El anuncio tanto de Washington como de La Habana en el sentido de restablecer relaciones diplomáticas entre ambos países. El intercambio de prisioneros. La conversación telefónica de 45 minutos entre los dos jefes de Estado. La mediación papal y el trabajo de la diplomacia vaticana para llegar a un acuerdo. Son algunas de las sorpresas que nos ha traído esta noticia, por cierto esperada desde hace largo rato en muchos medios.
Es obvio que Washington tomó en cuenta varios factores. En primer lugar, la pérdida de la mayoría demócrata en el Congreso norteamericano, que hace que el presidente tenga que ser más activo. El cambio de voto cubano de Miami, que dejó de ser monolíticamente anticastrista, para dar paso a una nueva generación que desean mejores relaciones con la isla. La soledad en el hemisferio de la política norteamericana respecto a Cuba y el rechazo a nivel mundial del embargo, que como muy bien lo dijo el propio presidente Obama “el aislamiento no ha funcionado. Es hora de poner fin a una política que ha fracasado”. Dicha medida de seguro fue consultada previamente a la mayoría republicana en el Congreso.
El propio jefe del Estado cubano, Raúl Castro, ha dicho: “Es hora de mejorar el clima entre ambos países”. Y ha pedido respeto hacia Barack Obama. Las repercusiones de la crisis de la baja de los precios del petróleo, para países como Venezuela y Rusia, han impuesto el pragmatismo en las esferas del partido comunista cubano. El tener que depender de una Venezuela que cada día profundiza su crisis y teniendo nuevas oportunidades tanto en Europa y Canadá, el acercamiento a Washington y el crear un clima de distensión favorable a los negocios y al masivo movimiento turístico, entre La Habana y la Florida, han hecho posible el milagro.
Esperar de inmediato cambios políticos y una apertura en la isla es una cosa improbable, pero lo que nadie puede cuestionar es que el sistema creado por los hermanos Castro toca a su fin. Carlos Chamorro Coronel, que en paz descanse, y que en muchas cosas fue un profeta, me decía siempre: “El día que un ferri salga de Cayo Hueso y llegue a La Habana y vuelva a salir y vuelva a llegar, llevando la alegría y la paz de miles de familias cubanas de ambos lados del estrecho de la Florida, el régimen cubano se termina”. Y señores, el ferri ha llegado. El cambio viene, es inevitable en Cuba.
Por supuesto todo esto tiene sus repercusiones. La primera de ellas le toca a Venezuela, la nación que en todos estos años ha financiado a Cuba. Está aislada, pasando la peor de sus crisis tanto en lo económico, político y moral y dependiendo cada día más del efectivo de la compra de petróleo de contado que los EE. UU. le hace. Ellos copiaron un modelo que nunca ha funcionado, han llevado a la bancarrota a uno de los países más ricos del mundo y ahora ese modelo se abre hacia “el imperio”. Comprenden que tiene que ser pragmáticos o desaparecen, que la era de la “Guerra Fría” ya pasó y que América Latina está pidiendo una nueva era. Que este continente está harto de falsos caudillismos, que el hombre latinoamericano ha comprobado con amargura y lágrimas que todo populismo a lo que conduce es a la pobreza e ignorancia para construir poder, acumular fortunas y asegurarse impunidad.
A lo interno, esto hay que digerirlo, no es materia de un análisis superficial fruto del entusiasmo que la noticia me ha causado. Los asesores del señor presidente deben de estar atando cabos, pero hay una cosa clara: con una Venezuela en bancarrota, aislada, y de la que se puede esperar que ocurra cualquier cosa, y una Cuba, que con pragmatismo abre posibilidades que implican en el fondo un cambio en su postura y en su política tanto a lo interno como a lo externo, yo creo que Managua tiene que pensarlo.
Si una cosa ha distinguido al presidente Daniel Ortega es su pragmatismo, hasta ahora le ha funcionado. Esperemos que tal cualidad la ponga nuevamente en práctica.
El autor es abogado.
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