito creciente de invertir horas frente a la TV o chateando, en lugar de mirarnos a los ojos y conversar. Cantidad de padres permiten a sus hijos sumergirse en un mundo virtual sin control ni medida; allí no leen —que es fundamental— ni crean, ni interaccionan. Un buen propósito de Año Nuevo podría ser racionar la tele y el uso de aparatos electrónicos y planear algunas actividades o excursiones que no hicimos el año pasado, ¡por amor a los hijos!
En fin, son muchas las cosas que con buena voluntad y un poco de imaginación todos podemos hacer para mejorar nuestra vida familiar. La clave es quererlo. Será la mejor inversión de nuestro tiempo y esfuerzos. Nada superará las delicias de sus frutos.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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